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Este estereotipo de altivez militar les era muy familiar a los nicaragüenses desde que su padre, Anastasio Somoza García, liberal, entonces fundador y primer jefe de la Guardia Nacional instalada por los norteamericanos después de dos invasiones militares a Nicaragua en el primer tercio de este siglo, asumiera el poder en 1936, destronando a Juan Bautista Sacasa, para instaurar una de las más prolongadas dinastías de la América Latina. Somoza García se apoyó en sus dos hijos varones, Luis y Anastasio, para erigir las columnas de una dictadura que habría de inferirle a Nicaragua muchas horas de tragedias y de lutos. Somoza padre murió abatido por los disparos que Rigoberto López Pérez, un joven poeta iconoclasta y solitario al que apodaban El Chino, le hizo con un revolver de cinco balas, en 1956, mientras se encontraba en una fiesta que se le ofrecía en el Club Obrero de León, la segunda ciudad en importancia, bastión de los liberales, para anunciar que buscaría su reelección en los próximos comicios. Mientras los invitados disfrutaban de un baile, el dictador padre examinaba en esos momentos un ejemplar del diario El Cronista, que fue a mostrarle su editor, Rafael Corrales Rojas, con las complacientes reseñas que acerca de su gobierno solía dedicarle el diario de esa ciudad, y más ahora que el hombre iría a la reelección. El intrépido poeta era uno de los invitados, acaso por la circunstancia de que era una persona conocida en esa sociedad, ya que publicaba a menudo sus poesías en La Crónica y, hasta donde se sabía, no tenía problemas con la dictadura, aunque a ciertos somocistas les parecía que no era una persona enteramente confiable. Con tales apariencias, Rigoberto pudo acercársele sigilosamente al dictador por detrás de su amigo Corrales y sin que los escoltas pudieran advertir sus intenciones homicidas, se le abalanzó al dictador y le descargó las cinco balas de su revolver en distintas zonas del cuerpo. Mientras se desplomaba lentamente de su asiento, al lado del cual estaba su esposa, Somoza comenzó a exclamar. -¡Burro! ¡Imbécil!
y luego el último gemido de dolor; ¡Ay!, tras lo cual siguió
una ensordecedora balacera, pues los guardaespaldas comenzaron a vomitar
fuego de sus ametralladoras y pistolas mientras la gente abandonaba aterraba
el salón. En medio del mismo yacía Rigoberto, cuyo cuerpo
vibraba a cada descarga de tiros, perforado de arriba a abajo. Para "rematarlo",
el coronel González, de la escolta de Somoza, le apuntó dos
veces y disparó a cada ojo, a medio metro de distancia.
Tras ocupar la presidencia
por un período en el cual quiso introducir reformas que cambiaran
un poco el rostro dictatorial que el régimen de su padre implantó,
Luis promovió la sucesión del también liberal René
Schick, quien ganó las "elecciones" de 1963. Cuatro años
después, en 1967, Tachito Somoza, contrariando los deseos de su
hermano de que se mantuviera alejado de la política y preservara,
en cambio, el poder militar, se presentó a las "elecciones" y las
ganó. Antes de asumir su mandato, su hermano Luis murió de
un ataque al corazón a los 44 años de edad.
Pocas horas después, al completar su recorrido por la ciudad destruida, el general Somoza se dirigió de nuevo a su fortín para telefonear a sus colegas vecinos de toda Centroamérica y ofrecerles detalles de lo que había acontecido y para pedirles ayudas. Todo un operativo internacional se puso en marcha de inmediato para hacer llegar hasta el aeropuerto Las Mercedes, en las primeras semanas de la tragedia, más de 500 aviones cargados de alimentos, ropas y medicinas desde todas partes del mundo, mientras los presidentes centroamericanos acudían personalmente a solidarizarse con él. Al "bunker" llegaron el presidente de El Salvador, Coronel Arturo Armando Molina, después el de Guatemala, general Carlos Arana Osorio; y más tarde el de Costa Rica, José Figueres, junto a su esposa y su hijo, que también llegaría a ser jefe del Estado de su país. Utilizando un radio transistor
que instaló un operador de la Defensa Civil dominicana en la embajada
en Managua, pudimos escuchar el discurso que el general Somoza dirigió
al país, tras haber hecho un balance general de la situación.
Fue una alocución desprovista de expresiones que reflejaron un auténtico
dolor y un convincente mensaje de esperanzas fundadas en medio de la conmoción
que había causado la tragedia y, más que eso, sin ninguna
referencia a Dios, amo y señor de la vida, que sirviera al menos
para disimular que respetaba las fuertes tradiciones cristianas de su pueblo.
El dictador dio el pésame a las familias de las víctimas,
aseguró que su régimen haría todo por la reconstrucción
del país y terminó su discurso con estas severas advertencias.
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