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"Los castigan por trabajar", fue el título principal de un diario capitalino, refiriéndose en una crónica reciente a uno de los múltiples y serios problemas que sufren los asegurados en este desdichado paisecito. El editor de turno de dicho rotativo acertó muy bien con el título, pues, en efecto, de acuerdo con la ley orgánica del Seguro Social, a los jubilados nicas se les castiga precisamente por volver a trabajar, y el castigo consiste en suspenderles sus flamantes pensiones. O sea que en vez de imaginar un premio para recompensar a quienes se atreven a laborar nuevamente después de los sesenta años o más, aunque lo hagan acicateados por la necesidad y la pobreza, aquí la ley castiga a los jubilados con la suspensión de sus míseras cuotas mensuales. Y es casualmente por lo irrisorio de las jubilaciones, que en gran parte de los casos no les da ni siquiera para pagar los servicios básicos, que los pensionados tienen que buscar ingresos adicionales para su manutención, que casi siempre incluye a la esposa y algún otro familiar. Así las cosas, en resumen, los jubilados quedan atrapados en la red jurídica del absurdo: o se mueren de hambre con las pinches pensiones de 500 córdobas (menos de 50 dólares cuando la canasta básica anda por los 200), o deciden trabajar y perder su esplendorosa pensión. Por supuesto que la mayoría no vacila en tomar la segunda opción cuando el salario que se les ofrece es sustantivamente superior a la jubilación. Nos dirán los directores y funcionarios del INSS que el suspender las pensiones a los jubilados que retoman el trabajo asalariado no es culpa de ellos, sino de la ley. Ciertamente, así es la verdad objetiva y así lo reconocemos, pero permítasenos decirles que si están conscientes de semejante injusticia con los jubilados, hace rato que hubieran procedido a introducir ante el poder Legislativo la correspondiente reforma a esa ley, tan sólo fuera para honrar a quienes todavía les queda ánimo de ganarse el sustento honestamente después de haber cumplido una larga jornada de trabajo y de vida. Muy bien hizo el Director de La Prensa al enviar una puntual aclaración a Multinoticias del Canal 4, respecto a una pregunta formulada por un sujeto que responde a su primer nombre y a su primer apellido. Sobre todo, como dice Jaime, porque la pregunta que formuló ese señor, resplandeció de dundera y de inocuidad, y porque además si hay o pueden haber muchos Jaimes Chamorros en Nicaragua, él sería y es el más conocido, sin duda. Ciertamente, a nadie le gusta que lo suplanten en su personalidad, y muchísimo menos cuando el simulador lo hace con mediocridad, con felonía o bajeza. A lo mejor el caso sería distinto y hasta podría mirarse con benevolencia o simpatía si de imitaciones artísticas se tratara y si el imitador fuera por ejemplo, Julio Sabala, porque el humor y el arte en general están más allá de la vanidad y los pudores humanos. En lo personal, a lo largo de nuestra vida y a pesar de haber pasado ya la línea de los adultos mayores, no nos hemos encarado con ese tipo de problemas, seguramente porque nuestro apellido vasco no se ha hecho tan común, aunque nuestro nombre sea abrumadoramente corriente, como que proviene del otro nombre de Jesús. Mucha gracia y por supuesto
cierto sentimiento de envidia, nos causó leer hace poco en un diario
local, la simpática historia de Manuel Antonio González,
ilustre ciudadano de Chinandega, que es mejor conocido como El Rey de las
Mujeres o por su aguerrido nombre de Juan Cuchilla.
Como resultado de sus andanzas en las lides de Eros, a Toño Cuchilla le han parido 34 hijos, sin contar los quién sabe cuántos que no le han notificado, desde que a sus primeros doce años engendró su primogénito, que hoy con su mismo nombre frisa los 53 años. Creánlo ustedes o
no, este venturoso pupilo de Cupido, afirma con mucha seriedad que la excepcional
fortaleza sexual que lo distingue se ha basado en una dieta de palomas,
gavilanes y huevos de toro.
Cuánta razón asiste a este gran amador de Occidente, cuando al referirse al deleite supremo dice que "no hay nada más exquisito que estar entre los brazos y el cuerpo de una mujer". Gran verdad, amigo lector,
no le parece...? Sólo que si tiene un poco más de 50 años
y quiere imitar a ese guerrero del amor que habita en Chinandega, debe
estar dispuesto a consumir la dieta de Juan Cuchillo, quien ahora dice
la va a complementar con sesos de mono al caldillo, huevos de pato, huevos
de tortuga crudos, sustancia de garrobo tierno, huevos de iguana verde
y sangre de toro negro.
No, Miguelito, en política la palabra adversario no es igual a enemigo, aunque sí lo es efectivamente en el lenguaje corriente y de diccionario. Aquí interviene la sutileza de los conceptos, o más bien la ideología de las palabras y sus contextos, que hacen que no exista en términos absolutos la sinonimia perfecta en no pocos de los vocablos que aparentemente significan lo mismo. En ese lato sentido, hablando de asuntos políticos es más apropiado y ajustado decir que un partido (o un líder) político es adversario del partido tal o del líder tal, y no ENEMIGO, porque los que no se entienden o no comulgan en cuestiones políticas, son propiamente rivales, oponentes, competidores, antagonistas, adversarios, pero nunca enemigos. Enemigo en cambio, debe usarse en otro contexto y a un plano más personal, pues denota franca hostilidad, rencor profundo, inquina, malquerencia, mala voluntad e incluso odio, según algunos diccionarios de sinónimos. Y en un sano ejercicio de la política, ciertamente los políticos y sus partidos no pueden sentir todos esos conceptos, que obviamente están destinados a terminar posiblemente en la violencia.
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