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Jueves 07 de Octubre de 1999
Su presencia establece la diferencia entre la maestría clásica y la articulación romántica. Llama la atención la red con que teje la continuidad oral, la expresión para imaginar la vida en su versátil agenda. Una de ellas, el afable director del espectáculo, el propio Di Blasio, la atribuye al amor una consagración que debe saludarse de rodillas. Por eso se inclina ante la criatura sonora y viajera, instrumento con el cual ha complacido tanto en la rutina de su periplo. Además se distingue por su extroversión y por su sensibilidad para crear lo propio y arreglar lo de los demás; a este artista debe hacérsele un reconocimiento justo por su desprendimiento. Amigo de la bondad, asistimos a un concierto suyo en Miami en el cual fue improvisado para teatro, el pasillo de un centro comercial y el cual Di Blasio ofreció enteramente a beneficio de los niños cubanos refugiados en Guantánamo. Ya aquí dejó -- recuerdos de colaborador, al prometer respaldo económico para construir el devaluado piano de cola de nuestro Teatro. No pocas cualidades visten al exponente: es afirmativo en su americanismo, en su humor y en su constancia peculiar. Oscar Wilde, en el transcurso de su pena reiterada en epístola, afirmaba: "El arte solo comienza donde termina la imitación". Di Blasio no imita a nadie. En ningún pianista de su género - popular desde luego - hemos oído la extracción de ese sonido y el afán de darle duro al piano, prodigándole el ejercicio saludable después de un largo silencio. La sensación transmitida es que no quiere lucirse solo él, sino hacer lucir las facultades orquestales del piano. Nada severo apareció en su léxico antojadizo y jovial. Tal vez lo único ausente del estilo generalizado procuró ser - y es porque Di Blasio no entra a la categoría de escogidos del virtuosismo clásico -- la inserción de un trozo del Concierto de Aranjuez, escrito para guitarra por el compositor español - Joaquín Rodrigo, y de Asturias de Albeniz. El arreglista transformó completamente la versión original, primero, porque lleva al piano lo que es cuerda genuina de guitarra y segundo, por hacerse de la melodía sufrida un carnaval lleno de pasiones sonoras. Humo. Velocidad indiscreta. Estridencia. Afán de aporreo y convergencia con lo que en la humilde opinión nuestra, fue sátira de la obra. Y nos trasladamos a Valencia en la insistencia de la forma-concierto: guitarra, piano, violín, cello y arpa, muy lejano de las combinaciones instrumentales usadas en la orquesta predominantemente electrónica, lógicamente bulliciosa, del concertista. La música en Rodrigo se aproxima a lo popular y religioso pero elude esas características. De ahí la ausencia total del lirismo y de la serenidad de Rodrigo en su Aranjuez cuando es retomado en la versión paradigmática del argentino. Di Blasio luce genial en la interpretación de su propia obra. Ahí se revela exclusivista raudo e incomparable. Porque eso no lo modifica: lo crea. Y como fue creado sale a la luz pública. Su "Pianísimo " es un homenaje a la innovación concebida por él: peregrina y americana. En cinco notas erige una pieza con posibilidad de volar alto en el follaje del tiempo. El barroco no fue solo de tiempos idos. No es un fenómeno yacente sino que presencia en boga. Ninguno de sus artífices ha muerto. Quizás le puso barroco para contradecir al barroco. No estamos en sus venas y por lo tanto queda trazada la expresión desde la butaca donde lo que se siente se cuenta al margen de la pedantería de pretender erudición alguna. Estuvimos frente a un amante
del diálogo y para quien cada latinoamericano tiene un valor especial.
En él están presentes autores como Rafael Hernández,
Ernesto Lecuona cuya Malagueña denotó aglomeración
armónica llena de expresividad. Y aunque esa noche quedó
en el tintero, estamos seguros de que el pianista hubiera evocado a Héctor
Villalobos, otro maestro de Latinoamérica.
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