EDICION ESPECIAL BOLSA DE NOTICIAS
SEMANA SANTA 1999
Ultima del segundo milenio y última del siglo XX
 
 
LOS DIAS GRANDES
Bernardino Rodríguez
(fragmento del libro inédito: AURORA PRESENTADA)

"Perdona a tu pueblo, Señor" y al regresar de las procesiones entristecidos por el Hombre que se había dejado matar por salvarnos, a andar de puntillas, sin correr porque eran los DIAS GRANDES y el Señor estaba tendido y nuestro brincos aumentarían los sufrimientos del SALVADOR.

Eran los días en que comíamos los frijoles aguados con tamales y el pinolillo con abundante cacao no faltaba, como tampoco faltaba el "bien mesabe", el almibar y otras golosinas propias de la fecha/ No nos explicabamos como conseguían estos aliños, pero la verdad era que nunca faltaban dentro de nuestra pobreza y hasta había para obsequiar a quienes nos visitaban durante esos días.

El jueves santo era rigor ir a la iglesia olorosa a corozos y donde convocaban las matracas para el lavatorio de los pies./ Jesús lava los pies de sus discípulos para enseñarle a la humanidad que era la base de la paz y fraternidad y que quien quería ser servido debía primero servir/ Era el día de la última cena en que el Cristo había instituido la Eucaristía, misterio místico y misterioso en que el pan y el vino se convertían en el cuerpo de Jesús para alimento de la humanidad. 

En esas ocasiones podía ver a MONTAÑITA cuyo nombre supe después que era Pablo, descendiente puro y último quizás de los indígenas chorotegas, nuestros ancestros prehispánicos/ Pablito era un personaje pintoresco y familiar en las procesiones a las que asistía con su tambor y hacía sonar con una seriedad tal que congelaba las sonrisas de grandes y chicos/ Su aspecto no dejaba dudas sobre su ascendencia indígena, cobrizo, pelo chuzo y pómulos prominentes, su estatura apenas llegaba a los cinco pies.

El viernes santo era el día más largo del año. Un calor infernal lo hacía más largo todavía y la crucifixión del Señor le ponía un tinte sofocante y angustioso a ese día. Siempre me inpresionaron los viernes santos. A las diez de la mañana salía el vía crucis a paso lento recorriendo las catorce estaciones, desde el apresamiento con la complicidad y el beso de Judas hasta la muerte en cruz, porque la semilla tiene que morir para que nazca la planta: pero para que la semilla muera es preciso enterrarla y en la tarde cuando la noche empezba a caer era el santo entierro. 

Cristo en su urna de vidrio bien iluminada, seguido de la Madre Dolorosa y del amigo Juan/ Caminando lentamente hacía adelante y echando paso atrás como si no quisieran llegar nunca al sepulcro.  Lastimeros cantos, melancólica y triste música, todos atados a la muerte del Señor con un torozón en la garganta.

"Por tus sangrientos pasos, Señor, seguirte quiero y si contigo muero dichoso moriré"; pero yo nací en el mes más fecundo, el bendito mayo, en el mes de la lluvia, el mes de Tláloc/ Nuestros pasados chorotegas invocaban y reverenciaban por sobre todas las cosas a Tlaloc, el dios de la ecología, el dios de la resurrección, que hacía reverdecer los campos y crecer las milpas con sus lágrimas/ Tlaloc el dios de los cuatro brazos, el dios en cruz, cruz el mismo.

Todos los ranchos de nuestros nobles ancestros se engalanaban al comenzar el mes de mayo con cruces, benditas cruces que les recordaban que Tlaloc era el dios de las cosechas, del maiz vivificante y de ayotes, del cacao, del chile y del tomate/ "Dichoso moriré"; repetían las multitudes con un anhelo morboso de que el domingo de pascuas resucitara el hombre, "el colochón"; el nuevo Tlaloc, paridor de las estaciones y del tiempo.

Jesús era además el nuevo Quetzalcoatl que había venido del oriente y que volvería en el futuro, en cada cierto tiempo para recordarle a los hombres que tenían que amarse profundamente, desterrar el odio, la venganza, enterrar la guerra porque solo la paz y la fraternidad harían que nuestro casa bendita, la tierra sea el  verdadero paraíso para las generaciones futuras, el Edén de que habla la Biblia, la tierra prometida donde fluyan las ríos de leche y miel, pero por sobre todo donde el respeto mutuo sea el santo y seña de la paz !.

Estelí de Taguzgalpa.
 
 
  
 
 
 
 
 
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