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Lunes 20 de Septiembre de 1999
De esta manera, se empieza
a reformular el tema del poder sobre la base de unas "exigencias éticas",
que deben salvaguardarse, o mejor dicho, que la sociedad civil tiene que
salvaguardar, controlando el poder público e imponiéndole
límite precisos.
Una de las dificultades casi intrínsecas a la política moderna nace de que el poder político ha sido "concebido" como autónomo de la ética y de la religión. Este es uno de los rasgos que caracterizan la llamada "modernidad política" inaugurada por Nicolás Maquiavelo. La política, desde esta posición, es autónoma de cualquier sistema normativo sea éste religioso, ético o jurídico, y también es autónoma de la tradición y de los modos de ejercerla. Así, la regla fundamental
de la política se centra en el poder. Maquiavelo en sus diversas
obras indicó cuáles son los mecanismos precisos de este poder.
El político, según esta perspectiva, debe centrar su perspicacia
en un solo problema: la conquista, la conservación y el aumento
del poder. Este no es sólo el objetivo sino la norma suprema desde
la cual se valora si una acción es "política" o no lo es.
Por otra parte, Maquiavelo no es un predicador de la inmoralidad política; si el político debe prescindir de criterios morales en su acción como político, para conservar el poder, también debe apelar a ellos si sirven a este mismo fin. Por ejemplo, el político debe exaltar los valores del pueblo, porque si se fortalece la unidad moral de un pueblo, se fortalece también el poder del "príncipe". De esta forma, nos encontramos
frente a una situación que favorece en gran medida al escepticismo
cuando se quiere relacionar la ética y la política: los políticos,
por un lado, en su discurso intentan construir o recuperar legitimidad
ante la sociedad apelando a valores éticos (o religiosos); Hoy en
el discurso político se sostiene una demanda constante de valores
inherentes a la democracia como "consenso" o "concertación", "diálogo",
"pluralismo", "respeto a las minorías"; y, por otra parte, la sociedad
civil interpreta que el recurso a esos valores no es sino otra forma de
insistir en el método maquiavélico cuya norma no es la ética
sino el poder.
La política moderna no solo asume la norma del poder como criterio superior (maquiavelismo) sino que la "autonomía" de la política muy pronto se transforma en la absolutización de la política. La idea de soberanía del Estado, junto a la autonomía del poder, constituye una de las tesis características de la teoría política moderna. El Estado es la instancia política suprema, encarna la voluntad de un pueblo y determina su destino en la historia. Para Hegel el Estado es la manifestación del Espíritu Absoluto (léase Dios) en la historia. (2). Por ello, el Estado es la Razón superior y la fuente de toda razón y de toda moral. La moral viene a ser absorbida y sometida a los intereses supremos que representa el Estado. El Estado, así visto, se constituye en la norma de lo verdadero y de lo bueno, obrando así una suplantación aberrante de la divinidad. De este modo también el hombre queda reducido a "objeto" político. De esta manera, la pretensión más radical y, por ello, más perversa de todo totalitarismo, es apropiarse de la conciencia moral y religiosa de la persona, lo cual estrangula la dignidad la dignidad fundamental del hombre, reduciéndolo a ser a "imagen y semejanza" del proyecto del poder del Estado. Con las anteriores consideraciones
se puede comprender por qué las nuevas formulaciones de la democracia
se impregna de una carga ética (preocupación por limitar
los excesos del poder, defensa de los derechos humanos) y, al mismo tiempo
se inclinan a sostener el relativismo en la vida pública.
Intentemos revisar, aunque
sea brevemente, esos modelos, que podemos de manera general reducir a
1.- La democracia "formal"
o relativista.
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