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LOS CELEBRES MUERTOS EN ACCIDENTES AEREOS Cada vez que un avión se estrella, el esqueleto que vive en mi clóset síquico se agita recordando aquel 21 de octubre de 1989 cuando la tragedia aérea de SAHSA me hizo añicos la ilusión de que mi hija gozara de sus abuelitos. En estos días, no hemos terminado de conmovernos por la muerte de John F. Kennedy junior, su esposa y cuñada en Estados Unidos cuando el dolor vuelve a tocar a nuestras puertas con otra tragedia aérea. Un buen número de celebridades de la historia también encontraron su trágico destino al derribarse un avión. Muchos encontraron que no fue precisamente coincidencia que personajes del Tercer Mundo como el inolvidable y aparatoso mozambicano Samora Machel, el ecuatoriano Jaime Roldós y el carismático panameño Omar Torrijos encontraran la muerte en aparatos alados. La muerte en accidente aéreo no se ha limitado a privarnos de políticos de proyección mundial, sino también de benefactores de la humanidad, como sucediera con el chele sueco Hjalmar Agne Carl Hammarskjold, más conocido por su apodo de Dag. Este hombre nacido en 1905 llegó a ser uno de los mejores secretarios generales que ha tenido la organización de las Naciones Unidas, y se tomaba tan en serio su rol de pacificador que la muerte lo sorprendió a bordo de un jet con rumbo a mediar en la crisis del Congo. Su avión se estrelló en Ndola, Zambia, en 1961, y póstumamente Dag fue acreditado con el Premio Nóbel de la Paz, galardón que según muchos hace buen rato que se lo debían! Muchas veces el ser piloto es garantía segura de acabar sus días mediante una tragedia aérea. Dos de las mujeres más lindas y brillantes de la aviación perecieron a bordo de sus aviones en una época en que a las hembras de la especie normalmente sólo se les recomendaba ser muñecas de sala, portentosas cocineras, criadoras de muchachos y esposas sumisas. Amy Johnson, una fogosa británica nacida en 1903, era una mujer que no se limitaba por las tradiciones. Durante la Segunda Guerra Mundial, esta extraordinaria piloto inglesa fue auxiliar del Air Transport, y todo hubiera acabado bien para ella si en 1941 su avión no se hubiera catapultado a las aguas del río Támesis, donde murió instantáneamente. Amelia Earhart fue otra piloto brillante que estaba destinada a morir a bordo de su nave. Nacida en 1897 en los Estados Unidos, tenía cara de niñita traviesa y unas agallas que hacían reverdecer el diablo de la envidia en los hombres. Fue la primera mujer en realizar importantes vuelos, entre ellos uno a través del Atlántico. Ya estaba felizmente casada cuando en 1937 se le ocurrió ir a dar una vueltecita por el Pacífico. Nunca volvió de ese vuelo, pues a mediados de ese año parece haberse hecho alcanfor en el aire. Nunca se hallaron restos que indicaran si hubo un accidente o aterrizaje forzoso. Antoine de Saint-Exupéry, un francés fornido nacido en Lyon, en 1900, figura entre los pilotos más polifacéticos de la historia. Pionero del correo aéreo, su nombre figura entre los fundadores de Air France. Antoine era un hombre dulce y sensible que gustaba de escribir cuando no estuviera volando, y a él le debemos obras tan importantes como Vuelo Nocturno, que data de 1931, y el inmortal relato El Principito, que data de 1943. El Principito está basado en una experiencia de su propia vida, cuando sobrevivió de puro milagro a un accidente aéreo ocurrido en Africa mientras piloteaba su nave. Antoine logró pescar como esposa a la salvadoreña Consuelo Suncín, quien era viuda cuando a él se le ocurrió declarársele en pleno vuelo sobre la ciudad de Buenos Aires. Un 31 de julio de 1944, Antoine se montó a su avión para partir en misión hacia el Africa en medio de la II Guerra Mundial. Fue un viaje del cual nunca volvió. Varios cantantes han perecido en accidentes aéreos para llanto de sus familias y fans, y entre ellos van el azteca Pedro Infante, el estadounidense ídolo de la música country John Denver y el inolvidable seudoargentino Carlos Gardel. Nacido de padre desconocido en Francia el 11 de diciembre de 1890, el Zorzal Criollo estaba en la cúspide de su fama cuando el destino lo citó con la muerte en el aeropuerto de Medellín un 24 de junio de 1935. El avión en que viajaba Gardel pertenecía a la compañía Satco, e hizo escala en el aeropuerto de Medellín. Iban despegando cuando dio un mortal encontronazo con un avión germano. El bello Carlos Gardel quedó reducido a un humeante guiñapo que fue velado en el Luna Park ante el llanto y el dolor de miles de fans, y hasta se creó la leyenda que Gardel no había muerto, sino que al verse achicharrado parcialmente, optaba por esconderse de quienes antes lo aclamaron. La realidad es que la trágica muerte de esta gran figura del tango sigue intrigando a muchos y creando miles de leyendas que van más allá de los carbonizados restos del avión en que viajaba. Dos beldades del mundo del celuloide y el modelaje también perecieron en accidentes aéreos: la rubia esposa de Clark Gable, Carole Lombard, y la exhuberante modelo Ailina Lili, descendiente de nada menos que del rey hawaiiano Kamekameha. Carole Lombard tenía apenas 3 años de felicidad conyugal con el hermoso Clark Gable cuando se fue en una gira nacional de apoyo a los combatientes de la II Guerra Mundial. El avión en que andaba apoyando una campaña del ejército estadounidense se estrelló y el dolor de Gable, cuando por fin recuperaron el mutilado cadáver de lo que fue una preciosa chela, fue patético. Se pasaría todo el resto de su vida recordándola y buscando infructuosamente cómo sustituirla. Ailina Lili, nacida en Hawaii en 1955, fue uno de los rostros más exóticos de las pasarelas europeas, pero su cita con la muerte la selló cuando le dieron su licencia para conducir avionetas. Una tarde de 1981 en París se montó a su avioneta Cessna con rumbo a Sicilia. Su nave se estrelló al intentar un aterrizaje forzoso en Córcega. La belleza de esta descendiente del rey hawaiiano Kamekameha quedó hecha añicos, no así su recuerdo para quienes la admiramos en la pasarela modelando lo último de firmas como Yves Saint-Laurent y Lagerfeld. Dos grandes deportistas perdieron la vida al caerse los aviones en que viajaban, el púgil árabe Marcel Cerdan, y el pelotero caribeño Roberto Clemente. Marcel Cerdan era marroquí, bellísimo y tierno, y su rostro no estaba marcado por los combates en el ring. Era el amante de nada menos que la gran cantante francesa Edith Piaf, el Gorrioncito de París. Un 21 de septiembre de 1948 le había arrebatado la corona de los pesos medios a Tony Zale en el Madison Square Garden. Cuando la Piaf andaba cantando en Nueva York en 1949, Cerdan estaba efectuando combates de exhibición en Europa, pero la Piaf le lloró tanto por cartas y telegramas que lo convenció a que la fuera a ver a la Gran Manzana. Debido a lo apretado de su agenda boxística, Cerdan prefirió irse en avión en lugar de tomar un barco. El avión se estrelló en las inmediaciones de las Azores, y Edith Piaf siempre se sintió culpable de su muerte. Al dolor que sufrimos los nicaragüenses en 1972 cuando el terremoto destruyó parcialmente Managua habría de sumarse otra tragedia: la muerte del gran pelotero portorriqueño Roberto Clemente, cuando su nave se desplomó en un vuelo que traía ayuda para nuestros damnificados. Clemente había nacido en Carolina, Puerto Rico, en 1934 y durante 17 años jugó en grandes ligas con los Piratas de Pittsburgh. Dotado de gran simpatía y un corazón de oro, se solidarizó con Nicaragua a tal punto que él mismo quiso venir a entregar sus donaciones. En 1973 fue elegido sin la demora usual de 5 años al Hall of Fame nacional de Estados Unidos.
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