PENSANDO EN NICARAGUA
Ignacio Briones Torres  
Martes 3 de Agosto 1999

RENE SCHICK INOLVIDABLE
 
Conocimos al doctor René Schick Gutiérrez en los días iniciales de nuestro involucramiento en el periodismo. Año 1947. Tanto don Sofonías Salvatierra como don Hernán Robleto, así como nuestro tío profesor Edelberto Torres Espinoza nos habían hablado de él reconociéndolo como un ciudadano ejemplar, una persona noble y digna, "de los pocos que honran la administración de Anastasio Somoza García", según me dijeron.

Don Hernán me mandó a entrevistarlo. Para ese entonces yo todavía usaba pantalones cortos y unos zapatos "tenis" que a la fecha solo valían tres córdobas y en el azoramiento por el encuentro con el personaje se nos olvidó ponernos calcetines. Al portero le pareció raro que nos presentaramos como periodistas. La vestimenta no correspondía al oficio y se negó a anunciarnos.

Schick pasó cerca al llegar a su despacho y al informarlo de nuestra misión, nos echó la mano en el hombro y nos hizo pasar de inmediato. Iba acompañado de Pedro J. Quintanilla quien años más tarde llegaría a ser su principal Secretario en Casa Presidencial.

-- ¿Cuál es su principal preocupación como funcionario? le preguntamos.

-- Mejorar las condiciones salariales de los maestros, nos dijo, agregando que el principal problema del país residía en la educación de la niñez. Establecer el escalafón magisterial, garantizar la vejez de profesores y profesoras y proporcionarles a lo inmediato salarios justos acordes con la misión que desempeñan sería poco menos que una obsesión en su mente.

-- Los apóstoles modernos (y los maestros lo son) nos dijo, no están exentos de las necesidades que demanda la vida. Hay que resolverles sus problemas materiales para que puedan dar de sí todo lo que constituye el trabajo que desempeñan.

-- ¿Desde cuando trabaja Usted para don Hernán? nos preguntó, y le respondimos que apenas hacía unos días.

Veinticuatro horas después la entrevista apareció en "Flecha" y cuando nos presentamos a la redacción ya Schick había llamado por teléfono interesado en hablar con nosotros. Habló varias veces hasta que pudimos responderle personalmente. Nos felicitó "por la fidelidad conque habíamos transcrito sus palabras" y nos invitó a que volviéramos a su despacho.

Aquella segunda conversación la sentimos como una cátedra. Nos habló de sus años de infancia "en medio de pobrezas", de sus aspiraciones adolescentes para ir a la Universidad, graduarse de abogado y ayudar a su madre "que vivía de aplanchar ropa ajena en una humilde casa" de su León natal.

-- ¿Y cuál es el mensaje de todas estas confidencias, doctor, le preguntamos.

--Hacerte ver que a través del estudio y la perseverancia se llega donde uno quiere, fue su respuesta. Lee, lee todo lo que puedas, es así como se aprende a escribir. Mírte en el espejo de don Sofonías, nuestro mejor historiador, recalcó y en tu tío, honrado hasta lo increíble y en don Hernán un liberal como lo fueron Benjamín Zeledón y José Madriz.

Tenía un atado de libros que me obsequió y que todavía forman parte de mi biblioteca. La mayoría eran biografías de ilustres nicaragüenses. "En el liberalismo, me dijo, hay lugar para todos".

II
Pasaron los años y continuamos durante todos ellos nuestra relación con aquel hombre que por primera vez en nuestra vida nos había hecho sentir la importancia del ejercicio periodístico.
A finales de 1961, en el Partido Liberal se comenzaron a barajar nombres de precandidatos a la Presidencia de la República. Para la fecha estábamos exilados en Venezuela y desde allá lo llamamos preguntándole si él iba a postularse. --Se menciona mi nombre, me dijo; pero yo acataré lo que decida el Partido.

Y resultó candidato, habiendo resultado electo el 3 de Febrero de 1963.

Pedro J. Quintanilla nos hizo llegar a Caracas el texto del discurso que Schick pronunció el 27 de enero ante 80 mil de sus correligionarios.

El director de "La Esfera", diario caraqueño en el que yo trabajaba, me ordenó hacer una crónica-comentario de ese discurso. "Este hombre puede hacer cambiar la historia de Nicaragua", me dijo.

Un párrafo en particular le había llamado la atención. Textualmente decía: "Estamos empeñados ahora en la batalla del porvenir. Me corresponde a mí la responsabilidad de llevarla a cabo... El más sólido fundamento de la libertad y de la democracia es el bienestar del pueblo. Necesitamos humanizar la libertad, emancipando a las grandes masas de la miseria, de la enfermedad, de la ignorancia y de la desocupación, por eso será preocupación primordial de mi Gobierno asegurar el ascenso gradual y efectivo de las condiciones básicas de vida de todos los nicaragüenses. Forjaremos una Patria mejor a través de la salud, de la educación, de la vivienda y del trabajo abundante y bien remunerado".

III
Antes de asumir la Presidencia, nos exhortó para que nos trasladaremos de Venezuela a Costa Rica en donde él iría acompañando a don Luis Somoza a la visita que a ese país efectuó el presidente norteamericano John F. Kennedy.

Y hasta la pensión en que hospedábamos en San José llegó con Pedro Quintanilla invitándonos a que regresaramos a Nicaragua. "Si no tenés visa, te vas conmigo en el avión presidencial. Don Luis no te objetará", me dijo.

No acepté hacer el viaje de retonor en esa forma, pero me vine después de tres años de ausencia. Ya él ocupaba la Silla Presidencial desde la cual empezó a cumplir sus promesas candidaturales.
Durante su corto período de tres años, tres meses, tres semanas y tres días, un infarto del miocardio puso fin a sus días, Nicaragua fue poco menos que un paraíso de libertad. El resumen de todo cuanto hizo sobrepasa un breve artículo recordatorio como el presente. Luchó denodadamente por la integración del PLI al tronco partidario y su llamado fue desoído. Soñaba con entregar la Banda Presidencial a un Liberal Independiente; pero no le creyeron. Propuso reformar la Ley Electoral para que "nunca más pudiera un candidato perdedor alegar fraude" y tampoco se le dió crédito. Nos propuso redactar un Código de Etica Profesional que sustituyera el Código Negro y empresarios radiales se opusieron "porque -decían- a ellos les servía para control los "desmanes" de los reporteros.

Más de 100 mil ciudadanos, según "La Prensa" de aquellos días, acompañaron su cadáver al cementerio. Todos los domingo las gentes más humildes del pueblo adornaban su tumba en la Rotonda de los Hombres Ilustres en el Cementerio General donde todavía reposan. Y días antes de morir nos había dicho a un grupo de sus íntimos: "Si Tacho (Anastasio Somoza Debayle) se hace Presidente vendrá la guerra. Hay que convencerlo de que no exponga el país a esa nueva tragedia." Su muerte fue una desgracia para Nicaragua, pero su memoria permanece inmaculada y ejemplar para quienes lo tratamos. Y perdura también en el pueblo que no permitió a los comandantes que cambiaran su nombre al Reparto que creó para los pobres, además de la Ciudad Sandino de hoy que fué obra  suya también. Descansa en Paz del doctor Schick, quien este 3 de agosto cumple 33 años de fallecido.
  


 
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