OPINIONES 
TRIBUNA ABIERTA
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Miércoles 22 de Septiembre de 1999 
Análisis de las justificaciones relativistas del estado totalitario liberal como instancia ética suprema
Ultima parte de tres 
Por Jorge L.Navarro Campos (UPAEP).

3. El pensamiento social cristiano. 

El problema del poder político ha recibido también un tratamiento dentro del pensamiento social cristiano. En general, podemos identificar una amplia corriente de pensadores, algunos no católicos e incluso no cristianos, que coinciden en reinstaurar la gobernación del estado en el marco de la tradición greco-latina y cristiana.  Por otra parte, estos pensadores se separan en el enfoque de valoración del mundo moderno: se definen asi posiciones que podríamos llamar "tradicionalistas" que rechazan rotundamente la modernidad, porque ella se funda en la negación de la "traditio" (occidental cristiana) y los "modernistas" aquellos que profesan cierta simpatía por valores modernos en los cuales, incluso, descubren valores cristianos. Estos enfoques divergentes han dado lugar en algunos momentos a fuertes conflictos, aún dentro de la Iglesia. Desde ciertos análisis de orden político llegan a identificarse con la polaridad derecha (tradicionalista) - izquierda (modernista). 

La presencia continua del Magisterio de la Iglesia en materia social y política ha producido un influjo muy saludable para zanjar los puntos sustanciales de estas tensiones y confrontamientos entre los cristianos. 

No es posible, por supuesto, exponer aquí los contenidos peculiares del pensamiento social cristiano, ni del Magisterio de la Iglesia expresado en su doctrina social. Nuestro interés, por el momento, era presentar a los lectores de lectura alternativa algunos aspectos del debate actual sobre la democracia. 

De cualquier manera, puede resultar útil a nuestro lector ofrecerle algunos puntos de valoración de estos problemas que afectan, sin duda, a la conciencia cristiana. Con este propósito, transcribimos aquí los siguientes puntos que nos ofrece el Cardenal Joseph Ratzinger. 

"El estado no es fuente de verdad y de moral: no puede engendrar la verdad a partir de si mismo... Tampoco por el camino de la mayoría. El Estado no es algo absoluto." 

La democracia relativista puede incubar una nueva forma de totalitarismo de la "mayoría", si no se repara que hay valores fundamentales que no son sujeto de votación, como los derechos humanos. 
"Pero la meta del Estado no puede consistir en una mera libertad desprovista de contenidos: para fundamentar un ordenamiento razonable y vivible de la convivencia humana necesita un mínimo de verdad, de conocimiento del bien que no es manipulable". 

Los derechos humanos no son resultado de un acuerdo mayoritario, sino que corresponden a "la verdad del hombre". Una verdad que debe ser reconocida, no establecida por el Estado. 

En la democracia "formal" (libertad sin contenidos), el Estado puede quedar "rebajado, como decía San Agustín, a una banda de ladrones que funciona bien, porque como esta, estaría exclusivamente determinado por lo funcional y no por la justicia, que es un bien para todos". 

"El Estado... tiene que buscar la indispensable medida de conocimiento y de verdad sobre el bien, fuera de sí mismo, tiene que tomarlo de una instancia externa." 

"...de hecho, todo los Estados han reconocido y utilizado la razón moral partiendo de sus convicciones religiosas previas, que era a la vez ámbitos de educación moral... La tentación de la identificación (entre Estado y religión), y con ello la tentación de la absolutización religiosa del Estado, que supone a la vez la corrupción de la religión, está presente en toda la historia. Pero hay también modelos de una relación positiva entre el conocimiento moral fundado religiosamente y el orden político." 

"La fe cristiana se ha mostrado en general como una cultura religiosa universal y racional que todavía hoy ofrece a la razón aquella estructura fundamental de discurso moral que o bien conduce a una cierta evidencia o al menos a una fe moral razonable sin la que no puede existir una sociedad." 

"En consecuencia, al Estado le viene de fuera lo que le sustenta esencialmente... de una razón madura en la forma histórica de la fe. Es esencial que esta diferencia no sea suprimida: a la Iglesia no le está permitido erigirse en Estado o querer actuar como órgano de poder en él o sobre él. Entonces se convierte así misma en el Estado, en el Estado Absoluto que Ella precisamente debe excluir..." 

"...(La Iglesia) tiene que desplegar al mismo tiempo todas sus fuerzas para que brille en Ella la verdad moral que ofrece al Estado y que debe llegar a ser convincente para los ciudadanos." 

"Sólo cuando esta verdad tiene fuerza en la propia Iglesia y forma auténticos hombres en su seno, puede convencer a otros hombres y convertirse en una fuerza para la colectividad". 

Podemos concluir con esta observación de nuestro autor: 

"Si no queremos caer de nuevo en las redes del totalitarismo, tenemos que mirar más allá del Estado, que es una parte y no el todo. Desear el cielo no significa infidelidad a la tierra, sino que es esperanza también para la tierra. Esperando la patria definitiva, los cristianos podemos y debemos, también en lo provisional, ofrecer esperanza a nuestros Estados."  

Revista "ABRIL, Anotaciones de Pensamiento y Crítica"
 

 
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