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Ni las horchatas, el agua de canela y las mistelas y el pan familiar; ni aquellas grandes purísimas de Boanerges Pacheco, de los Camacho y de los Poveda; de aquellos bellísimos altares de la Carmen Cajina, Socorro Castillo, Simona Pérez y los hermanos Pereira Baldizón; todo eso huyó como "los payasos de la puerta encantada" para que aparezca en el escenario de celebración del "Día de las Brujas" y del "Día de Acción de Gracias" que obedecen otras latitudes y a distintos paralelos; se acabaron las solemnidades de aquellas misas del gallo con música sagrada y solemne de Don Marcelo Soto, del maestro Díaz Chibola y de Macario Carrillo, ya no hay maitines, ángeles ni vísperas. Todo ha terminado hermano. "Tengo dos nietecitos a quienes jamás podré conocer. Se me han cerrado las oportunidades para identificarlos aunque estas manos sarmentosas traten de dibujar contornos, de figurar siluetas, de seguir perfiles para crearme un retrato táctil y estereotiparlos en mi cliché mental y así poder conocer o imaginar siquiera la proyección sentimental de mi carne, ni sangre. "Jamás podré andar en puntillas con aquella acariciante y sublime ansiedad de su camitas, poniéndoles los juguetes, esos bellos símbolos de la gracia angelical de Dios, a sus pies o en sus cabeceras a como lo hiciera antes cuando sus padres de hoy eran a su vez mis tiernos hijos a quienes siempre sentí como pedazos de cielo y ratazos de aurora". "Muchísimos abuelos sufrirán ahora lo mismo que yo. Para ellos y para todas las personas que comprendan la inmensidad de mi tragedia humana van dirigidas estas palabras y que este inmenso dolor, mi inercia, mi sublime actitud ante la incapacidad sean el presente navideño que ahora pongo, sin puntillas ni silencio en la angelical camita de mis nietos, momento ese en que también deberán escucharse aquellas sublimes palabras: Gloria a Dios en los cielos y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. "Queridísimo hermano:
que este año que se va y todos los que vienen marque para ti y los
tuyos una senda de amor y tranquila actitud ante la vida, que sigas espigando
en los campos de la espiritualidad y del amor, que son los productos con
que saturas tu arca de caudales, mientras yo sigo mi eterna peregrinación,
tal vez presintiendo que esta pudiera ser mi última Navidad.
El terremoto de la Navidad Ni Martha Navas ni Felipe, su esposo, ni la pequeña Marthita, ni la esposa y los hijos de Don José María Carmona y Gutiérrez ni nadie que viviera en Managua, podían presentir que, en cuestión de minutos, la naturaleza descargaría toda su devastadora furia para marcar ese momento como el día más trágico en la historia de Nicaragua. Siendo exactamente las 12:32
de la madrugada del 23 de diciembre de 1972, un tenebroso y misterioso
rugido surgió de repente de las entrañas de la tierra y esta
comenzó a moverse como se mueven las olas en un mar embravecido;
los cristales de las puertas y ventanas estallaron en pedazos, los armarios,
estantes, lámparas y objetos decorativos cayeron violentamente al
suelo, los techos se desprendieron produciendo un gran estruendo, mientras
una fuerza invisible disparaba de la cama a Martha y Felipe sumiéndolos,
en plena oscuridad, en la más cruel de todas sus pesadillas.
En menos de tres minutos, el violento terremoto convirtió a la capital de Nicaragua en una ciudad en ruinas, haciendo deplomar el 70 por ciento de las casas, matando en instantes a más de 10 mil personas y creando un cuadro de horror que se hacía más lúgubre con la sinfonía de dolor y muerte que producían los primeros gritos y alaridos de los sobrevivientes. El fenómeno no discriminó. En el exclusivo Bosque de Bolonia, lugar de las residencias de los ricos, las embajadas y las altas jerarcas del régimrn, la tragedia también había producido una tremenda conmoción y víctimas. Mansiones de dos o tres niveles quedaron aplastadas como un sandwich (tal fue el caso de la sede de la embajada de los Estados Unidos) y sus bien cuidadas calles resultaron agrietadas. El embajador de República
Dominicana, José Angel Saviñón, que se había
retirado temprano a sus habitaciones en compañía de su esposa
Honorina, estaba durmiendo cuando se produjo el sismo.
-"Managua toda se sacudía
pávida, agitada por la mano infernal del terremoto. Un retumbo fúnebre,
como de un trueno con sordina que se quería hacer oír, traducía
su lenguaje de tragedia..."
Huyendo entre mobiliarios
desordenados y con la casa a oscuras, los embajadores en pijamas pudieron
alcanzar el patio para ponerse a distancia de techos y objetos que pudieran
herirles. "Al lado, los vecinos también gritaban y la tierra seguía
moviéndose interminablemente con ira, con rabia..."
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