Desde
hace muchos años he guardado en lo más profundo de mi admiración
patriótica, a tres figuras estelares que no sólo enaltecieron
sino que defendieron con su propia vida la dignidad de Nicaragua: Benjamín
Zeledón, Augusto C. Sandino y Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.
De esa luminosa trilogía de paladines de la libertad de Nicaragua y de la justicia entre sus hijos, deseo hacer hoy aunque sea una breve semblanza del primero, el general y doctor Benjamín Francisco Zeledón Rodríguez, nacido con los augurios del talento, un 4 de Octubre, y muerto en batalla el mismo día del año 1912, apenas a los 33 años de edad. Zeledón vino al mundo el 4 de Octubre de 1879 en el humilde pueblo de La Concordia, Departamento de Jinotega, y a los 24 años conquista el Título de Doctor en Derecho extendido por el gobierno del general José Santos Zelaya. De 1904 a 1906, desempeña con clara inteligencia y acrisolada honestidad, diversos cargos en el Poder Judicial, pero antes, en Mayo de 1903 se inicia en los dolorosos lances de la guerra participando en la llamada "revolución del lago" al lado del general Fernando María Rivas y en contra del sempiterno Emiliano Chamorro. En 1905, --todos estos breves datos biográficos los tomamos de los que a su vez publicara en 1980 con el auspicio del Ministerio de Educación, el entrañable amigo, poeta y maestro José Santos Rivera-- se casó con la señorita Ester Ramírez, y en 1907 siendo síndico de Managua, a iniciativa suya la Alcaldía de Managua le dispensa recepción y honores a don Rubén Darío. En ese mismo año de 1907, Zeledón participa en la batalla de Namasigüe contra tropas de El Salvador y Honduras que se habían coludido contra nuestro país, y luego de una lucha enconada y sangrienta sale victorioso junto con Terencio Sierra. Por esa acción, dice el profesor Rivera, "fue ascendido a general del ejército Nicaragüense en el mismo campo de batalla por su heroísmo y valentía". Pocos años después, caído del poder el Presidente Zelaya en uno de los capítulos más bochornosos para la dignidad nacional, su sucesor el Presidente José Madriz, lo nombra Ministro de la Guerra, pero por las mismas razones el gobierno de Madriz fue efímero, y Zeledón tiene que salir nuevamente al exilio acompañado del historiador José Dolores Gámez, el castelar nicaragüense, Manuel Maldonado y el gran poeta Santiago Argüello. Al regresar del exilio en 1912 se incorpora al movimiento rebelde del general Luis Mena contra Adolfo Díaz, que había sucedido en el solio presidencial y a base de las eternas componendas con los interventores norteamericanos, a Juan Estrada.
Además del control de la ciudad de las flores, Zeledón presentó a los traidores locales y a los invasores una tremenda resistencia en las batallas del Coyotepe y La Barranca. Por razones de sentimiento familiar, no nos resistimos a citar algunos párrafos del Libro "Nido de Memorias" de Hernán Robleto (secretario de Zeledón en la guerra), donde se menciona a mi tío José Emeterio Eugarrios Chavarría que tuvo el honor de participar en esa gesta de Masaya por la dignidad nacional: "Masaya estaba inundada por millares de "caitudos" del ejército de Adolfo Díaz. Miles de soldados rubios cubrían El Coyotepe y bajando sobre el filo de La Barranca, rebasando la línea de teustepeños y managuas que no contaban ni con cincuenta hombres. En las calles entre el tabletear de las ametralladoras y el estallido de los botes de metralla, sonaba el grito odioso entonces de ¡Viva Chamorro!. Ya comenzaban a saquear las casas de los liberales dándoles fuego en seguida. La tropa no atendía razones ni escuchaban las órdenes de reconcentración: el pillaje podía más que el ánimo de seguir peleando. Y arriba, en la cima dorada de El Coyotepe, flameaba con sus colores subidos la bandera de las barras y las estrellas. En la Parroquia nos defendíamos con una máxim, emplazada en la trinchera cuyo ángulo miraba hacia la Iglesia de San Jerónimo. La manejaba Emeterio Eugarrios;
su ayudante, Salvador Arróliga, ya había caído. Arróliga
era corpulento, buen obrero de Managua en el ramo de zapatería.
Tiré de sus piernas para mejorar su posición y ponerlo a
cubierto de las balas de El Coyotepe. Tenía un balazo en el estómago
y por el ruedo del pantalón le salía un despacioso chorro
de sangre. Se quejaba. Su quejido disminuía por momentos. Lo despojé
de su pistola, inútil ya para aquel soldado. Al doblarse y caer
del asiento de bicicleta de su máxim, lo sustituyó Emeterio,
que lanzaba ráfagas sobre los grupos fugaces del extremo de la calle.
Saltaban como monos y algunos daban volteretas para caer en el polvo.
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