ELECTRO SCHOCK
Por Alvaro Urtecho
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Jueves 12 de Agosto 1999
CMR: UNA POETICA DE NUESTRO TIEMPO

I de dos parte
 

  • Conferencia leída en el Palacio Nacional de la Cultura en conmemoración del primer aniversario de la muerte de Carlos Martínez Rivas.

Un año ha transcurrido después de la muerte -la pregonada muerte- de Carlos Martínez Rivas y la pregunta sobre su obra, sobre sus obras publicadas sigue intacta, o para usar una palabra muy de su agrado, espectralmente intacta. La pregunta es lógica: Aparte de La insurrección solitaria, ¿dónde están los otros libros de CMR, los anunciados o no anunciados, los que dejó ordenados, desordenados, difusos o simplemente en proceso? 

En verdad que esta es una pregunta que se hacen no solamente el público vasto en general, la gente que simplemente quiere saber de literatura, sino los profundos conocedores de su obra que fueron sus amigos y lo trataron en su intimidad literaria y humana. Y es que el proceso creativo de la poesía carlomartineana, el misterio de su creación, la materialización y formalización de su escritura es algo que va más allá de los paradigmas del llamado "hombre de letras", del escritor o literato profesionalizado que vive y escribe en función de un público y de una sociedad que le demanda determinados tipos de texto, determinados órdenes de discurso. El proceso de su escritura, su génesis y evolución es algo que se pierde en los territorios del mito y aún de la leyenda. Mito y leyenda que el poeta mantuvo y alimentó en vida, de acuerdo con su actitud profundamente reacia al mundo de la publicidad domesticada, etiquetada y clasificada. Es evidente que Martínez Rivas escribió muchísimo más poemas y poemarios después de La insurrección solitaria. 

Es evidente que éste no es su único libro. ¿Por qué se negó a publicar otros? ¿Se debe esto a un sentimiento autodestructivo, a una negación radical de su estatus de "hombre de letras"? En realidad, esta actitud de negación procede de una razón eminentemente crítica: una crítica radical de la sociedad de masas mercantilizada en donde la obra de arte es una mercancía y ha perdido, como dijera Walter Benjamín, su misterio de aura, es decir, su antiguo caracter sagrado. Si analizamos determinadamente algunos poemas de la ya mítica Insurrección, veremos claramente esta actitud unida a su crítica de instituciones como el matrimonio que coartan el "aire salado de la emancipación", "el libre vuelo del ser", la expansión del Eros sin límites:

Es contra nosotros que se han casado.
En contra ti y contra mi, amor mío,
que ellos se retiran temprano a su trabajo:
los productores los engendradores, los
publicadores de libros...

Más aún, en su figuración de lucidez radical, en su dialéctica negativa, en su taxativa ética y estética del No, concibe a la sociedad triunfante, al Orden Establecido y sus leyes como un reino demoníaco un reino alienante de la impostura que está en contra de la Vida, en contra del flujo erótico, los cuernos deseantes que deben avivar permanentemente el ocio y el "presente de poderosa caducidad", frente a la metafísica desierta de los códigos y los órdenes prohibitivos: "Son el Demonio. El Demonio, más activo que Dios/ Es el Diablo y su banda de muertos laboriosos".

No puedo menos que afirmar que esta actitud ética existencial, que algunos calificarían de nihilista, concepto controvertido, si los hay, explica el empecinamiento de CMR en no solo no publicar el Libro o los libros sino en no escribir, en no realizar la Obra Maestra, como muy bien pregona en "Memoria para el año viento inconstante", poema libérrimo y de cierta ascendencia surrealista, uno de sus textos más raros e indescifrables: "Sí, ya sé/ Ya sé que lo que os gustaría es una obra maestra/ Pero no la tendréis/ De mi no la tendréis". Esta declaración, tan contundente y categórica como un auto de fe o un enunciado programático, nos explica el caracter nietszheano de su escritura posterior a La insurección solitaria. Entendámonos: escritura nietszcheana en cuanto se expresa en el fragmento, en el margen o las márgenes del discurso. La lucidez apasionada del insomne Cioran. La parte frente al Todo. La parte maldita. La parte, el fragmento que no llega nunca a cerrarse por ser precisamente eso: fragmento, trozo de corteza, aerolito de un Cosmos siempre inasible, siempre naciendo, apareciendo y desapareciendo; siempre en asombro ante el Paraíso como los ojos de don José Coronel o el de nuestro insurrecto ante las pruebas de su condición animal darwiniana:

"No así tratándose de celos.
Siempre de incuestionable procedencia ocurren
entre el pan y la margarina o la acéptica
sábana, ajenos al orden.
Yo si encuentro uno, un pelo mío propio torácico,
lo asgo con aprensivos dedos, como si extraño,
y lo extingo en el remolino cristalino
de la taza jade -con mañaneras bilis-.

No se trata de una poética fragmentaria, desordenada, desarticulada, incoherente o inorgánica. No: aunque no postule ni busque el cerrado o clausurado texto que constituye la Obra Maestra, la "clausura del círculo" como diría Derrida, la poesía de CMR, pese a no haber sido reunida en series de libros o poemarios que impresos siguiendo un hilo evolutivo, dan una impresión de estabilidad, permanencia y eternidad, es fundamentalmente orgánica, organizada de acuerdo con una semántica, una sintaxis y un vocabulario profundamente personal y sistemático, excluyente de cualquier jerga o retórica de moda o usada por lo que él llamaba, recordando a Darío, la "canalla escritora". 

Poesía impulsada por un afán de perfeccionismo inacabable que no le da cabida al discurso fluido, inspirado o libresco, que no permite desarrollar ninguna materia verbal que no sea la de la propia esencia de la palabra: la palabra vuelta sobre sí misma, en sí misma y contra sí misma: la palabra pulida, desollada, afilada, que termina devorándose así misma, no permitiendo la posibilidad no solo de la Obra Maestra sino de la misma existencia física del libro como objeto de intercambio social, como objeto de comunicación interactuante. Este radicalismo del poeta, consecuencia de esa manía perfeccionista que lo hacía constreñir su propia lengua y su propia esencia humana, me hace recordar a ese otro gran poeta, el francés Paul Valery (uno de los maestros de Carlos, aunque nos parezca lejos de él, por su racionalidad y su armonía mediterránea) cuando decía que un poema" nunca se acaba sino que se abandona".

De ahí que no nos asombremos ante la manera de trabajar de CMR. En palabras de Rimbaud: un "horrible trabajador" que emborrana y emborrana cuartillas, produciendo un sinnúmero de variantes en el mismo texto. Poemas de lenguaje torturado con resplandores escalofriantes que incitan a José Coronel Urtecho (su maestro en el solar nativo) a compararlo con el del peruano Vallejo.
 

 

  
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