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Al cabo de varios minutos, volvió la misma voz, para añadir más detalles de lo que ocurría. El radioaficionado nicaragüense era uno de los afortunados que podía dar un SOS al mundo, porque todo el sistema energético se había desplomado y solo su batería le permitía mantener un precario vínculo de contacto entre la ciudad destruida y la civilización. No era para menos, pues los sismógrafos terminaron registrando una intensidad de 6.2 de la manitud Richter, suficiente para que las furiosas energías sísmicas que produjeron los estremecimiento de la tierra durante unos 20 segundos pudiesen destruir edificios en un radio de 20 a 80 kilómetros de distancia. En el caso de Managua, donde la mayoría de sus edificios habían sido construidos hace muchos años, cuando no existían los códigos modernos de las reglas antisísmicas, la mortandad fue mayor porque sorprendió a la gente durmiendo en sus hogares. Del mismo modo, la existencia de casa de ladrillos o bloques de concretos sin ningún esfuerzo de acero o chozas de adobe en los alrededores resultó también un factor de alta mortandad, debido a que sus techos y paredes cedieron con facilidad ante el movimiento telúrico. -"Como que todo se mueve para alante y para atrás", insistía el asustadizo radio-aficionado, pretendiendo dar una idea de que la tierra empujaba a los objetos y a la gente hacia adelante y, luego, hacia atrás. -"No tenemos energía en estos momentos, pero les puedo decir que esto ha sido destructivo. Salí a la calle y todo el barrio está destruido. Mi esposa y yo, por suerte, estamos bien. Manténganse en frecuencia y más tarde les seguiré informando". Era lógico, pues, que estas fuesen las primeras visiones o impresiones del sismo, ya que usualmente se produce en los seres humanos una natural distorsión de los sentidos, que obliga a las gentes que se encuentran en medio de un terremoto a exagerar el tiempo y a menudo la severidad de sus daños y otras características de un movimiento telúrico. Pero, en todo caso, lo importante era saber que una gran tragedia se había producido y que, por sus dimensiones, llegó a constituir el primer gran terremoto de toda Centroamérica y la primera gran tragedia de este tipo en la historia nicaragüense, casi comparable, al terremoto de Lisboa, Portugal, el primero de noviembre de 1755. Este terremoto mató más de 66 mil personas, la mayoría de ellas aplastadas por las bóvedas y techos de las iglesias en las que se encontraban rezando en ocasión del Día de los Difuntos o de todos los Santos, o abrasadas por las lenguas de fuego y cenizas que cubrían las calles y plazas públicas de la ciudad y ante cuya magnitud Voltaire proclamaría que "el útlimo juicio está aquí". Los siguientes informes fueron tan dramáticos que ya muy temprano en la mañana del sábado 23 de diciembre, las autoridades dominicanas comenzaron a trabajar febrilmente para organizar algún operativo de ayuda y de inmediato se pensó que lo más práctico era montar un telemaratón por el cual oficial para recaudar ropas, alimentos, medicinas o cualquier otra ayuda que quisieran dar los dominicanos. Al día siguiente, ya se habían reunido cargas para llenar más de seis aviones y el Gobierno pidió entonces asistencia a la Organización de Estados Americanos, para disponer de más aparatos de transporte. La OEA, que organizó un puente aéreo de emergencia entre Managua y el resto de las capitales latinoamericanas, despachó un C-130 militar de la Fuerza Aérea de Venezuela, en el cual se trasladarían los socorros. Cuando la red de radio-aficionados se hizo más amplia y las conversaciones y reportes salían al aire para que los televidentes escuchasen, muchos comprendieron que la alegre Managua de la víspera, de calles resplandecidas por las guirnaldas navideñas, se había tranformado en cuestión de minutos en una ciudad fantasma, atrapada en los círculos de fuego del infierno de Dante. Aprovechando unos asientos
disponibles en ese avión, pero desprovisto de pasaporte, únicamente
portando cámaras fotográficas y libretas de apuntes, junto
con Napoleón Leroux, fotógrafo del Listín Diario,
emprendí un viaje de cuatro horas a la capital nicaragüense,
a la ciudad de los lagos y volcanes, acompañando a un contingente
de militares y civiles que integraban el grupo de voluntarios que distribuiría
las ayudas a los damnificados.
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