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Martes 19 de Octubre de 1999 Los verdaderos historiadores, con vocación investigadora, con espíritu analítico y con la decisión de hacer un esfuerzo por la imparcialidad que permite la relatividad de las cosas humanas, están escaseando inmensamente, por no decir que casi han desaparecido. Abundan, eso sí, los que inventan anécdotas y situaciones supuestamente históricas para proteger intereses políticos o por beneficiarse económicamente en muchos casos de quienes mandan a hacer esos folletines históricos. Esos verdaderos historiadores tienen que ser personas bien equilibradas y conscientes y orgullosas de la misión o profesión que escogen, la que corresponde a la recopilación organizada de datos y hechos, analizándolos honradamente, declarando que es interpretación de ellos tal o cual pasaje referido en el texto. En muchos casos un buen historiador tiene que incluir información que no es de su agrado, pero que sabe que corresponde a la verdad o que, por lo menos, en determinada etapa de la vida de una ciudad o país se creyó que eso era verdad o que tiene visos de serlo. Y eso demuestra honradez intelectual y moral profesional. Mucho perjuico representa para las nuevas generaciones esa falta de historia actualizada o de libros antiguos ya agotados sobre la materia, porque quedan expuestas esas nuevas generaciones a que cualquier charlatán improvise lo que quiera para convencerlos sobre inexactitudes acerca de la vida política, cultural, religiosa, económica y social de sus respectivos países. En los casos en que haya historiadores que discrepan de otros, siempre queda el beneficio que de la lectura de uno u otro autor el lector puede extraer sus propias conclusiones. (Tomado del "Diario Las Américas" de Miami)
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