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Jueves 12 de Agosto 1999 Nelson Rockefeller fue siempre
una ficha prominente del Partido Republicano. Siempre sobresalía
en cada campaña presidencial de los Estados Unidos, pero finalmente
el desenlace le era adverso a construir el castillo que él siempre
gestó en nombre de su felicidad personal y de su felicidad política.
El Amor fue uno de los factores para que no llegara al verdadero poder. Conoció el acaso simbólico mandato de la Vice-presidencia de Estados Unidos en un momento oprimido por la accidentalidad, sin que lo consiguiese por el efecto de los votos. La sociedad de Estados Unidos nunca le perdonaría que se haya casado con la secretaria de un amigo personal suyo. En estas tropicalidades adictas al rito atrevido, enamoradas de las conquistas prohibidas, quizá lo hayan premiado. Además siempre daba la sensación de cansarse en la recta final de la campaña y de ser perseguido por el impredecible Tabú. En el inicio de una de esas campañas me tocó entrevistarlo en el Hotel "JUNG" de Nueva Orleans. Con la fluidez del funcionario que conoce nuestros problemas, me dijo en claro español: "Si esta vez gano, mi mayor preocupación será América Latina". Recalcó que su experiencia como secretario interamericano le había prodigado muchos conocimientos con relación a nuestra región y paró su ambicioso enfoque cuando agregó, una vez que yo le expresé mi nacionalidad nicaragüense: Al General Somoza yo lo conocí. Antes de que lo mataran en León le escribí una carta aconsejándole que no se reeligiera, pero lo hizo y ya vió usted cual fue el resultado. Rofkefeller hablaba de León y de la Casa del Obrero con la misma propiedad y campechanía que pudiera utilizar un auténtico coterráneo de la Metropoli: Expresaba así su antipatía que transcurrian en reincidencias nocivas de generalotes asidos al poder. Eran los tiempos de Trujillo en Dominicana, de Odría en Perú, de Rojas Pinilla en Colombia, de Somoza en Nicaragua. En la última campaña
presidencial fue donde puso mayor ahínco a sus deseos de ser el
primer ciudadano de los Estados Unidos. Llegó al final. Batalló
con fiereza en la Convención. Pero nuevamente "el tabú" puso
hormigas en el pasillo. Luego le tiré otra pregunta: "¿Que
sugeriría su Gobierno para América Latina? ¿Observaría
los sistemas de gobierno? ¿Trabajaría con mayor esmero con
aquellos que demostraran buenas intenciones con sus pueblos y con la democracia?
Lo demas vendría por añadidura: Intercambios, préstamos
a largo plazo y bajo interés, amistad de vecinos.
Por motivaciones obvias, Nelson superó a Nixon en en el estar poseído de la verdad Latinoamericana. Antes de poner el primer pié en nuestra tierra, ya sabría estar fundamentado en el origen: calibrar la razón por la cual vivimos así: Su selección para visitarnos no salió de la imaginación nixoniana. Fue una sugerencia de Galo Plaza, Secretario de la OEA en ese entonces, quién se hizo sentir en "honor a la verdad", figura espléndida en el engranaje interamericano. Pero hagamos un esbozo de la gira. Cuando el millonario gobernador de Nueva York anunció en Nueva Orleans su decisión de visitarnos personalmente todo el nundo pensó que haría una minuciosa exploración. Rockefeller con la prolongación de su imagen a través de veinte enchapados asesores no podría en un solitario día reunir los elementos de juicio necesrio para aplicar una política de reafirmación que supere -vanidosa declaración del difunto Nixon- a la "Alianza para el Progreso". Nuestros agricultores cuyas cuotas fueron inexplicablemente reducidas para aumentar las de Pakistán, no podía explicar la desnudez a los asesores. Los planteamientos se hicieron a "control remoto". Dudamos que transmitieran con pulcritud el contenido de las protestas de nuestros agricultores, quienes siempre reaccionaron con tono firme sin hincarse ni desatar plañidera alguna. Rockefeller necesitaba que se le cantara la antigua tonada de los precios bajos que nosotros damos y los precios altos que ellos cobran al comercializar la "materia prima" natural y valiosa de nuestros pueblos. El candidato-gobernador dijo en aquella ocasión que se debían auscultar todas las tendencias personalmente, pero, ¿podía hacerlo en un día? La sugerencia de Nixon hecha el día en que sepultó a "la Alianza para el Progreso" no fue en efecto ninguna novedad. Insinuó en vez de concesiones directas que bien las merecíamos y las merecemos, el infructuoso expediente de invertir con lo cual se retornó al estancamiento. Nada saludable es que un acaudalado levante su emporio aquí y luego se lleve el dinero para dejarnos solo la fechada del edificio. El viaje de Nelson Rockefeller
pudo haber sido un exámen sobre si continuaba siendo América
Latina zona propicia para revivir el viejo entusiasmo de los inversionistas
norteamericanos. De los buenos, por supuesto. Nelson fue sólo un
buen explorador de una ancha faja del mundo libre. Nos hablaba de sus proyectos
viajeros, iba a ser el presidente viajero, cuando "el cordón de
seguridad" interrumpió la entrevista. Como había ocurrido
con antelación, Rockefeller no resultó ser en esa campaña,
el Presidente de los Estados Unidos. Se retiró a "medio camino".
Richard Nixon se salió con las suyas.
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