En
"Noches de Tortura", el Dr. Clemente Guido, progenitor de nuestro actual
ministro-director del Instituto Nicaragüense de Cultura (INC), y en
"Estirpe Sangrienta", Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, han dejado
escritas para la historia, entre otras muchas obras referidas al tema,
testimonios vivos de todo cuanto ocurrió en nuestro país,
en términos de razzia político-policial desatada a raíz
y como consecuencia del atentado contra la vida del general Anastasio Somoza
García, ejecutado la noche del 21 de septiembre de 1956 por el joven
poeta Rigoberto López Pérez.
Para aquel entonces, y particularmente para quienes solo conocíamos la historia nacional a través de los manuales elementales con que hasta la fecha se redactan los textos escolares, la referida "razzia no tenía precedentes", siendo en realidad todo lo contrario tal y como puede comprobarse con sólo profundizar un poco en lo que ha sido -desde la Independencia- la lucha a muerte protagonizada por las diferentes fracciones políticas en su afán de conquistar o retener el poder. Una lucha a muerte que apenas estamos ahora empezando a superar a través de la incesante tarea por establecer una Cultura de Paz sustentada en la instauración del imperio de la Ley y la Democracia, iniciada en la última década del siglo y fortalecida, o en proceso de fortalecimiento, bajo la administración presidencial del Dr. Arnoldo Alemán Lacayo. En el 1956 de nuestra referencia, en menos de 48 horas más de tres mil ciudadanos y ciudadanas fueron conducidos a las cárceles, la mayoría por mantener dignas actitudes opositoras al régimen somocista. Los sabuesos gubernamentales decidieron la misma noche del atentado encarcelar a los periodistas. Y en la celda 15 de la antigua cárcel de "La Aviación" (hoy Complejo Ajax Delgado) fuimos encerrados, entre otros, Julio César Sandoval, Sidar Cisneros Leiva, Julio Talavera Torres, el suscrito y Pablo Antonio Cuadra. Una mañana PAC y nosotros fuimos trasladados a la celda 4, ubicada en la ala occidental de la prisión. Tras las rejas se encontraban ya Emilio Alvarez Montalván, don Juan Ramón Avilés, Adán Selva, Hernán Robleto hijo, Diego Manuel Robles, don Abel Gallard, José María Zavala, uno de los hermanos Solórzano Thompson, Agustín Fuentes Sequeira y el dirigente sindical Carlos Pérez Bermúdez. Como la celda estaba atestada, cada uno los ocho o diez camarotes que en ella habían, eran compartidas por dos prisioneros. Pérez Bermúdez propuso a su acompañante ceder su camarote a Pablo Antonio, ya que de otra manera el poeta tendría que dormir en el suelo. PAC rechazó al principio la oferta y la aceptó luego de numerosos ruegos. No quería ningún "trato preferencial" para sí y este gesto de indudable grandeza humana conmovió nuestra percepción de él. Lógicamente ya conocíamos su trayectoria como hombre de letras. Su poesía y sus ensayos los habíamos devorado con pasión y admiración. No obstante manteníamos alguna reserva acerca de su posición ideológica. Lo considerabamos como un "reaccionario", un "fascista", uno de los "príncipes murrucos" definición que algunos escritores de izquierda de la época acuñaron para desacreditar el talento y el carácter de quienes no pensaban igual que ellos. Los carceleros habían prohibido a todos los prisioneros que nos acercaramos a la celda de las mujeres tras cuyos barrotes se encontraban encerradas la madre de Rigoberto, doña Soledad, su hermana Amparo, una tía de la hoy Magistrada Yadira Centeno, una muchacha de la que se decía Rigoberto era su perdido enamorado, la profesora que había enseñado las primeras letras al poeta-mártir, así como otra joven que habiendo conocido en la infancia a López y descubierto en él su afición a la música, le había dado clases de piano. Haciendo caso omiso de la
prohibición PAC se las agenció para enviarle a doña
Soledad y compañeras parte de la comida que le enviaban de su casa,
"delito" que le podía ocasionar el traslado a las llamadas "celdas
de castigo" una de cuyas características era que carecían
de servicios sanitarios.
Con Agustín Fuentes PAC tenía particulares actitudes de compañerismo. Un día sacaron a Agustín de la celda y al regresarlo contó que unos esbirros le habían puesto un revólver en la sien, obligándolo a firmar un documento en el que "acusaba" a PAC de ser responsable de que en las fotografías de las manifestaciones somocistas que publicaba "La Prensa" él escogía aquellas en que se viera menos gente. PAC aprobó la actitud de Agustín pues de no haber cedido, dijo, podrían los esbirros haberlo matado. Los días y las noches de aquella prisión estarían siempre signados de sombríos augurios. El Alcaide, capitán Pablo Rivas, había hecho apostar una ametralladora de trípode frente a la celda, "lista y dispuesta" decía, para ser accionada por el guardia que no se separaba del arma, en "cualquier momento" que recibiera orden de ejecutarnos. Por las tardes sacaban siempre a un prisionero al que retornaban en horas de la madrugada literalmente destruído físicamente. Y muchas veces apenas disponíamos de agua, no siempre limpia, para secarle la sangre que le manaba de todo el cuerpo. En medio de aquella interminable crueldad, los presos teníamos ratos de humor, que ahora veo estaban motivados más por el nerviosismo que por distraernos. Diego Manuel Robles era el más dicharachero y extrovertido de todos. "¿Qué se siente, poeta, preguntaba a PAC, ser príncipe y estar preso?". PAC se sonreía indulgente. "No soy ni nunca he aspirado a ser príncipe, diría alguna vez, pero siempre he sido un ser humano y como tal siento y sufro como todos ustedes, pero me fortalece la convicción de que soy víctima de una venganza política". Una tarde, Pablo Antonio nos dió la lección de Justicia que jamás he olvidado. "¿Como actuaría usted, poeta, le dijo Diego Manuel, si en lugar del acusado fuera el juez?". --Actuar como Juez si yo fuera el acusado, contestó el poeta. Había entonces un
periódico- pasquín, precursor del sensacionalismo que hoy
parece ser la tónica general de nuestros medios impresos, que se
llamaba "La Prensa Gráfica", cuyo director era un -acólito
inombrable de Anastasio Somoza Debayle-. Este caballero llegó una
mañana más que a entrevistar a interrogar como cualquier
policía-verdugo a la mamá de Rigoberto. "¿Verdad que
matar a una persona es un crimen?" preguntó a doña Soledad.
La señora respondió afirmativamente. Al día siguiente
"La Gráfica tituló: Madre de López Pérez ADMITE
QUE SU HIJO ES UN CRIMINAL".
--Vé, Fuentitos, dijo PAC a Agustín, estas "barbaridades" son en las que nunca debe caer un periódico que se respete. Ni siquiera ha terminado el juicio y ya nos está acusando a todos los que estamos aquí de culpables del crimen. Podría relatar centenares de anécdotas como las ya referidas durante los siete meses que compartimos prisión con PAC. El prometió entonces escribir una novela de aquellos tenebrosos días, pero no la escribió, según me habría de confesar años después. "Basta la historia de Pedro, que no es novela sino testimonio de verdad", me dijo el día que el Alcalde Roberto Cedeño condecoró a su nieto Pedro Xavier Solís, hará dos años. EL PREMIO NACIONAL DE
HUMANIDADES
En la cárcel yo me
acostumbré a decirle a Pablo "Camarada" por sus bondades y su humanismo.
Y él nos puso desde entonces "celdarada".
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