LA HISTORIA AUTENTICA ES LA INTRAHISTORIA
Emigdio Quintero Casto
En nuestro país existe una cultura cotidiana de la que nadie quiere
rendir cuenta. Los políticos la ignoran, y los periódicos no le dan mucho espacio. Si le
diéramos mayor importancia a la cultura cotidiana, descubriríamos con facilidad la
psicología del nicaragüense, sus vicios y virtudes, sus miedos y esperanzas, sus
fortalezas y debilidades, sus sueños y pesadillas, sus fantasmas y sus verdaderos dioses.
La cultura cotidiana está compuesta por esos sucesos fugaces, que realmente son más
permanentes que los hechos que registra la historia oficial.
La historia convencional está compuesta por hechos cristalizados, duros,
inamovibles y pétreos. Se trata de la historia fría y deshumanizada, producto de la
civilización. En cambio, la cultura cotidiana es la expresión de los hombres y mujeres
sin historia. Está compuesta por sucesos reales, crudos, frescos, palpitantes e
impactantes. Los historiadores le han dado más importancia a los hechos históricos que
pasan y se olvidan, que a los hechos de la subhistoria, que son más permanentes, que con
el tiempo, se van sedimentando en la memoria de los pueblos y en el imaginario colectivo.
Los sucesos de la subhistoria son más profundos y más valiosos que los sucesos de la
historia convencional. Los sucesos de la subhistoria tienen la propiedad de ir formando
capas y capas en la memoria colectiva, para configurar la identidad de los pueblos.
Con motivo del fin del siglo, muchos historiadores recurrieron a las
páginas de los libros de historia, a las enciclopedias y a las placas de los monumentos,
para referirnos los principales acontecimientos de la humanidad. Desde luego, en los
libros encontramos definidas las tradiciones de la humanidad, pero en forma estática,
pétrea e inamovible. En esas páginas encontramos la falsa tradición, y la historia
escrita desde el poder, donde se exalta con complacencia a los príncipes y generales. Por
el contrario, en la intrahistoria, en la cultura cotidiana, encontramos la verdadera
tradición de los pueblos, anidada no en página frías, sino en la matriz del lenguaje.
Para la gente sin historia, el lenguaje es el refugio ideal para la conspiración, para la
resistencia, y para la reafirmación de la identidad cultural.
Usted puede mirar a su alrededor; en la primera lectura de esa realidad
circundante, es probable que no mire nada en especial, pero, sí, estoy seguro que podrá
ver sus efectos de manera clara. Por la mañana, una señora cargando una enorme canasta,
pregonará la llegada del pan. Otro, anunciará el periódico matutino, destacando las
noticias de primera plana. El electricista llegará a instalar el aire acondicionado.
Pasará la mujer que vende tortillas; la que vende verduras, frutas y legumbres. El
jardinero se encargará de regar y ponerle abono a las plantas. Pasará el camión
recolector de basura. Ese mismo día llegará la señora que lava y plancha. Cada uno de
ellos tiene una historia que contar.
Detrás de todas estas personas está el taller, la panadería, la
fábrica, la oficina, la zona franca, la pulpería la comercializadora, la agencia de
publicidad, los cobradores, en fin, todas las empresas, ejecutivos y trabajadores, que con
su labor silenciosa van asegurando el progreso. Todos esos eslabones de intrahistoria, de
historia no contada, van formando la verdadera historia y el progreso. Cada hombre o mujer
tiene algo que contar.
La cultura cotidiana la forman los hombres y mujeres sin historia. Las
personas de la cultura cotidiana no salen en las páginas de sociales de los periódicos;
no tienen tarjetas de crédito, ni cuentas bancarias; no pueden hacer su
"coffee-break" en las horas de trabajo, y no pueden ser modelos, porque son
personas gordas, robustas y musculosas. Las personas de la cultura cotidiana viven al día
por los bajos sueldos; casi no están expuestos a las nuevas propuestas visuales que
trasmiten los medios masivos como el cine, la radio y la televisión, porque
sencillamente, con dificultad tienen para comprar un radio. En cierto sentido pertenecen
al grupo que hace resistencia cultural, preservando sus tradiciones, su lenguaje, sus
creencias y sus mitos.
¿Por qué no detenerse un instante para mirar pasar a los obreros, a los
jornaleros, a las mercaderas, a los campesinos y a los técnicos intermedios que van en
silencio, a construir con sus manos duras y callosas la patria nueva? ¿Por qué no nos
detenemos a escuchar el cuento, que no nos han podido contar, desde hace mucho tiempo?
¿Por qué estos hombres no tienen historia? ¿Por qué están condenados por los
historiadores, por los poetas y demás artistas al silencio? La verdadera historia está
en la historia de cada uno de estos hombres y mujeres trabajadoras. La historia auténtica
y genuina es la intrahistoria, la cultura cotidiana. La historia convencional, escrita
desde el poder, jamás podrá ser la verdadera historia.
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