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Miércoles 20 de Octubre de 1999
Ellos entablan una amistosa conversación en un encuentro alegre en la sede de la APN, donde fueron felicitados por sus destacadas actuaciones a nivel internacional. El catorce de Marzo de mil novecientos setenta y siete, el Profesor Eduardo Nicolás Matus y yo acordamos bajo "palabra de honor" en el salón de recepciones de la Universidad de Salamanca, España, al celebrarse el Segundo Congreso Iberoamericano de Periodismo Científico, decir el discurso luctuoso en la formalidad fúnebre de cada uno de nosotros. Según el pacto, si él moría tenía que despedirlo, antes de que los restos bajasen a la horizontalidad reservada para el sosiego eterno. Si yo moría, a él le correspondía. El compromiso se hizo inspirados en la conversación sostenida con el entonces Rector de la Universidad de Salamanca después de pronunciar éste una pieza inolvidable sobre la formación del hombre en medio de las encías abiertas del monumento académico. Luego un jesuita erudito en filosofía e historia nos tradujo al español esencias de un libro en pergamino escrito en griego sobre los últimos días, viendo y sintiendo el pupitre donde Fray Luis de León hizo sus primeros "garabatos"., viendo y sintiendo el acontecer infantil de Lope de Vega. Estábamos a solo dos cuadras de la casa original donde residía Miguel de Unamuno. Nos estremecíamos de humildad ante aquellas altísimas paredes aprobadas por los siglos que han pasado sobre ellas sin permitir erosión alguna de la razón, permeables a la sabiduría penetrante sin que el proceso de la "vid" haya sido factor de profanación alguna. Matus y yo bañábamos el pecho de "tinto" añoso y hablábamos de la muerte y del compromiso moral y caballeroso que acabo de cumplir para sellar una amistad que despegó hace medio siglo. En otro viaje a España (mil novecientos ochenta) visitamos al Príncipe heredero de la corona española--Felipe-- en el Palacio de la Zarzuela. Manolo Calvo Hernando, Secretrio General del Círculo de Periodismo Científico a Nivel iberoamericano designó en el Profesor Matus el uso de la palabra. Al finalizar la introducción protocolaria le dijo: "Ahora somos nosotros los que venimos". La última vez que ví al Profesor Matus fue en el Hospital Bautista. Confesando lo mal que se sentía y listo para abordar el sendero irrevocable, no olvidando el acuerdo me lo recordó: Joaquín ya podés ir preparando el discurso". No mostraba la expresión que perdió radicalmente con la muerte. Ni huellas quedaron de ella bajo el cristal de la cobertura definitiva. Comenzaba a disminuir la fortaleza que siempre le caracterizó como indoblegable caminante en lo interior y exterior. Irrenunciable devorador de libros y de fronteras. Lo conocí hace medio siglo dando clases en el cuarto grado de primaria del Colegio Rubén Darío del entonces Presbitero Marco Antonio García Suárez (después obispo de Granada). Cuando por razones justificadas se ausentaba, confiaba en nosotros la preservación de la calma en el aula. Luego fundaría varios centros de estudios entre los que están el Liceo Padre García de Granada (cerrado), el Instituto Modesto Armijo del cual fue uno de sus pioneros, siendo fundador de la Escuela de Periodismo adscrita a la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma. Estuvo al lado de Guillermo Castellón, Enrique Porras, Horacio Ruiz, Leonardo Lacayo Ocampo y Gustavo Adolfo Montalván. En la Escuela de Periodismo impartió castellano y psicología de la comunicación colectiva, cátedra novedosa para el tiempo que comenzó a darse en el Centro Internacional de Estudios Superiores de Periodismo para América Latina con sede en Quito, Ecuador, donde tenía tanta influencia que llevó a no pocos periodistas profesionales nicaragüenses becados por la O.E.A. y LA UNESCO. Elevaron el monto de su cultura con cátedras que armonizaban con las teorías modernizantes de Baneyto. A él le debemos la participación de Nicaragua en el Círculo de Periodismo Científico que ahora queda sin cabeza. La "palabra bien dicha" del periodismo nacional pierde a uno de sus más intransigentes custodios, maestro que andaba detrás de la transgresión del orden correcto. Matus era un espía de la sintaxis y tenía especial afecto por la evolución del idioma. Cultor de facetas activas ejerció también el periodismo práctico, hombre de pensamiento propio y militante de la política ilustrada (no de la politiquería). LA TRIBUNA de antaño que publicó aquel valiente editorial al siguiente día de que asesinaron a Sandino cuando hacerlo era una temeridad, alojó su inalterable actitud conservadora llevada a tal seriedad que sufrió el exilio en El Salvador donde figuró como parte de un puñado de hombres que se oponían al continuismo. De regreso a la patria se entregó totalmente al arte insuperable de la formación humana (para el cual nació) alentado por el aroma natal. Mucho más podría
decirse de Eduardo Nicolás Matus. No basta el artículo breve
para completar la justificación de su tránsito por este Mundo.
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