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LOS
DIAS GRANDES
Bernardino
Rodríguez
(fragmento
del libro inédito: AURORA PRESENTADA)
"Perdona
a tu pueblo, Señor" y al regresar de las procesiones entristecidos
por el Hombre que se había dejado matar por salvarnos, a andar de
puntillas, sin correr porque eran los DIAS GRANDES y el Señor estaba
tendido y nuestro brincos aumentarían los sufrimientos del SALVADOR.
Eran
los días en que comíamos los frijoles aguados con tamales
y el pinolillo con abundante cacao no faltaba, como tampoco faltaba el
"bien mesabe", el almibar y otras golosinas propias de la fecha/ No nos
explicabamos como conseguían estos aliños, pero la verdad
era que nunca faltaban dentro de nuestra pobreza y hasta había para
obsequiar a quienes nos visitaban durante esos días.
El
jueves santo era rigor ir a la iglesia olorosa a corozos y donde convocaban
las matracas para el lavatorio de los pies./ Jesús lava los pies
de sus discípulos para enseñarle a la humanidad que era la
base de la paz y fraternidad y que quien quería ser servido debía
primero servir/ Era el día de la última cena en que el Cristo
había instituido la Eucaristía, misterio místico y
misterioso en que el pan y el vino se convertían en el cuerpo de
Jesús para alimento de la humanidad.
En
esas ocasiones podía ver a MONTAÑITA cuyo nombre supe después
que era Pablo, descendiente puro y último quizás de los indígenas
chorotegas, nuestros ancestros prehispánicos/ Pablito era un personaje
pintoresco y familiar en las procesiones a las que asistía con su
tambor y hacía sonar con una seriedad tal que congelaba las sonrisas
de grandes y chicos/ Su aspecto no dejaba dudas sobre su ascendencia indígena,
cobrizo, pelo chuzo y pómulos prominentes, su estatura apenas llegaba
a los cinco pies.
El
viernes santo era el día más largo del año. Un calor
infernal lo hacía más largo todavía y la crucifixión
del Señor le ponía un tinte sofocante y angustioso a ese
día. Siempre me inpresionaron los viernes santos. A las diez de
la mañana salía el vía crucis a paso lento recorriendo
las catorce estaciones, desde el apresamiento con la complicidad y el beso
de Judas hasta la muerte en cruz, porque la semilla tiene que morir para
que nazca la planta: pero para que la semilla muera es preciso enterrarla
y en la tarde cuando la noche empezba a caer era el santo entierro.
Cristo
en su urna de vidrio bien iluminada, seguido de la Madre Dolorosa y del
amigo Juan/ Caminando lentamente hacía adelante y echando paso atrás
como si no quisieran llegar nunca al sepulcro. Lastimeros cantos,
melancólica y triste música, todos atados a la muerte del
Señor con un torozón en la garganta.
"Por
tus sangrientos pasos, Señor, seguirte quiero y si contigo muero
dichoso moriré"; pero yo nací en el mes más fecundo,
el bendito mayo, en el mes de la lluvia, el mes de Tláloc/ Nuestros
pasados chorotegas invocaban y reverenciaban por sobre todas las cosas
a Tlaloc, el dios de la ecología, el dios de la resurrección,
que hacía reverdecer los campos y crecer las milpas con sus lágrimas/
Tlaloc el dios de los cuatro brazos, el dios en cruz, cruz el mismo.
Todos
los ranchos de nuestros nobles ancestros se engalanaban al comenzar el
mes de mayo con cruces, benditas cruces que les recordaban que Tlaloc era
el dios de las cosechas, del maiz vivificante y de ayotes, del cacao, del
chile y del tomate/ "Dichoso moriré"; repetían las multitudes
con un anhelo morboso de que el domingo de pascuas resucitara el hombre,
"el colochón"; el nuevo Tlaloc, paridor de las estaciones y del
tiempo.
Jesús
era además el nuevo Quetzalcoatl que había venido del oriente
y que volvería en el futuro, en cada cierto tiempo para recordarle
a los hombres que tenían que amarse profundamente, desterrar el
odio, la venganza, enterrar la guerra porque solo la paz y la fraternidad
harían que nuestro casa bendita, la tierra sea el verdadero
paraíso para las generaciones futuras, el Edén de que habla
la Biblia, la tierra prometida donde fluyan las ríos de leche y
miel, pero por sobre todo donde el respeto mutuo sea el santo y seña
de la paz !.
Estelí
de Taguzgalpa.
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