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Miércoles 21 de Julio 1999 Ante la proximidad del vigésimo aniversario de lo que quiso ser la "Revolución Popular Sandinista", no podemos menos que sentir -al igual que miles de nicaragüenses- un conjunto de sentimientos intensos, contradictorios, que nos hacen saber que 20 años es mucho. Desfila la memoria de los muertos: Roberto, Francisco, Silvio, Casimiro, Julio, Arlen, Carlos, Antonio... y los otros, los que vinieron luego. Desfila la memoria de quienes murieron (en uno u otro bando) defendiendo el derecho de los pobres. Desfilan los rostros y los cuerpos de los mutilados, héroes de ayer, a quienes hoy ya nadie determina. Volvemos a ver a los muchachos y las muchachas "puño en alto, libro abierto", mientras la guerra se organizaba y avanzaba con su cuota de dolor. Y desfila también la sombra de los errores, de la corrupción que se iba incubando como huevos de serpientes que no supimos -o no pudimos-, erradicar a tiempo. "No volverá el pasado", escribía el poeta José Coronel. "No volverá el pasado", repetíamos en nuestros corazones... y el pasado volvió. Estaba ahí antes de que pudiéramos darnos cuenta: la soberbia de la nueva clase dirigente y la sumisión de quienes prosperaban al lado de los poderosos y formaban alegres cortes, mientras el pueblo enterraba a sus muertos y miles de sandinistas honestos dejaban su juventud en las montañas o en sus puestos de trabajo. Conocimos los pecados del poder: de los de arriba y de los de abajo. De los de abajo que callaban las críticas porque preferían construir nuevos ídolos ante quienes inmolar su libertad, antes que cargar con la responsabilidad de la misma. Miedo a "hacerle el juego al enemigo". Miedo a perder el trabajo. Miedo a ser mal visto. Miedo a estar equivocados. Conocimos el silencio de quienes al salir de una reunión partidaria nos felicitaban en voz baja porque habíamos tenido el valor de plantear las críticas que todos y todas hacían en corrillos. Conocimos nuestro propio silencio, nuestro propio doloroso silencio interior que no se atrevía a reconocer en voz alta el fracaso. Era mucho lo que habíamos apostado a esa Revolución: los sueños, las ilusiones, los años de juventud y de madurez, la vida entera. Reconocer el fracaso de la Revolución era reconocer el fracaso de nuestras vidas, era quedar en el vacío... y nos quedamos en el vacío, en un duelo que no podíamos ni siquiera nombrar. Y de ese vacío hemos vuelto a nacer. "Las nieves del tiempo platearon mi sien", como dice el tango, pero no mataron el vigor del corazón. En medio de una pobreza que se multiplica hasta la desesperación; ante la impunidad de un "dirigente" violador y de un presidente corrupto a más no poder, que pactan sobre el dolor del pueblo; en medio del cinismo y la poca vergüenza, proclamamos con orgullo y dignidad que seguimos creyendo en el Dios de la Vida que levantó de la muerte al rebelde profeta de Nazaret, y con él la esperanza de los pobres.
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