EL ANALFABETO MAS ILUSTRADO DEL MUNDO: AKBAR
Cecilia Ruiz de Ríos
Resulta curioso que dos de los generales adolescentes más exitosos del
mundo hayan sido además analfabetos: Juana de Arco, defensora de Francia... y el gran
guerrero y monarca mugalo Akbar, quien era nieto de nada menos que del fabuloso fundador
de la dinastía mugala en la India, Babar, e hijo del pusilánime Humayun. Nacido en 1542
y muerto en 1605, por las venas del gran emperador corría la sangre de Genghis Khan y
Timur Lang, y hasta hoy se le recuerda como el Faro de la Humanidad.
Akbar significa grandioso, pero su nombre de pila era Muhammad. Había
nacido cuando su padre estaba en grandes aprietos en el exilio. Desde chico le pusieron
los mejores tutores, pero distraído y díscolo, no quiso aprender a leer. Afirmaba que
para ser rey era necesario ser buen guerrero, excelente jinete, gran jugador de polo y
buen domador de elefantes. Le encantaba sólamente el ejercicio físico. Luego habría de
lamentarse profundamente el haber sido negligente con la lectura. No le hacía asco a la
sangre, y en una ocasión a los 14 años personalmente decapitó de un solo tajo a un
prisionero hindú con fama de revoltoso... comienzos bárbaros para uno de los soberanos
más sabios, humanos y cultos de la historia. A los catorce años se vio convertido en
emperador y cuatro años más tarde se sacó al regente del pelo. Consideró que su
imperio era muy chiquito y comenzó a tratar de aumentarlo mediante guerras de invasión,
encabezadas siempre por él. Al regresar de tanta batalla a Dehli, se puso manos a la obra
organizando su administración. Su poder era absoluto, y sus cuatro principales ayudantes
eran el Primer Ministro (Vakir), el ministro de finanzas (Vazir o Diván), maestro de la
corte (Bahkshi) y el primado o jefe de la religión islámica, llamado Sadr. En tiempos de
paz, su ejército se redujo a 25 mil hombres. Akbar estaba ojo alerta ante cualquier
indicio de corrupción y chantaje en su gobierno, y muchos tramposos salieron en
desgracia. Akbar reguló con estricta economía los gastos de su corte y su casa, fijando
precios justos para los alimentos, y legislando por un salario digno. Al morir él, dejaba
en el erario un equivalente de un billón de dólares y su imperio era el más rico y
poderoso del mundo.
Los impuestos eran severos, pero menos que durante el reino de su padre o
abuelo. Akbar además fue un juez justo e imparcial, ocupándose de los litigios de mayor
escala en el reino. Sus leyes prohibieron el matrimonio infantil y el obligatorio suttee
(que es cuando la viuda debe incinerarse viva en la pira fúnebre del marido), aprobó
permiso de segundos matrimonios para las viudas, abolió la esclavitud de los cautivos de
guerra, prohibió el sacrificio de animales para sacrificio, dio libertad de cultos
religiosos, abrió oportunidades de profesiones sin distingo de raza o religión, y quitó
el impuesto base que se habían colocado sobre los hindúes que no se convertían al
Islam. Poco a poco fue quitando la costumbre de sanciones legales que involucraban
mutilaciones, y al final de cuentas acabó siendo el padre del código más sensato y
justo de todo el siglo XVI.
Akbar como hombre era indudablemente atractivo. De ojos achinados y una
boca sensual como higo maduro, era de brazos largos como chango y con un perfil aguileño.
Sus ojos eran intensamente negros, y se bañaba 4 veces al día. Se vestía con sencillez,
pero con elegancia, y detestaba particularmente ponerse zapatos pues los juanetes le
dieron quehacer desde muy joven. Amaba comer verduras y frutas, afirmando que no quería
que su estómago fuera la tumba de los animalitos. Como deportista, prefería el polo y
hasta inventó una bola luminosa para poder jugar de noche. Se distinguía por su
clemencia y por ser accesible hasta para los más humildes, de quienes recibía sus
modestos obsequios con gran alegría y ternura. Tuvo mil elefantes, 30 mil caballos, 3 mil
gatos, 1400 venados en un zoológico, y 800 concubinas, además de numerosas esposas
escogidas tanto por belleza como por conveniencias políticas. No era muy sensual en la
cama, y aunque amaba a sus mujeres, no solía perder la cabeza por ninguna.
Siendo ya un gran emperador, lloró amargamente por no saber leer. Dado
que no podía leer personalmente, tenía un pequeño grupo de intelectuales dedicados a la
tarea de leerle cuanto libro cayera en sus manos, y así fue convirtiéndose en un gran
patrono de las artes y la literatura, cultivándose a través de los ojos hábiles de su
séquito de lectores. Había 24 mil libros en su bliblioteca y en sus años de madurez se
enfrascó en numerosas discusiones de filosofía de alto vuelo. Puso interés en todas las
religiones del mundo, sosteniendo encuentros con religiosos de todo credo incluidos los
jesuitas, a quien encomendó la tarea de educar a uno de sus hijos a ver cómo salía la
cosa. Además, adquirió esposas budistas, hindúes, Brahmans y mahometanas sin pedirles
que dejaran de practicar sus religiones... todo esto mientras la Inquisición robaba y
mataba a los judíos en España, los franceses se trenzaban a golpes entre hugonotes y
católicos y en Italia quemaban a Bruno Giordano por hereje... Sostuvo entrevistas hasta
con el futuro santo Francisco Javier, y se horrorizaba al saber que en Inglaterra
Elizabeth Tudor marginaba a los católicos.
Sin embargo, Akbar en su madurez a menudo tomaba vino y durante sus
siestas de "goma", sus hijos comenzaban a conspirar preguntándose cuándo iba a
irse de este mundo el viejo. Se reían de él por haber pasado tanto tiempo tratando de
crear una religión original llamada Din Ilahi. Tras 40 años de estar en el trono, su
hijo Jehangir organizó a 30 mil jinetes y mató a Abu I Fazl, el historiador de la corte
de su padre, que por cierto era la yunta inseparable del monarca. Acto seguido Jehangir se
autoproclamó emperador. Akbar persuadió a su impaciente y desnaturalizado hijo que se
sometiera y tras un día de consultarlo con la almohada, lo perdonó. Pero Akbar se
entristeció ante la actitud de Jehangir, y combinando esa decepción con la muerte de una
de sus esposas favoritas y la de su amigo el historiador, una mocepa horrible le entró.
En sus últimos días, sus hijos lo ignoraban y se peleaban entre sí por el mando. Sólo
unos pocos íntimos estuvieron con él cuando murió de disentería (algo que muchos
historiadores opinan que fue más bien un almuercito con veneno cortesía de Jehangir).
Los Mullahs vinieron a su lecho de enfermo para reconvertirlo al Islam después de tantos
años distanciado de su fe original, pero no lograron su cometido. No hubo muchedumbre que
siguiera su sencillo funeral de pobre, y sus hijos y cortesanos, quienes se vistieron de
luto para las exequias, se apearon las ropas de luto como si éstas estuvieran en
llamas... apenas finalizó la ceremonia. Esa misma noche, Jehangir --quien siempre tuvo
prisa por mandar-- armó una borrachera fenomenal para celebrar que ya era rey... todo un
final amargo para uno de los monarcas más sensatos y cultos de Asia.
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