El
día trágico de Nicaragua
En esos íntimos contactos de cada noche, Martha creía descubrir algunas similitudes entre ambas; ella, cuando tenía esa edad y Martitha, ahora, reflejando una réplica casi perfecta de su bello rostro, levemente diferenciada por unos labios más gruesos que indiscutiblemente heredaba de su padre. La fisonomía, no obstante, era la misma: la frente siempre cubierta por una negra pollina, idéntica a la que luce su madre en algunas fotos de infancia, solo que esta vez, al contemplar a la niña posando suavemente su mejilla izquierda en la cara del bonachón "Santa" la escena le resultaba contrastante. ¿Cómo es que con sólo fundirse esos amplios párpados en un sueño profundo, aquel torbellino de travesuras se convertía en un santuario de paz? Después de besarla en la frente, Martha se incorporó y apagó la luz, dejando apenas la débil iluminación que provenía de una lamparita situada en la mesa contigua. Desde la puerta, le dirigió una última mirada, satisfecha, sin presentir jamás la cercanía de una tragedia. A fin de cuentas, dejaba a Marthita con la mejor compañía: la del gordiflón que, según la leyenda, entraba a hurtadillas en las casas de los niños buenos para dejarles innumerables juguetes en el día de la Nochebuena. Martha Navas de Obregón, abogada como su esposo, pertenecía a una familia acomodada. Su casa, cercana a los chalets de lujo de la Colonia Mántica, en un residencial colindante con la carretera a León, lucía en sus jardines los adornos iluminados que los vecinos suelen colocar en las Navidades, para alegrar el ambiente. Era un lugar bonito. Esa noche había terminado de organizar los regalos que, a nombre de Santa Claus, había colocado al pie del arbolito para que en la cena de la Navidad Marthita y sus primas se divirtieran abriendo las cajas alborotadamente y extrayendo sus contenidos, que siempre resultaban ser juguetes o ropas atrayentes. Cansada de los ajetreos de las compras, se retiró a descansar junto a Felipe, que ya dormía profundamente en la alcoba principal. El reloj del hogar de los Obregón-Navas terminó de dar la nota de las entrehoras, con un agradable sonido musical audible, a las 12:30 de la madrugada del sábado 23 de diciembre de 1972. Martha apagó las luces de su habitación y se dejó vencer por el sueño. Un poco más distante de la Colonia Mántica, el doctor José María Carmona y Gutiérrez estaba reunido con su familia; el tema principal de la noche era la lejana infancia en León, la segunda ciudad en importancia de Nicaragua, que venía al caso después de haber leído una carta que llegó ese mismo día firmada por su hermano, el también doctor Juan B. Salinas Echeverz. El doctor Salinas Echeverz vivía aún en León, donde asentó su fama de profesional serio y de buen cristiano. Como se encontraba virtualmente ciego e inválido a consecuencia de un severo ataque de artritis que prácticamente le había inutilizado sus extremidades, gozaba de tiempo para cartearse con su familia y con sus amigos, dictando sus más gratos recuerdos. La carta que don José María Carmona leyó en voz alta, emocionado y a menudo deteniéndose para no romper en llantos, decía así: "Querido hermano: ¿Recuerdas cuando, trémulos y anhelantes, penetrábamos en puntillas hasta las camitas de nuestros tiernos hijos a ponerles aquellos juguetes que llevaban en sí nuestro amor y también los recuerdos de nuestra niñez? ...Esos momentos de profunda emoción, que compartíamos con nuestras esposas, en aquellas noches buenas que eran buenas de verdad, en que todavía no se había diluido ese culto infantil por el vendaval de este crudo materialismo que ha transformado todo, que ha destruido todo, hasta esos preciosos infantes de dulzura inefable y de profunda grandeza hogareña que sigue siendo el símbolo de aquella sagrada familia que no ha muerto aún? "Si el hijo del hombre tuviera que nacer en Nicaragua, lo haría sofisticadamente. El humilde pesebre sería un lujoso "Moisés" o una cama "Luna"; el buey o la mula sería un Jeep o una mini-moto; y los Tres Reyes Magos de Oriente, si todavía tuvieran que aparecer en la escena, vendrían en helicópteros despreciando a la estrella de Belén, y en vez de oro, incienso y mirra, traerían marihuna, heroína y ácido lisérgico. ¿Qué tal?... "Estamos, hermano, en la
última semana de Adviento y donde el sol está en Capricornio
para determinar el solsticio de invierno, época ésta donde
los días son más cortos. Estamos viviendo en el tercer día
del mes Nivoso, situado también en la duodécima casilla zodiacal
de Piscis. Esto quiere decir, en la liturgia cristiana, que asistimos a
la Navidad de la segunda persona de la Santísima Trinidad.
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