Licda. Ligia Arana García
Este tipo de cosas parecen contrasentidos. Por ejemplo, Fouché y Julio César, entre otros personajes europeos, muestran al mundo actual, desde hace rato, la cara recreada que les dio el genial Stephan Zweig, y no quedó ya como verdad lo que el propio romano—con su Guerra de las Galias—o lo que la historia oficial de la Revolución Francesa pudo haber dicho de Fouché. Se dice, asimismo, a este lado del Atlántico-- donde las historias oficiales son todavía menos confiables que en Europa--, que Benito Juárez, por ejemplo, pasó a ser otro hombre tras las " Noticias del Imperio", de Fernando del Paso. O que Villa, Zapata y otros personajes de la historia de la Revolución Mexicana perdieron la pátina de gloria oficial tras las irreverencias novelísticas de Carlos Fuentes o los señalamientos profundos de Octavio Paz. Y así podemos llegar a Nicaragua, donde a pesar de las distintas historias oficiales escritas al ritmo del poder de turno, la cara de personajes tales como los Somoza, por ejemplo, se han ido desdibujando a través de novelas y otras recreaciones. El propio intocable Darío nunca volvió a ser el mismo Dios y Panida desde que don Edelberto Torres Espinoza incursionó en la recreación histórica con la realmente dramática vida del poeta. O la historia de la Costa a través del Lisandro Chávez Alfaro. O Rapfaela Herrera después de la novela de Ricardo Pasos. Y ya no digamos Sandino después de Selser..., o los mismo guerrilleros sandinistas míticos--se decía que eran como santos barbados--devenidos muchachos locos, incansables en la búsqueda de utopías, aventureros de carne y hueso, y llenos de defectos, tras el testimonio novelado de " La montaña es algo más que una inmensa estepa verde" , de Omar Cabezas. ¿Dónde queda el límite de la historia y la recreación para poder establecer las fronteras entre la verdad y el mito? Otro ejemplo singular lo constituye William Walker, quien si bien no pudo lavar su cara con mano propia en su libro escrito para sí mismo, sobre su estadía en Nicaragua, sí mostró un rostro que se perennizó a través de " Filibusteros y financieros", de William Sckroggs. ¿ Será cierta la conclusión escéptica, casi cínica de este último autor norteamericano--para quién la historia de un personaje depende de los resultados de las batallas--, en cuanto a que los ganadores son los buenos y los perdedores los malos, en una visión maniquea del mundo? Los Contreras y el obispo Valdivieso, después de la novela " Los Conquistadores", de José Román, fueron transformados para siempre...como Pedrarias, por culpa de Julio Valle Castillo. En fin, yo no puedo darles respuestas, pero la realidad del pasado es tan intangible, tan difusa, que una mano escrutadora, seria y con imaginación suficiente para llenar los hoyos negros, puede darnos, al menos, una idea de lo que realmente sucedió. Hay necesidad de rigor y ciencia en la historia. Es decir, los historiadores son tan necesarios para un país como los estrategas del futuro económico, por ejemplo. Pero ahí en medio aparecen novelistas, sociólogos, o algún médico retirado antes de tiempo, como Bolaños Geyer, para incursionar en la ciencia, y como con el barro, delinear rostros a mano a la perennidad. ¿ Escultores de la historia? Puede ser. Hoy estamos ante un nuevo ejemplo paradigmático, el Dr. Enrique Alvarado Martínez, ensayista, narrador, diplomático y académico, quien nos regala una suerte de historia novelada o novela histórica, o un simple relato de recuerdos transmitidos de generación en generación, contados por una anciana medio perdida de la mente, quien se mece en una silla negra de las llamadas " abuelita", en la colonial Granada, mientras va leyendo y releyendo cartas viejas guardadas en un tubo de aluminio, las cuales son enterradas con la última heredera de tales documentos. Estos relatos dan origen a Doña Damiana, el nuevo libro de don Enrique Alvarado, el cual se refiere a la historia de los comienzos de la construcción de Nicaragua como Estado en Centroamérica, independizado de la corona española. ¿ Existió así como aparece en el libro la guapísima, vengativa y enamorada panameña doña Damiana, transgrediendo los cánones que la sujetaban al espacio privado, rompiendo mitos, arquetipos y pensamientos androcéntricos milenarios, y cometiendo el gravísimo pecado de alzar su voz e incursionar en el mundo de lo prohibido, el de los hombres. ¿Hay exactitud y fidelidad por parte del autor al referirnos las repercusiones de ese pecado que adquirió las dimensiones del pecado original, al alcanzar a sus descendientes --mujeres , por supuesto--y condenarlas a expiar eternamente su culpa? ¿ Fueron las mujeres de la época tan determinantes en las decisiones de los hombres en los asuntos de la Guerra? Las fiestas, las calles, la arquitectura de la Granada poscolonial ¿ están exactamente descritas?
Conociendo al Dr. Enrique Alvarado, podemos estar seguras (os) de que trabajó duro para darnos de regalo maravilloso esta nueva obra llamada "Doña Damiana". No dudo que investigó hasta el cansancio. Estoy segura de que esa es su verdad, y pasa a ser verdad a partir de ahora para sus lectores. Y además, tengo que decir que junto con él todos los que han descrito partes de nuestra historia desde la época precolombina, incluso, han encontrado este desfile de personajes mesiánicos, como poseídos por dioses maléficos que tanto daño le han provocado en sus obsesiones personales a la querida patria llamada Nicaragua. El mesianismo, el maniqueísmo, la polarización, la creencia en la posesión de la verdad absoluta..., son comunes denominadores en los grandes personajes de la historia de Nicaragua, abordados tanto desde el rigor estrictamente científico de historiadores como Jerónimo Pérez o José Dolores Gámez, por ejemplo, así como en las historias noveladas o novelas históricas de otros intelectuales nicaragüenses a los que se suma hoy don Enrique Alvarado. La trama de la novela refleja las pugnas intestinas, en esa recién nacida República, entre quienes se consideraron los iluminados y escogidos para gobernar este desventurado país, desde dimensiones y visiones distintas, pero con la certeza común de ser la mejor opción para Nicaragua. De la Cerda vs. Arguello, Sandino vs. Somoza, timbucos vs. calandracas, legitimistas vs.democráticos,liberales vs. conservadores, revolucionarios vs.contrarrevolucionarios, el bien vs. el mal, la honradez vs. la corrupción..., las dicotomías clásicas que en política nos han acompañado y que según la contrastación fáctica, ingresarán pujantes en el nuevo milenio. Don Enrique, o mejor dicho, el narrador omnisciente, relevado por las voces de doña Pepa Montiel y la de su abuela, Doña Damiana Palacios, nos introducen en esa parte de nuestra historia, estableciendo las congruencias, pero sobre todo las disonancias y contrapuntos entre los actores sociales enfrentados en una época de lucha fratricida, casi una constante en nuestra historia. Una época que la recreación novelada nos la presenta con tantos detalles que de alguna manera hace posible que el lector la pueda revivir, lo que no lograron los esfuerzos de los historiadores como Gámez o del mismo Pérez quienes estuvieron más cerca en el tiempo, pero no pudieron ir tan largo en los detalles, tal vez por los avatares políticos de las épocas en que les tocó escribir. Por ejemplo, en la novela " re-vivimos" el caso de la horrible masacre de la isla La Pelona, considerado el primer crimen político ejecutado bajo conspiración desde el poder, con hombres detenidos y sin ningún tipo de proceso judicial, asesinados en la oscuridad de la infamia y la impunidad, por matones arteros y cobardes. Los detalles de Alvarado y su forma de describir las muertes, tanto en el fusilamiento de Cerda como en el crimen de la Pelona, nos dejan marcados para siempre a sus lectoras y lectores y, lamentablemente, nos hacen olvidar un tanto lo antes expresado por Pérez sobre el caso. Nos será imposible contar o creer otra historia sobre esa época poco trabajada por historiadores profesionales, ahora que ya hemos leído " Doña Damiana". Considero que la historia, o los aspectos de la época que aborda esta obra ya tomaron un perfil definitivo que trasciende lo que antes se había intentado hacer sin mucho éxito. Quedan en "Doña Damiana", de Alvarado, figuras borrosas como la de Cleto Ordoñez, de quien de todas formas ya se han ocupado otros incursores de la recreación, como el periodista e historiador Ignacio Briones Torres. Pero un vacío que había entre la disputa de Arguello y De la Cerda ha sido suturado por las páginas, cartas, lágrimas y revanchas de la novela " Doña Damiana". Difícil, creo que imposible, será que aparezca alguien que pueda reabrir esa herida y des-suturar lo que ya ha dejado escrito y cerrado con un gran aldabón, don Enrique Alvarado. Hasta el final de la novela--el encuentro de Doña Damiana, con su hija desconocida y abandonada en Granada, cuando la singular panameña pierde la vista, quizás en castigo, propio de los que adoran la venganza, y no puede así conocer al producto de sus entrañas, y la frase de "no veo nada, no siento nada, no vivo nada", que arranca lágrimas al más duro de los marineros del barco atracado en el lago--hasta ese final, digo, ya quedará en la historia como verdad imaginada, pero verdad al fin y al cabo. Rigor e imaginación, seriedad y alto nivel académico, responsabilidad y conocimiento de causa a través de la vía familiar, adicionadas las buenas intenciones de don Enrique Alvarado, un erudito y bien informado académico--que por cierto la UCA ha tenido la suerte y el orgullo de tener siempre cerca, entre nosotras (os), en medio de nuestra comunidad universitaria de casi cuatro décadas en Nicaragua--nos permite augurar un futuro perenne para esta nueva obra suya. Pasa a ser historia de Nicaragua. Considero que en nuestro país hace falta gente audaz que escriba la historia como don Enrique. Incluso la reciente. Hemos de hacer notar, por ejemplo, que no hay hasta ahora alguien que sin apasionamientos partidistas y sesgos políticos haya escrito la historia de los diez años de régimen revolucionario sandinista, en los 80, y el enfrentamiento último con los Estados Unidos en ese lapso. Y al igual que la pelea entre Argüello y De la Cerda, el tiempo puede ir desdibujando la relación de los hechos de manera exacta, por muy cercana que sea la época vivida. A don Enrique, entonces, le tenemos que decir hoy: gracias por este regalo que se convierte en el encuentro de un nuevo eslabón perdido en la cadena histórica de Nicaragua. Gracias por el rigor y el esfuerzo y por su imaginación. Usted está desde ahora obligado a seguir trabajando por nosotras (os). No puede quedarse ahí disfrutando las mieles de esta obra que puede y debe ser sólo el inicio de una serie mayor. Los nicaragüenses lo necesitamos. Y junto con don Enrique, a todos los demás que hoy hemos mencionado y a los que no hemos mencionado. Como señaló recientemente el sabio poeta Pablo Antonio
Cuadra, en un país como Nicaragua, donde parecemos salir de un incendio
cada vez que cambiamos de régimen de gobierno, es necesario reinventar
la historia, hurgarla y recrearla hasta sacar desde el sentimiento y la
intuición, la imaginación basada en los hechos, aquello que
nos persigue como una maldición, una sombra, de divisiones y sangre,
de guerras y traiciones, de atraso y violencia. Y es a los intelectuales,
historiadores y escritores a quienes les corresponde la tarea patriótica
y humana que necesita el país. Pablo Antonio Cuadra expresaba que
sin recuperar el pasado será difícil que podamos entender
lo que nos depara el futuro, ya no digamos pensar en explicar algo lógico
a los jóvenes de ahora sobre las desgracias que les hemos heredado.
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