INTERNACIONALES
Por: Paúl Suárez García
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Martes 1 de Junio de 1999

Mientras Europa dormía

JAVIER PRADERA - Lejos de los sufrimientos y angustias del escenario bélico, la intervención militar de la OTAN en los Balcanes plantea dudas políticas y dilemas morales imposibles de resolver -con buena fe y conocimiento de causa- sin despejar previamente otras interrogantes. ¿Quién toma las decisiones en el teatro de la guerra? ¿Cómo y cuándo se adoptan? ¿Sobre qué datos? ¿Desde qué criterios y valores? ¿Cuáles son los fines declarados y los propósitos, de las consecuencias deseadas y los efectos no intencionados de las operaciones en curso? Aunque esas preguntas carezcan todavía de respuesta, es posible que antes o después reciban contestaciones concluyentes: la pasión de los políticos por el secreto tiene como excepción la democrática cortesía de algunos protagonistas de acontecimientos históricos dispuestos a dejar testimonio de sus actuaciones.

Así ha ocurrido con el embajador Richard Holbrooke, un curtido funcionario del servicio exterior americano con treinta y cinco años de experiencia en tres continente (se estrenó en Vietnam y trabajó luego con Avel Harriman y Cyrus Vance en las primeras negociaciones con Hanoi) a quien Clinton confió en 1995 la búsqueda de una salida al terrible drama -250.000 muertos y dos millones de refugiados- de la antigua Yugoslavia; tras cuatro años de guerra civil despiada, la matanza de Srebrenica y el cerco de Sarajevo empujaban a Bosnia hacia el abismo. Recientemente traducidas al castellano con prólogo de Felipe González, las memorias del ex embajador en Alemania y subsecretario de Estados para Canadá y Europa entre 1994 y 1996 (Para acabar una guerra, Biblioteca Nueva /Política Exterior, 1999) contienen una información abrumadora sobre el conflicto de los Balcanes; el autor no lamenta más interferencia administrativa que la prohibición de reproducir literalmente su mensaje del 2 de octubre de 1995 al presidente Clinton.

El testimonio de Holbrooke ofrece el interés añadido de que su material histórico está emparentado con la actualidad: el manuscrito fue entregado a la imprenta en abril de 1998, poco después de los enfrentamientos de marzo entre ciudadanos albokosovares y fuerzas serbias. "Siempre habíamos considerado que Kosovo era el polvorín de la región": la largamente temida crisis de Kosovo había sido pospuesta, no evitada". 

La obra cubre las semanas transcurridas entre los bombardeos de la OTAN sobre instalaciones serbo-bosnias iniciados el 2 de agosto de 1995 y el tratado de paz firmado el 21 de noviembre en Dayton por los presidentes de Serbia, Croacia y Bosnia-Herzegovina. Aunque el arranque de las negociaciones se vió acompañado del alto fuego declarado por la OTAN el 14 de septiembre, la ofensiva terrestre paralela de las fuerzas croatas sobre la Krajina y Eslavonia oriental fue alentada bajo cuerda durante semanas por Holbrooke ("no podemos decirlo públicamente pero, por favor, tomen Sanski Most, Prijedor y Bosanski Novi... antes de que los serbios se reagrupen"). El embajador americano levanta acta del éxodo de cien mil serbio-bosnios causado por los avances militares y denuncia el empleo por los croatas de procedimientos de limpieza étnica similares a los aplicados por sus adversarios; el "profundo odio" del presidente Tudjman hacia los bosnios musulmanes y su "sueño de unir a todos los croatas en un país bajo una bandera" hizo temer a Holbrooke la repetición en la Bosnia de 1995 del "guión Stalin-Hitler" de reparto de Polonia en 1939.

Para acabar una guerra narra con minuciosidad y pasión el proceso que llevó a Slobodan Milosevic, en su doble papel de presidente de Serbia y representante de la República Srpska de Pale, a aceptar la independencia, la unidad y la soberanía de Bosnia-Herzegovina bajo la vigilancia de 60.000 soldados extranjeros. Recluido voluntariamente durante veintiún días con Franjo Tudjman y Alija Izetbegovic en la base aérea Wright-Patterson de Ohio ("queríamos que viesen este símbolo del poder físico de EE UU"), el dirigente serbio desempeña el papel estelar del drama; en innumerables almuerzos y cenas, veladas nocturnas empapadas de whisky y largos paseos, el embajador Holbrooke va tejiendo con el presidente Milosevic (que había trabajdo varios años en Nueva York) la trama de unos arreglos complejos y difíciles. La Administración Clinton se encargaría de imponer después a las demás partes (bosnios musulmanes, croatas y serbio-bosnios) esos criterios.

La firma por Radovan Karadzic en Belgrado de un documento de redacción estadounidense que sólo obligaba a la República Srpska ilustra esos resolutivos métodos; un estilo diplomático -comenta Holbrooke- sin procedentes pero que "se ajustaba perfectamente a nuestras necesidades". En última instancia, croatas y bosnios "querían que EE UU les dijera lo que tenían que hacer": si líderes como Tudjman e Izetbegovic "necesitaban un control externo para evitar su autodestrucción", Karadzic y Mdalic "sólo respetaban la fuerza o la amenaza clara y creíble de utilizarla".

Seguramente la decisión tomada el 23 de marzo por la OTAN  de bombardear Serbia tuvo en cuenta esos antecedentes y se dejó tentar por las analogías: si los mortíferos vuelos del verano de 1995 habían obligado a Milosevic a ceder en Bosnia y a firmar el acuerdo de Dayton, su repetición en 1999 le forzaría a negociar sobre Kosovo y a ratificar el acuerdo de Rambouillet.

Pero los hechos han demostrado que no es lo mismo atacar Belgrado que castigar Pale, ametrallar a fuerzas regulares y población civil de la Federación Yugoslava que destruir tropas irregulares serbo-bosnias. El grave error de pronóstico de unas operaciones que parecían dar por descontada la inmediata rendición de Milosevic autoriza a dudar de la eficiencia universal del método Holbrooke para resolver conflictos en los Balcanes.

En 1995 la Administración Clinton había llegado a la conclusión de que los europeos no podían pacificar la antigua Yugoslavia. Como el padre impaciente que arrebata los juguetes a los niños por su torpeza para manejarlos, Estados Unidos resolvió marginar de las decisiones sobre los Balcanes a las Naciones Unidas, a la Unión Europea, al Grupo de Contacto y al consejo de ministros de la Alianza Atlántica. El embajador Holbrooke expone con franqueza y desenvoltura -negro sobre blanco- esa estrategia y la justifica con el ejemplo de un conflicto posterior entre Grecia y Turquía: "mientras el presidente Clinton y nuestro equipo estaban al teléfono con Atenas y con Ankara, los europeos pasaban la noche durmiendo".
 

 

 
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