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Pocos comentarios he leído
a nivel local sobre el ya conocido libro "Adiós Muchachos" de Sergio
Ramírez, que, como su nombre lo indica, se trata de "una memoria
de la revolución sandinista".
El problema, sin embargo, es que "Adiós Muchachos", muy lejos de la ficción y la inventiva literaria, es una referencia sintetizada de la década más importante --para bien o para mal de muchos hijos de esta tierra-- que ha tenido Nicaragua en la historia de este siglo que agoniza. Nadie puede negar consciente y honradamente que pese al inmenso dolor de los miles de muertos de la guerra, de las copias al carbón que los dirigentes revolucionarios hicieron de otras experiencias que nada tenían que ver con la realidad nacional; de sus actitudes verticalistas, de sus nuevos gustos, de sus desviaciones personales hacia lo que supuestamente combatieron antes, y del endiosamiento que los llevó a creerse poderosos habitantes del Olimpo, después de la revolución sandinista Nicaragua no volvería jamás a ser la misma. Es cierto que a la postre, por una guerra impuesta que según algunos bien pudo evitarse actuando con mayor inteligencia y con mayor sensatez, y por unos comandantes que no sólo cayeron en el deslumbramiento --qué lejos de Guevara!- -sino que en el alborozado goce de las delicias del poder, la auténtica revolución nicaragüense se perdió y se frustró en el camino. Algunos consideran que para las ilusiones de redención y de bienestar del pueblo pobre, los dirigentes convirtieron a la revolución en una estafa, y que las apetencias y preferencias que se les desarrollaron en el ejercicio del poder no concordaron para nada con el idealismo de Fonseca, de Ricardo Morales, de Germán Pomares, de Oscar Turcios , de Leonel Rugama, de Julio Buitrago, y de tantos y tantos otros que con su muerte iluminaron su propia vida para siempre, para figurar eternamente en el laicismo de la santidad. De todo eso es lo que trata casualmente el libro de Sergio: de actos de heroísmo y de grandeza, pero también de un proceso político que se malogró por la torpeza, la sobre-estima personal y la adaptación inmendiata a nuevos modos y estilos de vida de quienes verdaderamente no estaban preparados para ser Estadistas en una transición --que para Nicaragua fue trágica-- entre un mundo falsificado que claramente agonizaba y uno nuevo que apuntaba en el horizonte. Personalmente creemos que Sergio ha escrito su libro de nostalgias, con la mayor honestidad que le fue posible como alto protagonista de esos hechos históricos. Pero hay y debe proclamarse una notable diferencia: "Adiós Muchachos" no es, ni se lo propone en lo mínimo, ser la historia de la revolución sandinista, sino simplemente los recuerdos más destacados en la memoria de uno que recorrió de principio a fin, ese teclado histórico. Quizás, junto con algunos críticos, yo hubiera deseado que Sergio hubiera sido más abierto, más autocrítico, más penitente, y que en voz alta y clara, contundente y nítida hubiese aceptado su complicidad y su firma en los errores y fallas cometidas. A propósito de este libro de Sergio y de todo lo que sucedió en esos años ochenta, me supo a triste corolario de este sainete que es la vida, el artículo que Don Tomás Borge publicó en END del 7 de Octubre, en el que refiriéndose a un encumbrado Embajador sandinista dice: "no me dió la mano, ni siquiera me otorgó la misericordia de su mirada. Recuerdo sus inmerecidos elogios y sus efusivos abrazos cuando yo era Ministro". Ese es el vivo retrato del oportunista, y su viscosa actitud como dice Don Tomás, provoca repugnancia, aunque su existencia sea de muy vieja data como lo retratan con pinceles magistrales las plumas de un Cervantes, o de un Balzac, o de un Shakespeare. Pero Don Tomás, paralelamente, y en el inevitable balance que las vidas humanas ofrecen, debe hacer un esfuerzo y traer a su memoria las humillaciones, las falsas promesas, los desconocimientos, los actos de justicia que no cumplió, los olvidos conscientes, la sobrevaloración de sí mismo, las sugerencias e infidelidades en perjuicio de subalternos y amigos, etc., para tener una cabal dimensión en ese claroscuro de los unos y de los otros, cuando ya las luces del poder se han apagado las más de las veces para siempre. Habla también Don Tomás en su escrito, de los "nuevos" antifrentesandinistas ahora con nuevas ideas y banderas, y reconoce que cambiar en esas cosas es legítimo, pero condena, con justicia, a quienes sienten rabia contra su partido y sus dirigentes a pesar de que fueron cómplices, firmantes y usufructuarios del poder revolucionario, y nuevos empresarios, y ahora se niegan a darle la mano. Otra vez olvida Don Tomás los vaivenes, las crueldades y las sombras de la comedia humana, en cuyo discurrir se producen las más altas cimas de la ética y las más abominables miserias morales de la condición humana. En muchas cosas de antes, en y después de la revolución puedo estar en absoluto desacuerdo con este viejo dirigente, pero coincido con él en que es una bastardía moral en la que caen los que siendo hoy prósperos dueños de negocios, y de una vida más allá de lo confortable gracias a los actos ilícitos que les apadrinaron los que gobernaron en el sandinismo, tengan ahora la concha de atacarlos y convertirse en Robespierres de las ruinas que ellos mismos con su abyecto servilismo, con su prepotencia, sus ilegalidades y sus vicios, ayudaron a plasmar. Yo, Don Tomás, que
fuí Diputado de treinta dólares al mes, que en las recepciones
públicas y privadas siempre esperaba que fueran los poderosos los
que me saludaran, que desde hace años educo a mis hijos en la marcada
modestia de la pobreza, y que sigo viviendo con mi familia en la casa minifalda
que se me está cayendo y que construí en 1975 en el Barrio
Ducualí, tenga la seguridad de que continúo siendo educado
y decente y que jamás le negaré ni mi mano ni mi saludo.
Debe saber también que hasta el fin de mis días seguiré
creyendo en el Ideario de Sandino
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