NOTAS VARIAS SOBRE LA VIDA BREVE
La Pasión Política nos ciega
Manuel Eugarrios
La aurora de este tercer milenio ha venido a comprobar que los nicas somos
irredentos redomados: pasamos el umbral del nuevo siglo con nuestras viejas y ya tediosas
contradicciones, lo que viene a confirmar que en este bendito lugar el plomo flota y el
cobre se hunde.
Por ejemplo, los periodistas, que hace ya varias décadas venimos
reclamando y luchando porque se reconozcan nuestros derechos sociales, nos damos el lujo
de rechazar tajantemente una propuesta presidencial de salario mínimo.
Parodiando un poco a Humberto Ortega, ello equivale a decir que una vez
más y de manera insólita, los mismos periodistas nos excluimos de nuestras propias
necesidades y beneficios. Es decir, nos negamos a nosotros mismos.
Otra vez, entonces, como en un tíovivo interminable nos ciega la pasión
política, esta vez contra nuestros propios intereses, y la primera reacción es el
rechazo rotundo a una moción que va a pasar a la historia, porque se trata del primer
Presidente de la República que en nuestro desventurado país propone una ley para
implementar o imponer un salario mínimo --justo o no, conveniente o no según la
capacidad económica de los medios-- para los profesionales de la información.
Independientemente del tipo de relaciones que haya tenido el actual
mandatario con los comunicadores, independientemente del trato que a su vez algunos
periodistas han dispensado al Dr. Alemán, e independientemente de lo que pueda suponerse
sobre la intencionalidad de la propuesta, la obligación elemental de los periodistas, ya
no digamos de sus organizaciones gremiales, era aceptarla con la previa condición de
discutirla para bajarla a la realidad concreta del periodismo nacional, sobre todo a la
situación de los noticieros radiofónicos, que serían los más afectados, y un poco los
de televisión.
Eso era lo atinado, lo pragmático, lo altamente beneficioso para el
gremio: sentarse a discutir la propuesta presidencial con el objetivo de modificarla y
ajustarla a la realidad específica de nuestros medios de comunicación, pero que al fin
los periodistas tuviesen verdaderamente un salario mínimo más o menos justo, así como
los abogados, los médicos, los ingenieros, etc., poseen aquí y en cualquier país
civilizado sus propios parámetros salariales.
De hecho, lo que se iba a estudiar y ajustar era la situación de sueldos
en sólo dos medios: el radial y el televisivo, puesto que en los medios escritos (La
Prensa, El Nuevo Diario, La Tribuna) ya hace rato que se paga a los periodistas
experimentados más del salario mínimo que plantea el Señor Presidente, y el doble a sus
Editores.
¿Habrá tiempo todavía para renunciar al rencor y a la suspicacia
política, y volver al fin por los fueros y los más caros intereses de nuestro gremio?
ojalá que sí.
Alegre proclama: que no trabajen los menores!
Otra solemne contradicción, casi diríamos angelical y académica, es la
proclama airada y el reclamo contundente que nuestro joven procurador Especial de la
Niñez y la Adolescencia, hizo recién al MITRAB para que impida de manera radical que los
niños trabajen en las labores agrícolas, concretamente en los cortes de café.
Exigir tal cosa es no ubicarse en la tierra que se pisa, y por tanto no
darse cuenta --o pretender ignorarlo-- que desde que se cultivaron los primeros plantíos
de café en Nicaragua, los trabajadores del campo han puesto a trabajar a sus hijos en los
cortes del famoso grano, que en sus momentos de gloria fue conocido como el grano de oro.
Y no es que desde esas lejanas fechas hasta hoy, los campesinos pobres
--labriegos les dicen en otras partes-- hayan malquerido a sus hijos y no deseen que ellos
se superen con el estudio. No, lo que sucede es que el jornal que ganan sus niños les
sirve para completar el raquítico presupuesto familiar que es apenas para una muy
precaria sobrevivencia en el terrible reino de la pobreza.
¿Cómo alguien que tenga bien puesto el corazón, puede querer que los
infantes trabajen en lugar de estudiar? Pero dos cosas son indiscutibles: 1) que el hecho
cruel de que los niños trabajen en el campo y en la ciudad obedece a razones
estructurales, a los bajos salarios que se pagan a los obreros agrícolas, a la injusta
distribución de la riqueza nacional, a planes de desarrollo que abarquen a toda la
población, etc.
y 2), que jamás joven Procurador, ni en este desdichado país ni en
cualquier otro de este planeta, ni los códigos ni las leyes han transformado la realidad
de la noche a la mañana, porque en medio siempre estará el dilema del ser y el deber
ser.
Así, pues, el Arto. 131 del C. del T. seguirá estableciendo que la edad
mínima para trabajar será de 14 años, pero igual continuarán laborando en los cortes
agrícolas menores de 13 y 12 años por las razones mencionadas, especialmente si el
éxodo laboral de adultos persiste hacia la vecina Sur.
Entre policías y sospechas
Las lista de oficiales de policía empresarios que en estos días ha
publicado END, parece tan larga como un suspiro de quinceañera enamorada.
Hay en este delicado asunto, que ante todo es un asunto de ética y moral,
una frontera realmente muy sutil para superar con transparencia los intereses de un
oficial dueño de negocios, y su deber público ante la comunidad.
En suma, lo que la sociedad demanda y la Cn. ordena, es que estos
oficiales, como cualquier otro funcionario público, no se conviertan en empresarios y
hombres de negocios al amparo y con la influencia de sus cargos.
Esta es, como se ve, otra contradicción de principios de siglo que debe
resolverse, y según entendemos los altos mandos policiales están trabajando en ello con
la elaboración de adecuada normas éticas. Ello nos parece justo y oportuno.
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