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LA
GARZA ROSADA
Rafael
René Corea
I
Convencí
a mi primo que me acompañara en la Semana Santa, aunque en realidad
no parecía estar muy de acuerdo en realizar el viaje al mar. El
viaje era para mi como un secreto que quería conservarlo sólo
para mi mismo, además ¿quién podía interesarse
por pasar una Semana Santa en Puerto Morazán antes de partir a México
a estudiar odontología? Allá por los años sesenta,
se consideraba sinónimo de progreso social el poder desplazarse
desde el lugar habitual donde uno solía vivir, a otra localidad
para disfrutar del sol, el mar y la playa, en los días de la Semana
Santa; hoy quizás añadiría también de las mujeres.
II
Antes
del Domingo de Ramos fuimos a visitar a un par de muchachas para decirles
que las invitábamos para que nos acompañaran a Puerto Morazán.
Sin embargo, ambas nos dijeron que no, porque ellas pasarían las
vacaciones de verano en Poneloya, no en "lugares oscuros y desconocidos".
A mi primo le afectó mucho el rechazo de las amigas, estuvo a punto
de no viajar, de suspender las vacaciones.
III
Pero al
final lo convencí nuevamente cuando le dije que precisamente muchachas
hermosas y morenas, esbeltas y atractivas, como las garzas de seguro que
abundaban en Puerto Morazán. Y, claro está, que le decía
la verdad. Nos fuimos y llegamos como a las cuatro de la tarde. Habíamos
hecho el viaje en ferrocarril desde Chinandega en tanto encontramos a unas
pocas personas en la estación del tren; eran los inconfundibles
hombres mitad marineros y mitad paisano de tierra que se movían
de un sitio a otro sin poder determinar nosotros qué cosas podían
hacer todo el año en Puerto Morazán.
IV
Después
de escuchar un poco de música tropical para el verano en la radio
de la pensión, cada uno se tiró a su cama, pensando desde
luego en las emociones que nos esperaban en nuestro primer día de
las vacaciones de la Semana Santa cuando pisábamos el universo universitario.
Al
despertar observé que la cama donde dormía mi primo estaba
vacía lo que llamó mi atención. Me levanté
y salí de la habitación a buscarlo, pero no caminé
mucho pues allí estaba recostado a una baranda que al parecer servía
de protección a la media terraza que hacía de sala exterior
de la habitación de la pensión.
V
Me le
acerqué. Con sus manos apoyadas en la baranda, mi primo observaba
el paisaje matutino, el que en la realidad era una mezcla de neblina con
poco sol mañanero que de vez en cuando dejaba al descubierto la
tranquilidad de las aguas en el amanecer de la bahía de Puerto Morazán.
Me detuve, no le dije nada, me pareció una insolencia interrumpir
su visión estival pues me había causado una grata conmoción
el sorprenderlo cuando en silencio y aparentemente lejos del mundo él
contemplaba aquél reconfortable amanecer en la bahía.
VI
Sin saber
exactamente qué hacer apoyé mi cuerpo al borde de la puerta
de la habitación y me dispuse también a acompañarlo
sin pronunciar palabra alguna y observar las aguas quietas de la bahía.
Un rato después mi primo pareció volver en sí y al
descubrir mi presencia lo vi ponerse sonrojado pero sin perder la seguridad
en sus pasos se aproximó diciendo: "Tenías razón,
primo, son hermosas; la silueta es encantadora, cualquiera diría
que es una mujer de tacón alto caminando por la playa".
VII
No puedo
responderle de inmediato. Pensé que mi primo no había dormido
bien, quizás el cansancio se lo impidió. Finalmente hablé:"
¿Qué quieres decir, primo?, se regresó a la baranda
levantando la mano señaló a la bahía: "Es verdaderamente
hermoso, allá a lo lejos, aquella garza rosada". Con su respuesta
quedé tranquilo, él había confundido mi afirmación
de que las muchachas eran hermosas y esbeltas... al igual que las garzas
de Puerto Morazán. Por curiosidad me acerqué a la baranda
y contemplé un buen rato aquella silueta que parecía una
mujer hasta que por mi mismo me convencí que francamente era
muy bella la garza rosada.
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