Más
de veinte años después del terremoto de Managua fue que asomaron
a los ojos de sus habitantes, las primeras señales firmes de la
reconstrucción. El entonces alcalde de la ciudad y hoy Presidente
de la República, Arnoldo Alemán, inauguró una nueva
fuente que rápidamente suscitó la atracción del pueblo,
por la vistosidad de sus juegos de luces y aguas y el Malecón en
las riberas del céntrico Lago de Managua, que han dado vida a una
ciudad que, a pesar de todo, sigue mostrando las mismas ruinas dejadas
por el sismo.
Para coronar con un toque de gracia, pero al mismo tiempo significativo, su obra como alcalde, Alemán se embarcó en el proyecto de erigir la estatua de un arrogante gobernador español y de los astutos nativos que lo derrotaron. "El hombre de esta estatua -dijo-, simbolizará a todos los dictadores y jefes políticos que ha tenido que soportar este país. Y el pueblo se burlará
de él."
Pero su hijo, que aún vive, atravesó la misma suerte de Somoza Debayle en cuanto a su lenta pero segura caída, ya que desde 1982 su régimen se enfrentó a soterradas disidencias internas y a varios intentos de sus opositores por invadir el país, hasta que finalmente los disturbios callejeros y el pueblo lanzado en las calles protestando por su crítica situación de pobreza lo obligó a dimitir y abandonar Haití el 7 de febrero de 1986, con rumbo a Francia, donde reside. La salida de estos últimos exponentes de dos dinastías dictatoriales no significó, en absoluto, el final de esos regímenes de restricciones a las libertades ya que los líderes guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional aplicaron, en la práctica, un somocismo sin Somoza durante más de diez años, en el que el poder fue repartido entre dos hermanos: el Presidente Daniel Ortega y Humberto, como Ministro de Defensa. En Haití, tras la salida de Jean Claude Duvalier, el poder quedó en manos de una junta militar que se recompuso varias veces hasta que dio paso al primer gobierno electo casi democráticamente -el de Leslie Manigat- que duró apenas cuatro meses, del 7 de febrero al 19 de junio de 1988, siendo reemplazado por los mismos militares que le entregaron el mando. Entre caídas y renaceres
de gobiernos sobrevino en 1991, el embargo continental a la venta de armas
y productos y posteriormente la intervensión militar dispuesta por
las Naciones Unidas (ONU) para restablecer en la presidencia al depuesto
mandatario civil Jean Bertrand Aristide, en un vano esfuerzo por reimponer
la democracia en un país que apenas la ha conocido fugazmente en
este siglo. Y que aún la sigue buscando, sin ninguna suerte.
Acurrucada con un Santa Claus en sus brazos, Marthita parecía el ángel durmiente de una estampa de la Navidad. Bajo esa tierna apariencia, la contemplaba su madre, Martha Navas, cuando se le acercó a la cama para acomodarle la frazada y protegerla del frío de la madrugada. Y así se le quedaría grabada para siempre en su memoria y en la de todos aquellos que, más tarde, vieron su imagen en las primeras planas de los diarios. Aquel era un momento de supremo
amor y de cariño en el que Martha la sentía toda suya y en
el que con toda libertad podía prodigarle cuantas caricias y bondades
fuesen posibles a esta hermosa criatura, que era y sería la hija
única de su matrimonio con el abogado Felipe Obregón. Marthita
era el tesoro de la familia y nadie le disputaría esa condición,
porque tras un primer embarazo fallido los médicos le habían
advertido a la madre que, si tenía suerte en el próximo,
no debería intentar otra procreación o de lo contrario moriría
en el parto.
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