POLITICAS
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Miércoles 24 de Marzo 1999 

SOMOZA Y DUVALIER 
La caída de dos dinastías 
VIII parte
 
Por los informes que se captaban en el potente aparato que operaba mi tío Miguel, ya teníamos una idea del panorama que nos esperaba al llegar a Managua. Se hablaba de millares de muertos, de más de veinte mil heridos, del descalabro total de los sistemas telefónicos, de energía eléctrica y de agua, y se describía, con mucha crudeza, el cuadro del horror que había asomado a los ojos de los sobrevivientes con los primeros rayos del sol del sábado. 

Todavía humeante y hedionda estaba Managua cuando llegué junto a mi compañero Leroux y la comitiva de militares dominicanos, al mando de la cual estaba el general Juan René Beauchamps Javier. El aeropuerto Las Mercedes se veía desde el aire atestado de aviones y avionetas en sus escasas pistas y de grandes carpas que habían instalado los primeros contingentes de militares voluntarios enviados de otros países. Los hangares comenzaban a llenarse de cajas de medicinas, ropas, colchones, botellones de agua purificada y otros utensilios para emergencias de este tipo que eran enviados desde el exterior a través del puente aéreo. 

Al aterrizar, nadie nos pidió pasaportes ni ningún otro documento. No había personal ni tiempo disponible para formalidades aduaneras o chequeos migratorios porque la nación estaba en emergencia. Como habíamos hecho un compromiso con el general Beauchamps Javier de que retornaríamos ese mismo día a Santo Domingo, después de haber tomado algunas primicias fotográficas de la tragedia, nos permitieron que uno de los vehículos de la embajada dominicana que había acudido el aeropuerto a recoger la delegación, nos llevara rápidamente a la ciudad, mientras el avión descargaba las ayudas. 

-Eso sí, mucho cuidado y traten de volver lo más pronto posible, que este avión tiene que marcharse enseguida para llevar estos muchachos", nos aconsejó el general Beauchaps Javier. 
-Despreocúpese, general, que así lo haremos. 

Los muchachos a los que se refería el general eran cincuenta huérfanos que habían sido rescatados de escombros después de haber perdido a sus padres o tutores y que esperaban viajar a Santo Domingo, ya que no podían permanecer en Nicaragua porque allí no se les podía ofrecer atenciones ni cuidados especiales. 

Estaban tan asustaditos y tan sollozantes, muchos de ellos, que el sólo verlo ya nos producía una enorme pena y nos mostraba el alcance de la tragedia que ellos, en carne propia seguían viviendo. 
Después de hacerle algunas tomas fotográficas abordamos un vehículo y en la medida en que nos acercábamos a la ciudad, veíamos las grandes columnas de humo que se levantaban por doquier, así como a centenares de gentes caminando a pie o montadas en los escasos camiones y autobuses que la Cruz Roja utilizó para lograr la evacuación espontánea o, en muchos casos, compulsiva, de los sobrevivientes. 

La ciudad mostraba todavía todas sus heridas cuando finalmente pudimos entrar en algunas vías despejadas, la tarde del 25 de diciembre. Las calles, agrietadas y enmarañadas por cables eléctricos, las tuberías rotas, los postes desencajados, fuego por doquier que los bomberos aún no habían podido sofocar, tropas de la Guardia Nacional y voluntarios de la Defensa Civil removían escombros con picos y palas y rescataban heridos. Mucha gente, sin embargo, se resistía a evacuar la ciudad: no querían dejar sus muertos... ni sus propiedades. 

Los voluntarios, presurosos, se movían de un lado a otro tratando de prestar auxilio a muchos de los heridos que habían podido ser sacados debajo de las ruinas tras permanecer hora aferrados estoicamente a la vida. Había gente que deambulaba sin dirección precisa, como si estuviesen aturdidos. Otros, presas de pánico porque seguían los temblores, se encontraban en la peor disyuntiva, la de no saber qué hacer; gritos y gemidos procedían de los montones de cemento, hierro o zinc de las casas destruidas, de gentes atrapadas que aún no habían podido ser rescatadas porque los escombros obstruían puertas y ventanas. Hubo gentes a las que las brigadas vieron morirse, incapaces de sacarlas de las ruinas. Y otras tantas, desesperadas, perdieron la vida al lanzarse al vacío desde algunos edificios altos. 

Se calcula que en lapso de una semana más de 400 mil personas, con los pocos enseres y ropas que pudieron salvar, llegaron a copar los espacios de la carretera Sur hasta cerca de El Crucero, y de otras vías importantes hacia el interior en una marcha en la que era mejor no mirar atrás.

Esta evacuación facilitó las labores de limpieza y que se pudiera dar sepultura en fosas comunes a las víctimas, o que se quemaran montones de cadáveres que permanecían expuestos en las calles, para evitar que se desencadenaran epidemias. 

En medio de tal destrucción, no había posibilidad de organizar entierros individuales ni de hacer registros de difuntos, ni mucho menos de procurar atención médica en los hospitales o clínicas, porque estaban repletos de pacientes o sencillamente destruidos. 

La orden del Gobierno, en este contexto, fue tajante: Nadie puede volver a Managua hasta dentro de seis meses, salvo algunos casos en los que se expedirían permisos especiales para poder cumplir con trabajos ineludibles, o por cualquier otro requerimiento de la autoridades. 

De pronto, las ciudades de León, Chinandega, Masaya, Granada, Rivas, Jinotega y Matagalpa se vieron colmadas de refugiados, quienes a su vez crearon problemas de alojamiento y fuerte demanda de alimentos y servicios para las cuales evidentemente sus habitantes no estaban preparados. En la cercana Masaya, por ejemplo, los refugiados se instalaron en el parque central apretujándose con monos, culebras y otros pájaros disecados que se vendían a los turistas los tradicionales vendedores de la plaza, y así estuvieron días y días hasta que se organizó su alojamiento en viviendas particulares o en escuelas y refugios para tiempos de huracanes.  
 

  
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