|
Cuanta molestia ha ocasionado entre los hermanos católicos y protestantes las declaraciones del Papa Karol Wojtila sobre la existencia del infierno, el cielo y el purgatorio. Sin meterme a considerar si las palabras del Papa fueron mal interpretadas, quiero referirme a la asombrosa prontitud con que protestantes y católicos fundamentalista reaccionaron ante ese asunto. Los primeros llamando hereje, apóstata, impío, anticristo y sismático al Papa, y los segundos tratando de explica, a través de sagradas escrituras, lo que dijo el Papa, con la intención de reafirmar que el cielo, el infierno y el purgatorio existen ya en la vida o después de la muerte. ¿Por qué tanta
molestia, a qué obedece tanta hostilidad?
Si el cielo y el infierno desaparecen, con ellos se derrumbará el retablo que sirve de soporte a la religión cristiana. Sin castigos ni recompensas la idea de un Dios padre, todopoderoso, creador del cielo, de la tierra y de los hombres deja de tener sentido. Los cristiano han sido formados en "el santo temor a Dios" y se dicen que la idea de Dios es innata en el hombre, es decir que el ser humano por un milagro natural nace buscando un Creador que le exige adoración, sacrificios, sumisión y la realización de muchos ritos. A cambio de esa fidelidad el Supremo ofrece al ser humano un premio, el cielo, o un castigo, el infierno. Desde este punto de vista la religión es la vía para ser buenos en esta vida y no se concibe que alguien alcance la perfección moral fuera del redil religioso, de manera que resulta un misterio el destino final de tanta gente como la que existió antes que naciera el cristianismo... Están en el cielo, NO, por no ser creyentes... Están en el infierno, a lo mejor... Porque el limbo no existe. De cualquier manera, ser católico o protestante es sujetarse a una enajenación de premios y castigos, que para ambos bandos son verdades de fe -dogmas- en las que se debe creer aunque no se puedan compreder. Incluso, intentar comprender ya resulta un pecado de soberbia. Cabe anotar aquí que Miguel Servet, el descubridor de la circulación de la sangre, fue ajusticiado simplemente porque el protestante Calvino no tenía la capacidad para comprender ese fenómeno fisiológico que ahora lo entiende muy bien un menor de primaria, y que Galileo y Copérnico estuvieron a punto de ser achicharrados porque la Sabia Santa Iglesia Católica no podía comprender las ciencias de la mecánica celeste. Que el ser humano puede aspirar a la perfección sin pasar por la enajenación de los premios y las amenazas es una realidad. Más bien, lo ideal sería que el hombre sea bueno, no por aspirar a premios o por eludir castigos en el más allá, sino porque así se lo plantea su naturaleza racional y su situación dentro del conglomerado social. Son numerosos los ejemplos de varones que prescindiendo de creencias míticas y dogmáticas fueron sabios, ejemplos de virtud y agentes de cambio y liberación para la humanidad. Si la creencia en esos premios y castigos se cae de repente, también se vienen al suelo todo el tinglado manipulador de religiones que durante milenios han propuesto "la pasividad y el sufrimiento en esta vida para gozar del paraíso en la otra", creencia que sólo ha servido para adormecer al pobre y reafirmar la explotación del hombre pobre por el hombre rico. Es en este sentido que Marx señalaba que la religión es el opio de los pueblos, y por cierto con sobrada razón. Por otra parte, si el infierno no existe se nos cae el inmenso negocio del temor. Eso hará perder clientela a la sectas tremendistas que por cierto no son de corte moderno, sino que se remontan a viejos tiempos del cristianismo, religión que nació anatemizando y propiciando infiernos y demonios por todos lados. Para desgracia nuestra, esa religión nos fue impuesta a sangre y fuego en nuestra América Indígena. Heredamos -sin quererlo-, el fanatismo español, el más obsecado y pérfido de Europa. De ahí resulta que quienes se muestran más iluminados, comulgantes y piadosos, sean en realidad los más hipócritas, los que más politizan y convierten en negocio la religion. Hombres "piadosos" y a la vez sanguinarios fueron los Borgia, Torquemada, Calvino, Pedrarias, Pizarro, Trujillo, Somoza y otros muchos que supustamente escalaron el cielo sobre peldaños de sangre, robos y masacres. No puede omitirse la existencia
de varones sabios y doctos dentro de las religiones, pero estos alcanzaron
el reconocimiento de la humanidad porque precisamente hicieron lo posible
por reinvindicar la parte humana del hombre aquí en la tierra, y
no de enviarlo al cielo a través del sometimiento, la manipulación
y el sufrimiento.
|





