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Por Alvaro Urtecho
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Lunes 30 de Agosto de 1999
LA OBRA DE JOSE HIERRO EN LA POESIA ESPAÑOLA DE LA POSTGUERRA

Decía Dámaso Alonso, en uno de sus ensayos, que había un nuevo siglo de oro en la literatura española: la de la poesía en el siglo XX. Evidentemente que el conocido crítico, exégeta de Góngora y de tantos otros, se refería fundamentalmente, además de a Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y Miguel de Unamuho, a la llamada Generación del 27, o sea, el grupo de escritores que revelan en su obra las corrientes, tendencias y estilos de lo que en literatura internacional conocemos con el nombre de vanguardia, concepto de ascendencia militar no muy convincente ni muy cómodo, por cierto, pero que terminó por circular como moneda de uso común tanto en España como en la América nuestra. Dámaso se refiere a sus compañeros de generación: Alberti, Miguel Hernández, Aleixandre, Guillén, Cernuda, León Felipe, García Lorca, Prados, Altoaguirre.

No cabe duda que los grandes poetas del 27, pese a no ser tan radicales ni experimentales como sus hermanos hispanoamericanos, han contribuido a la renovación de la literatura en nuestra lengua, rescatando lo bueno y esencial del modernismo y superándolo. Estos poetas, además, son ampliamente reconocidos tanto en España como en Hispanoamérica, tal como lo demuestra la apasionada admiración de Pablo Neruda por García Lorca, la devoción de Octavio Paz por Luis Cernuda, a quien dedica uno sus magistrales estudios de Cuadrivium, por el Guillén del Cántico, por Aleixandre, que recibiría el Premio Nobel en 1977.

Como sabemos, los acontecimientos trágicos iniciada el 18 de julio de 1936 de la Guerra Civil y el triunfo de las facciones conservadoras, aglutinadas en la ultramontana dictadura franquista, interrumpieron el proceso democrático que intentaba renovar orgánicamente la cultura española, adaptarla a las nuevas corrientes, modernizar las instituciones educativas, desarrollar la modernidad en todas las expresiones de la cultura, sin por eso negar la tradición siempre fecunda de la España eterna y profunda. A partir de la imposición del régimen ortodoxo nacionalista, la gran mayoría de los interlectuales que estaban o habían colaborado con la República, emigraron a Europa a Estados Unidos y fundamentalmente los diversos países de América Latina, en donde participaron activamente en el proceso cultural modernizador de los mismos, organizando editoriales, revistas, publicaciones o enseñando en institutos y universidades.

Para concentrarnos en lo que nos interesa en esta conferencia, que es la poesía, diremos que de los grandes poetas del 27 solo se quedaron: el citado Dámaso, quien llevó una tranquila vida de profesor y académico, y Vicente Aleixandre, republicano declarado que por motivos de enfermedad no pudo salir del país. De la generación inmediatamente siguiente, la del 36, Miguel Hernández murió asesinado en la cárcel. Juan Gil-Albert, a quien algunos críticos consideran poeta-puente entre la Generación del 27 y la del 36, marchó exilado a México. Leopoldo Panero, Luis Rosales y Gabriel Celaya desarrollan su obra en el interior del país, cimentando por un lado un lirismo intimista que llamarán garcilacista, y una poesía de temática cívica que se pondrá de moda con el nombre de poesía "social" que tendrá tanta aceptación en nuestra América.

José Hierro (Madrid, 1922, infancia y adolescencia vida en Santander) pertenece a la primera generación de Postguerra, es decir, la que le sigue a la del 36 y, que entre otros poetas, podemos mencionar a Blas de Otero, Eugenio de Nora, Victoriano Cremer, Carlos Bousoño, Rafael Morales, José María Valverde, Camilo José Cela, José García Nieto, José Luis Cano, José Luis Hidalgo, y el citado Gabriel Celaya. Esta Generación empalma con la que el novelista García Hortelano llamaría la Generación del 50, integrada por Angel González, Carlos Barral, José Angel Valente, José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines y Claudio Rodríguez. 

Siete nombres suficientes para darnos una idea de la calidad estética lograda por la poesía española en la segunda generación de postguerra, coincidiendo con el período de consolidación del franquismo como sistema político y económico. Una poesía que tiene como eje fundamental una actitud ética permanente, que incluye tanto el testimonio, el documento existencial autobiográfico encubierto o desencubierto, la protesta e, incluso, la evasión esteticista o decadente o neorromántica como en el valenciano Brines o el distanciadamente aristocrático barcelonés Gil de Biedma:

"Yo nací perdonadme, en la era de la pérgola y el tenis": neorromanticismo que es a la vez un neorrealismo, deseo nostálgico del pasado que es afirmación valiente del presente. Actitud ética, exaltación de la palabra directa y la expresión cotidiana que supone evidentemente una vuelta a Machado, un Machado pasado por el tamiz de Cernuda y sus lecturas inglesas, una vía para salir del estancamiento retórico característico de la lírica intimista prohijada por Juan Ramón Jiménez y sus innumerables seguidores. No estoy descalificando a un autor de la talla de Juan Ramón, el autor de "Espacio" y "Animal de fondo", a los que se refiere siempre Octavio Paz. No: simplemente afirmó que en la variada y profundamente humanista poesía española de la postguerra, la presencia de Machado es esencial, tal como lo ha demostrado José Olivio Jiménez y José María Castellet en su conocida antología. 

Para Machado la poesía es temporalidad, palabra en el tiempo, palabra, expresión que se refleja en el tiempo, conciencia del tiempo. En este sentido, la poesía de José Hierro, de quien hablaremos hoy es una vuelta a Machado, una vuelta no sólo a su concepto de temporalidad sino a su manera de decir, a su manera de cantar y de contar, salvando por supuesto las diferencias determinadas por las coyunturas vitales e históricas. "El sentimiento no es una creación individual, una elaboración cordial del Yo con materiales del mundo externo", dice Machado, "hay siempre una colaboración del Tu, es decir, de otros sujetos. En mi sentir vibran otros sentires y mi corazón canta siempre en coro, aunque su voz sea para mí la mejor timbrada... El mañana, señores, bien pudiera ser un retorno a la objetividad, por un lado, y a la fraternidad, por el otro.

Comienza el hombre nuevo a desconfiar de aquella soledad que fue causa de su desesperanza y motivo de su orgullo. El yo egolátrico del ayer aparece hoy más humilde ante las cosas..."
A esta influencia agrega Castellet, autor de "Un cuarto de siglo en la poesía española", la de Rilke en el sentido de que los versos no son "sentimientos" sino "experiencias". Experiencias que van más allá del recuerdo conformando una esenciabilidad trascendente. Como dice José Luis Aranguren, citado por Castellet, los objetivos e intenciones de estos poetas de la postguerra, poetas éticos o existenciales, llamémosle, tienden a convertirse en "libro de memorias, libro de horas, relato confidencial, fluyente y temporal de los sucesos del alma, existencial en cuanto se refiere al tiempo". Ahí tenemos, pues, los libros de Valverde, Panero, Rosales ("La casa encendida", por ejemplo), y por supuesto José Hierro.

A medida que la obra de Hierro se ha ido imponiendo con solidez sobre todo a partir de lo que se consideran sus obras maestras, "Cuánto sé de mí (1957), y "Libro de las alucinaciones" (1964), las nuevas generaciones de poetas (las del 50, las de los llamados Novísimos del 60 y los de las últimas promociones) tienden a considerarlo como un auténtico renovador de la lírica, una especie de puente entre la admirable Generación del 27 y las nuevas corrientes que incluyen el experimentalismo, el testimonio periodístico, es decir, la lírica con elementos narrativos como quería el Cernuda de "Las nubes" o "Desolación de la Quimera" o como quería Eliot con su famoso "correlato objetivo".
"El hombre que hay en el poeta cantará lo que tiene de común con los demás hombres, lo que los hombres todos cantarían si tuviesen un poeta dentro"... "El poeta es obra y artífice de su tiempo. El signo del nuestro es colectivo, es social... Nunca como hoy el poeta necesitó tanto ser narrativo, porque los males que nos acechan, proceden de hechos", dice Hierro.

 

  
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