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Martes 26 de Octubre 1999 Regresar
a I parte
Mendieta practica la sátira no sólo con los personajes (dirigentes, cuadros de la Revolución), sino con todo el entramado revolucionario. El teatro de operaciones militares, con toda su parafernalia demoniaca, acompaña las incertidumbres de "Cero" en su búsqueda de la utopía que tiene que pasar necesariamente por la elección entre la CIA y la KGB, el reino nauseabundo del dólar y el reino gélido de la homogénea sociedad uniformada, dirigida a control remoto por el Comandante Barbas. Personajes como el cura de la llamada Teología de la Liberación son inolvidables por fuerza y la pasión de sus discursos fanatizados en la búsqueda de una pureza que en realidad no existe, y si existiera supondría el exterminio de la heterogeneidad humana en nombre de una razón abstracta y despótica: "La Revolución se adapta y transforma, acomoda, como las olas del mar, a la topografía de las costas. Deja mudas en el camino como las serpientes dejan su piel, cuando no hace falta para la vida. Es el proceso permanente y determinista de toda Revolución que está sobre el hombre siempre, pórtate bien, muchacho". La Revolución no como una vivencia sana y dialogante, sino como una tragedia griega en donde la esperanza se vuelve infierno. Un escenario de pesadilla e irrealidad interiorizado y expresado por los propios protagonistas de la Revolución, grotesco Saturno que devora a los mismos hijos que ha engendrado. Personajes cuyo conocimiento de los mecanismos del sistema totalitario sostenido por las actividad bélica inútil los lleva a exponer sentimientos de resentimiento y misantropía contra la propia humanidad. Así dice Radamanto: "Soy alguien entrenado para ser caja de resonancia de la organización. Papel sucio y despreciable para la moral corriente, pero necesario al proceso. El fin en la Revolución justifica los medios. Todo poder sin exclusión está manchado de sangre. La diferencia entre uno y otro son los matices y sus urgencias. Es la experiencia vivida en los últimos cincuenta años bajo el embrujo demoniaco del dictador: los buenos si es que los hubo, fueron fulminados por los malos que agarraron las riendas. Te lo digo: como tú, como el Negro como el poeta Catón y como "Cero", vivíamos locos, estábamos llenos de ansiedad por el sueño dorado de la Revolución, y hemos despertado a la realidad brutal. Prisioneros de las circunstancias como gorrión en un zarzal del que no puede escapar". La zarza y el gorrión,
la realidad y el deseo, la frustración y la ilusión, la gélida
utopía y la calurosa esperanza, la impostura y la buena intención,
las armas destructivas de la muerte y la sonrisa tierna e inocente de la
vida. Términos contrapuestos que se buscan y juntan, elementos de
la naturaleza que adquieren un valor simbólico al reflejar, en tensa
alegoría, el sentido y las actitudes humanas en un momento especialmente
doloroso y conflictivo de nuestra historia que Roger Mendieta Alfaro ha
rescatado febrilmente para nosotros.
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