De
todas las dictaduras que existieron en América Latina en el Siglo
20, dos de ellas adquirieron un perfil dinástico: la de los Somoza,
en Nicaragua, y la de los Duvalier, en Haití.
La primera se estableció en junio de 1936 cuando el entonces jefe de la Guardia Nacional de Nicaragua, Anastasio Somoza García, forzó la dimisión del presidente Luis Sevilla Sacasa (*) y se hizo elegir Presidente cinco meses después. Sus dos hijos varones, Luis y Anastasio, le sucedieron en el poder, hasta que en 1979, en medio de una guerra civil, el último de la dinastía huyó del país. La de Duvalier se inició el 22 de octubre de 1957, después de un período de inestabilidad en el que cinco gobiernos surgieron y cayeron en apenas seis meses antes de la elecciones. Tras gobernar con mano férrea, Papa-Doc Duvalier murió en Puerto Príncipe en 1971 y su hijo Jean-Claude, con apenas 20 años de edad, le sucedió en el puesto como "presidente vitalicio", hasta que finalmente la presión popular lo desalojó del poder y lo obligó a huir a Francia, en 1986. No hay otro caso en América Latina de dictadores que hayan sido sucedidos en el cargo por sus propios hijos, como ésto de Nicaragua y Haití. Como todos los regímenes dictatoriales, sin embargo, ambos tenían fuertes semejanzas. Sus cabecillas eran implacables con los opositores, utilizaban sistemáticamente la tortura para implantar terror y miedo, eran ególatras y, además, insaciablemente ambiciosos y ladrones. Para colmo, sus pueblos no avanzaron significamente en sus afanes de progreso porque los dictadores controlaban buena parte de los negocios más importantes y sólo compartían sus beneficios con los privilegiados miembros de sus élites. Mientras en Nicaragua la lucha política la libraban dos tendencias, los conservadores y los liberales, hasta el punto de que en algún momento de la historia se plantearon dividirse el país para gobernarlo simultáneamente, en Haití, en cambio, la controversia por el poder se planteaba entre negros y mulatos, era más bien racial, pues hacía difícil la coexistencia entre los primeros, que constituían la mayoría empobrecida, y los segundos, que formaban la minoría rica y privilegiada, aunque tenían un componente adicional, el vuduísmo, un culto animista que diestramente manejado por la dictadura le concedió a ésta una plataforma en la que el poder emanaba de la superstición y del endiosamiento de los Duvalier, padre e hijo. Los ejércitos de ambos países fueron, en sus orígenes, engendrados por las ocupaciones militares de Estados Unidos en ellos a principios de siglo. Otros dictadores, como Rafael L. Trujillo, en República Dominicana, fueron también el producto de esas guardias constabularias creadas para tutelar las vidas de estas naciones subdesarrolladas e inestables. Su dinastía estuvo a punto de seguir la tradición de Nicaragua, pero el designio no se materializo debido a que el pueblo dominicano forzó el exilio de los hijos del tirano, pocos meses después del ajusticiamiento de Trujillo, en 1961. La dinastía totalitarias de Nicaragua y Haití redondearon, entre ambas, 71 años de dominio sobre más de 10 millones de personas. Sus colapsos tienen similitudes. No se produjeron de golpe y porrazo, sino que fueron el resultado de una conjunción de hechos que ocurrieron en sus países muchos años atrás. El principio del final de la de Nicaragua lo constituye el terremoto que asoló su capital, Managua, en 1972, mientras que el de Haití marca, indiscutiblemente, la fallida invasión de Bernard Sansaricq por Isla Tortuga en 1982, a partir de la cual comenzó a removerse la base de apoyo político, empresarial, militar y eclesial a la dictadura duvalierista. En efecto, el 23 de diciembre de 1972, un gran terremoto destruyo Managua, la capital de Nicaragua, causando más de 10 mil muertes, más de veinte mil heridos y el descalabro de su economía. A pesar de los voluminosos recursos aportados por instituciones internacionales de créditos y ayudas de distintos países, la ciudad no experimentó ningún avance en su reconstrucción y recuperación. Las percepciones de que el dictador Anastasio -Tachito-, Somoza Debayle, último de la dinastía, se había embolsillado la mayor parte de esas multimillonarias ayudas y había entrado en fuerte competencia con los intereses del sector privado, alentó las conspiraciones del empresariado y de los partidos opositores que la dictadura permitía para dar una sensación de que respetaba el disenso. En ese contexto se fortalece y se amplía la lucha guerrillera del Frente Sandinista de Liberación Nacional que, apoyado por una unión opositora en la capital, presenta el mayor desafío a la Guardia Nacional. En la medida en que se iba estrechando el cerco a Somoza, por un lado las guerrillas y por otro el frente unido opositor, los Estados Unidos y otros países cumplieron tareas de mediación para persuadir al dictador a que dejara el poder y convocara a elecciones libres. El 17 de julio de 1979 Somoza envió su carta de dimisión al Congreso, reunido desde la una de la madrugada en el hotel Intercontinental, y en su lugar fue designado presidente provisional Francisco Urcuyo, que era entonces el presidente de la Cámara Baja. Poco antes de las cinco de la mañana, el dictador, acompañado de unos cien hombres claves del somocismo, abandonó Nicaragua en dos aviones que se dirigieron a la base de las fuerzas aéreas norteamericanas en Homestead, Florida. Un año y dos meses después, irónicamente un día 17 de septiembre, Somoza fue interceptado por un comando guerrillero mientras paseaba en su automóvil blindado Mercedes Benz por las calles de Asunción, Paraguay, donde había ido a refugiarse, ya que allí gobernaba, por largo tiempo como su dictadura, otro espécimen del cesarismo latinoamericano: el general Alfredo Stroessner. Una serie de cohetes de bazukas disparados por los comandos impactaron su carro y su cuerpo, destruyéndolos totalmente. (*) NOTA DEL EDITOR:
Se refiere el autor al doctor Juan Bautista Sacasa.
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