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Viernes 15 de Octubre 1999
Lo que sé del crimen de "La Pelona"
por Jerónimo Aguilar Cortés
Es una de las ediciones recién pasada de LA PRENSA, don Felipe Arellano, refiriéndose a lo que narra el licenciado don Jerónimo Pérez acerca del asesinato cometido en "La Pelona" (diminuta península en el Gran Lago de Nicaragua, frente a Granada), el 28 de enero de 1829, en que inculpa a don Narciso Arellano, como uno de los responsables de aquel crimen aduce varias razones para exculpar a su antecesor de tal cargo.

Don Felipe desciende de don Narciso y nosotros del licenciado don Juan Francisco Aguilar del Villar (rivense), una de las víctimas, y que era, como lo dice el señor Pérez, "sujeto de importancia por su saber y posición social y, agregamos nosotros, venía figurando en la política de la provincia desde los albores de la independencia; fue quien redactó el Acta de los Nublados, en la que se declaraba la separación de España, y más tarde, formó con el padre Policarpo Irigoyen y don Juan José Zavala, la Junta de Gobierno que lo ejercía en los tiempos del Coronel don Crisanto Sacasa, mientras éste guerreaba.

TRADICION FAMILIAR
Tenía en consecuencia un puesto relevante en la política de aquellos años, y no era como lo describe Gámez (Historia de Nicaragua Pág. 817. Edc. 1881), únicamente "persona buena e inofensiva".
El licenciado Aguilar del Villar, fue la persona más caracterizada de las asesinadas; más tampoco carecían de importancia, dentro del medio otros de los inmolados.

Nosotros supimos lo de "La Pelona", por tradición familiar antes de leerlo en las historias patrias.
Todas las circunstancias y episodios de aquel hecho nos eran conocidos; pero contrariamente a lo que asegura el licenciado Pérez, y algún historiador, fundándose en lo afirmado por éste, en el seno de nuestra familia se consideraba la muerte de nuestro bisabuelo, como una consecuencia del estado caótico del momento, en que autoridades subalternas, tomaron medidas criminales en la esperanza de congraciarse con los que les mandaban.

Las razones eran, no por el parentesco que unía al licenciado Aguilar con Argüello, como por que éste, no se ocultaba para cometer sus tropelías de cualquier magnitud que fuesen. Acababa de fusilar al señor de la Cerda, también deudo suyo a la luz del día; y no era él, quien iba a rehuir la responsabilidad de la muerte del licenciado Aguilar y sus compañeros.

Aquel don Juan Argüello tenía los tamaños suficientes para deshacerse de sus enemigos o de quienes temía algún daño; como otros los han tenido después sin que les importe el juicio que se merezcan de sus contemporáneos ni de la posteridad, ni por el temor a Dios, de quien se consideran delegados aquí en la tierra, si es que alguna vez se acuerdan de su justicia.

El crimen político para mantenerse en el poder, ha sido una característica constante de esta clase de gobernantes para desgracia de la patria.

El haber renunciado al ministerio el señor Arellano, es una señal de su desaprobación del asesinato; y es lógico pensar que tratándose de Argüello, no podía pasar a más; ya renunciar lo colocaba en posición de desagrado con quien, en ese momento, disponía de la vida y hacienda de sus gobernados.
El juicio de nuestra familia se fundaba en lo que pensaba nuestro abuelo, el licenciado don Juan Francisco Aguilar Sacasa, hijo del sacrificado, quien indagó en aquellos cercanos tiempos sobre lo sucedido.

Hasta aquí lo que pensaban en nuestra casa sobre los señores Arellano y Argüello, en su relación con el crimen de La Pelona.

Para finalizar, agregaremos: que era tradición, también familiar, que cuando expulsó de Nicaragua don Juan Argüello fue a refugiarse en Guatemala, habiéndose presentado en casa de sus parientes las señoritas de la Cerda, dando su nombre, le enviaron a decir éstas, que Juan Argüello había muerto cuando dio muerte a don Manuel Antonio y a don Juan Aguilar.

Por esa repulsa fue que cuando enfermó, no encontró familiar alguno que le recibiese en su hogar, terminando por morir solitario en la cama de un hospital. Obra de Dios o del ciego destino; pero el hecho fue que aquél, antes poderoso señor, murió como el más infeliz de los mortales.

 

 
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