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El olor de la muerte
Era como estar en un gran cementerio abandonado y derruido, en el que era difícil moverse sin pisar un cadáver. Además, ya habían salido a las calles algunos militares vestidos de civil con ametralladoras con órdenes de disparar a aquellos que hurgaban en casas o comercios para robar cosas. Esto también me asustaba, porque los percibía nerviosos y probablemente inconformes con estar haciendo un servicio de vigilancia cuando su deber era estar acompañando a la familia, si acaso había sobrevivido. Además, al no conocer muy bien el terreno en el que estaba temía que algo pudiera ocurrirnos en tan extraño ambiente. Leroux y yo nos concentramos tanto en la toma de imágenes de destrucción y en las entrevistas fugaces a algunos transeúntes, que nos olvidamos que teníamos que retornar al aeropuerto. Cuando nos devolvimos ya era tarde. El avión demoró su salida hacia Santo Domingo por más de 15 minutos, y cuando los pilotos se cansaron de esperarnos optaron por marcharse. Lo vimos partir, sin saber cuándo retornaríamos a nuestros hogares. -Ustedes se la buscaron. Yo les dije claramente que volvieran pronto y ahora si es verdad que no hay nada que hacer", nos reprendió el general Beauchamps Javier por haber incumplido su orden. - Excusenos, general, pero fue que nos entretuvimos..... - Ya -nos cortó el general-. No me den explicaciones. A partir de ese momento cambiaron todos nuestros planes. Tuvimos que pedirle al embajador dominicano en Nicaragua, José Angel Saviñón, que nos ofreciera albergue en la sede de la embajada Beauchamps, menos disgustado que como estaba en el aeropuerto y más amable con nosotros, nos proveyó generosamente de algunas de sus propias ropas militares, incluidos los calzoncillos, mientras doña Honorina nos preparaba unos colchones en la terraza al aire libre de la residencia, para que pudiéramos dormir sin muchos riesgos ni sobresaltos, -ya que a cada momento temblaba la tierra causando siempre algún daño. Pero tanta amabilidad no borró aquella sensación de desprotección, aquel temor de despertar bajo un montón de tejas como aquellos cuerpos que recién habíamos fotografiado. La noche del día en que llegamos, iluminados apenas por lámparas y velones, hicimos una tertulia-discretísima y única forma de recordar con respeto el día de Navidad -para ponernos al tanto de lo que había sucedido-. El embajador Saviñón hizo un amplio relato de las terribles vivencias que él y su esposa, Honorina, habían vivido hasta entonces, desde el momento en que, bien temprano del día 22, se marcharon a sus habitaciones, y de todo lo impresionante que sus memorias aprendían de las primeras horas siguientes a la hecatombe. La conversación giró luego en torno a las tareas pendientes que tenían que cumplir el general dominicano y sus acompañantes, algunos consejos de cómo manejarse con ciertas gentes de la familia de Somoza y del Gobierno, coordinación entre aquellos que se ocuparían de supervisar y contabilizar las ayudas proporcionadas. Y, a nosotros, como periodistas, se nos aconsejó que nos fuesemos tan intrusos como siempre, que no nos metiéramos mucho con las gentes del Gobierno ni con la familia del general y que limitaramos nuestros contactos con aquellos que fuesen oposicionistas. El General Somoza sale
de su "bunker"
Al recibir los primeros informes sobre el terremoto y adoptar algunas precauciones en torno al poder, especialmente de carácter militar, salió temprano del "bunker" en el que se encontraba a buen resguardo de sus enemigos, de los complotadores militares y hasta de los mismos demonios de este infierno, para presenciar el panorama. Su esposa, Hope Portocarrero de Somoza, golpeada en un brazo y con un pie dislocado mientras escapaba a la furia del terremoto junto a un marido, también llena de pánico, recibió la orden de hacerse cargo de inmediato de las tareas asistenciales para que, ayudada por su hijo Anastasio -Tachito- Somoza Portocarrero, joven brigadier de 21 años, llamado a suceder a su padre en el poder, estableciera un centro de operaciones en el vecino y derruido hospital de El Retiro, a pocos pasos del Bosque de Bolonia, donde estaba localizado el centro de mando del heredero de una dinastía sangrienta que sojuzgó ese país por 42 años. El "bunker", llamado así por los nicaragüense a pesar de que no fue construido bajo tierra, sino en la superficie, era visible desde la carretera hacia el Sur y distante apenas dos kilómetros del centro de Managua. Sus originales dimensiones de campamento militar se vieron más adelante ampliadas, cuando algunos soldados de otros países centroamericanos, en misión de asistencia acompañados de médicos, enfermeras y voluntarios, instalaron allí sus propias casas de campaña. En un vehículo blindado,
escoltado por oficiales de su Guardia Constabularia formada por los Estados
Unidos bajo la presidencia de Calvin Coodlige para cautelar y tutelar las
vidas y bienes de los nicaragüenses y para garantizar una lucha permanente
contra los sandinistas y los hombres del salvadoreño Farabundo Martí
que peleaban en las montañas, el general "Tachito" Somoza, ataviado
con un uniforme de su color predilecto, el kaki, en cuyo cuello relucían
las bien pulidas estrellas de General, recorrió algunas calles para
dirigir, como presidente del recién creado Comité Nacional
de Emergencias, las tareas del rescate.
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