Conocimos
al doctor René Schick Gutiérrez en los días iniciales
de nuestro involucramiento en el periodismo. Año 1947. Tanto don
Sofonías Salvatierra como don Hernán Robleto, así
como nuestro tío profesor Edelberto Torres Espinoza nos habían
hablado de él reconociéndolo como un ciudadano ejemplar,
una persona noble y digna, "de los pocos que honran la administración
de Anastasio Somoza García", según me dijeron.
Don Hernán me mandó a entrevistarlo. Para ese entonces yo todavía usaba pantalones cortos y unos zapatos "tenis" que a la fecha solo valían tres córdobas y en el azoramiento por el encuentro con el personaje se nos olvidó ponernos calcetines. Al portero le pareció raro que nos presentaramos como periodistas. La vestimenta no correspondía al oficio y se negó a anunciarnos. Schick pasó cerca al llegar a su despacho y al informarlo de nuestra misión, nos echó la mano en el hombro y nos hizo pasar de inmediato. Iba acompañado de Pedro J. Quintanilla quien años más tarde llegaría a ser su principal Secretario en Casa Presidencial. -- ¿Cuál es su principal preocupación como funcionario? le preguntamos. -- Mejorar las condiciones salariales de los maestros, nos dijo, agregando que el principal problema del país residía en la educación de la niñez. Establecer el escalafón magisterial, garantizar la vejez de profesores y profesoras y proporcionarles a lo inmediato salarios justos acordes con la misión que desempeñan sería poco menos que una obsesión en su mente. -- Los apóstoles modernos (y los maestros lo son) nos dijo, no están exentos de las necesidades que demanda la vida. Hay que resolverles sus problemas materiales para que puedan dar de sí todo lo que constituye el trabajo que desempeñan. -- ¿Desde cuando trabaja Usted para don Hernán? nos preguntó, y le respondimos que apenas hacía unos días. Veinticuatro horas después la entrevista apareció en "Flecha" y cuando nos presentamos a la redacción ya Schick había llamado por teléfono interesado en hablar con nosotros. Habló varias veces hasta que pudimos responderle personalmente. Nos felicitó "por la fidelidad conque habíamos transcrito sus palabras" y nos invitó a que volviéramos a su despacho. Aquella segunda conversación la sentimos como una cátedra. Nos habló de sus años de infancia "en medio de pobrezas", de sus aspiraciones adolescentes para ir a la Universidad, graduarse de abogado y ayudar a su madre "que vivía de aplanchar ropa ajena en una humilde casa" de su León natal. -- ¿Y cuál es el mensaje de todas estas confidencias, doctor, le preguntamos. --Hacerte ver que a través del estudio y la perseverancia se llega donde uno quiere, fue su respuesta. Lee, lee todo lo que puedas, es así como se aprende a escribir. Mírte en el espejo de don Sofonías, nuestro mejor historiador, recalcó y en tu tío, honrado hasta lo increíble y en don Hernán un liberal como lo fueron Benjamín Zeledón y José Madriz. Tenía un atado de libros que me obsequió y que todavía forman parte de mi biblioteca. La mayoría eran biografías de ilustres nicaragüenses. "En el liberalismo, me dijo, hay lugar para todos". II
Y resultó candidato, habiendo resultado electo el 3 de Febrero de 1963. Pedro J. Quintanilla nos hizo llegar a Caracas el texto del discurso que Schick pronunció el 27 de enero ante 80 mil de sus correligionarios. El director de "La Esfera", diario caraqueño en el que yo trabajaba, me ordenó hacer una crónica-comentario de ese discurso. "Este hombre puede hacer cambiar la historia de Nicaragua", me dijo. Un párrafo en particular le había llamado la atención. Textualmente decía: "Estamos empeñados ahora en la batalla del porvenir. Me corresponde a mí la responsabilidad de llevarla a cabo... El más sólido fundamento de la libertad y de la democracia es el bienestar del pueblo. Necesitamos humanizar la libertad, emancipando a las grandes masas de la miseria, de la enfermedad, de la ignorancia y de la desocupación, por eso será preocupación primordial de mi Gobierno asegurar el ascenso gradual y efectivo de las condiciones básicas de vida de todos los nicaragüenses. Forjaremos una Patria mejor a través de la salud, de la educación, de la vivienda y del trabajo abundante y bien remunerado". III
Y hasta la pensión en que hospedábamos en San José llegó con Pedro Quintanilla invitándonos a que regresaramos a Nicaragua. "Si no tenés visa, te vas conmigo en el avión presidencial. Don Luis no te objetará", me dijo. No acepté hacer el
viaje de retonor en esa forma, pero me vine después de tres años
de ausencia. Ya él ocupaba la Silla Presidencial desde la cual empezó
a cumplir sus promesas candidaturales.
Más de 100 mil ciudadanos,
según "La Prensa" de aquellos días, acompañaron su
cadáver al cementerio. Todos los domingo las gentes más humildes
del pueblo adornaban su tumba en la Rotonda de los Hombres Ilustres en
el Cementerio General donde todavía reposan. Y días antes
de morir nos había dicho a un grupo de sus íntimos: "Si Tacho
(Anastasio Somoza Debayle) se hace Presidente vendrá la guerra.
Hay que convencerlo de que no exponga el país a esa nueva tragedia."
Su muerte fue una desgracia para Nicaragua, pero su memoria permanece inmaculada
y ejemplar para quienes lo tratamos. Y perdura también en el pueblo
que no permitió a los comandantes que cambiaran su nombre al Reparto
que creó para los pobres, además de la Ciudad Sandino de
hoy que fué obra suya también. Descansa en Paz del
doctor Schick, quien este 3 de agosto cumple 33 años de fallecido.
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