EDICION ESPECIAL BOLSA DE NOTICIAS
SEMANA SANTA 1999
Ultima del segundo milenio y última del siglo XX
 
 
LA GARZA ROSADA
Rafael René Corea 
I
Convencí a mi primo que me acompañara en la Semana Santa, aunque en realidad no parecía estar muy de acuerdo en realizar el viaje al mar. El viaje era para mi como un secreto que quería conservarlo sólo para mi mismo, además ¿quién podía interesarse por pasar una Semana Santa en Puerto Morazán antes de partir a México a estudiar odontología? Allá por los años sesenta, se consideraba sinónimo de progreso social el poder desplazarse desde el lugar habitual donde uno solía vivir, a otra localidad para disfrutar del sol, el mar y la playa, en los días de la Semana Santa; hoy quizás añadiría también de las mujeres. 
 
II 
Antes del Domingo de Ramos fuimos a visitar a un par de muchachas para decirles que las invitábamos para que nos acompañaran a Puerto Morazán. Sin embargo, ambas nos dijeron que no, porque ellas pasarían las vacaciones de verano en Poneloya, no en "lugares oscuros y desconocidos". A mi primo le afectó mucho el rechazo de las amigas, estuvo a punto de no viajar, de suspender las vacaciones. 
 
III 
Pero al final lo convencí nuevamente cuando le dije que precisamente muchachas hermosas y morenas, esbeltas y atractivas, como las garzas de seguro que abundaban en Puerto Morazán. Y, claro está, que le decía la verdad. Nos fuimos y llegamos como a las cuatro de la tarde. Habíamos hecho el viaje en ferrocarril desde Chinandega en tanto encontramos a unas pocas personas en la estación del tren; eran los inconfundibles hombres mitad marineros y mitad paisano de tierra que se movían de un sitio a otro sin poder determinar nosotros qué cosas podían hacer todo el año en Puerto Morazán. 
 
IV 
Después de escuchar un poco de música tropical para el verano en la radio de la pensión, cada uno se tiró a su cama, pensando desde luego en las emociones que nos esperaban en nuestro primer día de las vacaciones de la Semana Santa cuando pisábamos el universo universitario. 
Al despertar observé que la cama donde dormía mi primo estaba vacía lo que llamó mi atención. Me levanté y salí de la habitación a buscarlo, pero no caminé mucho pues allí estaba recostado a una baranda que al parecer servía de protección a la media terraza que hacía de sala exterior de la habitación de la pensión. 
 
V 
Me le acerqué. Con sus manos apoyadas en la baranda, mi primo observaba el paisaje matutino, el que en la realidad era una mezcla de neblina con poco sol mañanero que de vez en cuando dejaba al descubierto la tranquilidad de las aguas en el amanecer de la bahía de Puerto Morazán. Me detuve, no le dije nada, me pareció una insolencia interrumpir su visión estival pues me había causado una grata conmoción el sorprenderlo cuando en silencio y aparentemente lejos del mundo él contemplaba aquél reconfortable amanecer en la bahía. 
 
VI 
Sin saber exactamente qué hacer apoyé mi cuerpo al borde de la puerta de la habitación y me dispuse también a acompañarlo sin pronunciar palabra alguna y observar las aguas quietas de la bahía. Un rato después mi primo pareció volver en sí y al descubrir mi presencia lo vi ponerse sonrojado pero sin perder la seguridad en sus pasos se aproximó diciendo: "Tenías razón, primo, son hermosas; la silueta es encantadora, cualquiera diría que es una mujer de tacón alto caminando por la playa". 
 
VII 
No puedo responderle de inmediato. Pensé que mi primo no había dormido bien, quizás el cansancio se lo impidió. Finalmente hablé:" ¿Qué quieres decir, primo?, se regresó a la baranda levantando la mano señaló a la bahía: "Es verdaderamente hermoso, allá a lo lejos, aquella garza rosada". Con su respuesta quedé tranquilo, él había confundido mi afirmación de que las muchachas eran hermosas y esbeltas... al igual que las garzas de Puerto Morazán. Por curiosidad me acerqué a la baranda y contemplé un buen rato aquella silueta que parecía una mujer hasta que por  mi mismo me convencí que francamente era muy bella la garza rosada.   
 
 
  
 
 
 
 
 
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