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"-Pensé que era nuestro último segundo, que era el fin de Managua y de toda esa gente buena que habíamos conocido". La fuerza diabólica seguía incansable, furiosa, agitando las casas y sacudiendo a Managua hacia adelante y hacia atrás, hacia arriba y hacia abajo. "-El pueblo de Managua estaba en las calles. Las mujeres, arrodilladas, pedían perdón por todos los pecados del mundo, suplicando al buen Dios que amainara la furia. De momento, el cielo de Managua se iluminó, como si el genio demoníaco del mal celebrara su triunfo con fuego". Lo que el sismo había perdonado, lo consumían ahora las llamas. Del fondo de sus ruinas energía el resplandor de los fuegos. Para los hombres y mujeres que entonces tenían más de 50 años, aquel momento debió recordarles los horrores que les dejó otro sismo en 1931, menos devastador y mortal que el que acababan de presenciar. Nadie atinaba a hacer nada,
salvo que a huir. Muchos nicaragüenses, paralizados por el miedo o
incapaces de mantener el equilibrio moviéndose entre escombros con
la tierra temblándole debajo de sus pies, murieron aprisionados,
sin escape. Otros quedaron agonizantes, atrapados para siempre debajo de
losas de cemento y varillas, y allí rindieron sus último
aliento de vida ante la impotencia de los socorristas. Los que pudieron
escapar de la hecatombe no podían creer lo que tenían a la
vista.
Los siete años de
la pequeña Marthita yacían para siempre en el suelo de su
habitación aferrados al Santa que el día anterior le había
comprado su mami en los almacenes ABC, para que pudiera mimarlo y pedirle
cuantos regalos se le antojaran que le podía traer mañana
-un mañana que nunca llegó-, cuando toda la familia estuviese
reunida alrededor del arbolito para la cena de la Nochebuena.
Los sucesivos temblores que siguieron al primer gran remezón de las 12:32 de la madrugada estremecieron a Managua toda la noche, desatando una furia misteriosa que no cesaba de descargar, aleve, toda su mortífera fuerza contra lo que aún pudiese quedar en pie o con vida. Un solo contraste, curioso por demás, que perpetuaría la estampa de una alegría navideña malograda, lo ofrecía la imponente Plaza de la República. Todavía permanecían enhiestos alrededor de ella los grandes árboles de la Navidad que iluminaban de noche millares de bombillitos multicolores y en cuyos entornos paseaban alegres, en las vísperas, los "managüenses" o "managuas" cuando salían de las misas que se oficiaban en la Catedral de enfrente en la espera de las fiestas de la Epifanía. Allí se había planeado, noche a noche, el espíritu festivo con que la ciudad se preparaba para su momento de mayor recogimiento y gozo religioso. Los círculos
de fuego del infierno de Dante
-"¡Atención!:
En estos momentos estamos sitiendo un fuerte temblor, esto es bastante
fuerte. Permanezcan en frecuencia".
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