OPINIONES 
TRIBUNA ABIERTA
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Martes 21 de Septiembre de 1999 
Análisis de las justificaciones relativistas del estado totalitario liberal como instancia ética suprema.
II parte
(Ir a I Parte) 
Si se le confiere a la democracia razones o fundamentos de tipo religioso, ético o metafísico, se destruye la esencia de la democracia. 

La democracia es una forma de asegurar la igualdad de todos los individuos en la vida pública y un método para alcanzar consensos. Si alguno quiere atribuirle a la democracia una verdad, o un bien que debe ser para todos, atenta contra el espíritu democrático. Así mismo la democracia asegura la libertad de cada uno, hasta donde sea posible realizarla sin lesionar los derechos de otros. 

No existe un "bien común" que deba ser realizado por la sociedad, suponer lo contrario es ya un germen de autoritarismo o de totalitarismo. Lo único válido es el consenso, esto es, la manera como la sociedad se pone de acuerdo y los fines que ella misma se propone en las circunstancias históricas que le toca vivir. 

La democracia, entonces, no se define por su contenido, por ejemplo, por asumir las causas populares, o la misión histórica de un pueblo. La democracia es solo una "forma" a través de la cual la sociedad civil se asegura de tener un control sobre el Estado. Una sociedad democrática lo es por las leyes y las Instituciones que ella misma crea para controlar el poder público y para remover pacíficamente a los gobernantes cuando así convenga al interés mayoritario. Leyes e Instituciones son siempre relativas, sujetas a las limitaciones históricas propias de cada época y lugar. 

La filosofía propia de la democracia es el relativismo y la tolerancia. Ninguna verdad debe prevalecer sobre otras, ninguna idea del bien debe afirmarse como el bien para todos. Cada individuo tiene "su" verdad y "su" idea de bien, y todas son respetables mientras el individuo no pretenda tener la verdad y el bien para todos. 

Cabría señalar la diversidad de enfoques en relación al carácter relativista de la democracia que van del relativismo más radical, (5) al relativismo que sostiene que los valores inherentes a la democracia se sostienen porque en la sociedad se da una fe moral común. (6) 

Otro enfoque de base relativista y que introduce un postulado moral para la vida democrática es el de Norberto Bobbio. Revisando los presupuestos de la democracia "formal" ha llegado a la persuasión de que la democracia como pura "forma" no basta para garantizar el mínimo de justicia en la convivencia social y política. 

Ese mínimo de justicia no introduce una exigencia absoluta de verdad o de bien. Se trata de una exigencia derivada de un avance de la conciencia de una sociedad, es decir de una situación histórica. La exigencia mínima a salvaguardarse se llama "derechos humanos". 

No se sostiene que los derechos humanos sean una "verdad". La cuestión del fundamento de estos derechos no es relevante para esta postura. Se trata de defender, en la praxis política, los derechos humanos, no de fundarlos teóricamente ni de discutir si son verdadero derecho o de saber si tienen un fundamento religioso o metafísico. 

Los derechos humanos, en cuanto a su conocimiento, son relativos, se descubren en las circunstancias históricas en las que se mueve la sociedad. Unos derechos aparecerán y otros desaparecerán, pero siempre a través del consenso democrático. Como ejemplos de esto podemos poner el debate político sobre el aborto y la eutanasia. 

2. La democracia: racionalidad moderna y ética del consenso. 

El contexto en el que se formula esta segunda propuesta de refundación ética es muy amplio, podríamos -sólo de paso- señalarlo diciendo que se trata de una revisión de la "modernidad" y una propuesta para resumirla y corregir sus errores. Y también es una posición que se confronta con la llamada democracia "formal". 

La modernidad ha producido por desviación de sus propios ideales al totalitarismo y las formas de injusticia social en las que se instrumentaliza al hombre. En la política, ha generado el Estado burocrático y modelos tecnocráticos de poder. En la economía, la explotación y la desigualdad económicas. 

La Edad Moderna, por otra parte, afirma el conocimiento científico como uno de sus logros más relevantes. La ciencia, especialmente la ciencia natural, se dice, es objetiva, no admite apreciaciones subjetivas, ni depende de gustos o preferencias. Por ello es valorativa", es decir, no incorpora juicios de valor, por tanto, es "a-moral" y neutra respecto a cualquier valor o sistema de valores. 

En éste contexto podemos señalar las tesis básicas de esta posición: (7) El conocimiento científico, en su forma moderna, consiste en la libre discusión. Cuando se pueden revisar libremente los modelos teóricos en las ciencias y se reformulan críticamente, entonces hay libre discusión. 

Además, la libre discusión supone la comunicación entre personas y, a su vez, esto supone una comunidad, la comunidad científica. 

El "interés" fundamental de la comunidad es la emancipación de los individuos; el conocimiento y la vida social se mueven por este "interés". De hecho, la ciencia ha hecho más libres a los hombres respecto a la naturaleza. La ciencia ha hecho factible que el hombre tenga dominio sobre la naturaleza. 

La práxis humana (y por ello la economía y la política) no consiste tanto en producir objetos como en ir construyendo la libertad de la comunidad. La comunidad es el sujeto de la práxis humana. Esto obliga a reconocer que tanto la ciencia como la vida política se sostienen sobre una finalidad esencialmente ética. 

En la vida política, debe prevalecer este mismo criterio. El fin de la vida política es la comunidad humana; la política y la economía deben servir a la liberación de los hombres. 

Para que la comunidad se convierta en sujeto de su práxis es necesaria la comunicación, que en política se llama consenso. Por tanto, la democracia no es sólo formal, no se reduce a mecanismos de control. La democracia es el consenso a través del cual la sociedad decide y actúa. Las reglas fundamentales del consenso son imperativos morales: la igualdad de los interlocutores y el respeto recíproco, la sinceridad en el diálogo y la atención a las objeciones de los otros.  

La democracia es así concebida como un nuevo proyecto de sociedad, que rechaza los modelos individualistas y colectivistas que eclipsaron los auténticos valores democráticos de la era moderna. 

 Continua

 
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