POLITICAS
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Viernes 12 de Marzo 1999 
SOMOZA Y DUVALIER 
La caída de dos dinastías
Miguel Franjul
 
A NUESTROS LECTORES
A fin de mantener activa en nuestra mente la "memoria histórica", BOLSA DE NOTICIAS ofrecerá a partir de hoy, en entregas, la obra "Somoza y Duvalier, la caída de dos dinastías", escrita por el 
periodista dominicano Miguel Franjul. 

Estos reportajes resumen las experiencias de Franjul en la cobertura del terremoto que destruyó Managua en diciembre de 1972 y la fallida invasión del exiliado haitiano Bernard Sansaricq contra el régimen del presidente vitalicio Jean Claude Duvalier, en 1982. 

Al relatar la caída de ambas dictaduras Franjul conduce al lector a través de una fascinante sucesión de historias en las que se mezclan asesinatos, torturas, conspiraciones y otras tragedias humanas, relatadas con un estilo simple, periodístico, que hace atractiva, fácil y rápida su lectura. 

  
PROLOGO
En los años cincuenta las dictaduras dominaban toda América Latina. Ya para los sesenta comenzaron a soplar los aires de libertad y democracia en el continente donde se producía la "teoría del dominó" y muchas de esas sangrientas tiranías, como la de Trujillo en República Dominicana, comenzaron a desmoronarse. Los setenta y los ochenta fueron decisivos para la erradicación del peso de la bota militar sobre las naciones de este continente tercermundista. No obstante, férreos regímenes, como el de Anastasio Somoza, en Nicaragua, y de Francois Duvalier y su hijo Baby Doc, en Haití seguían haciendo estragos. 

Ambos hechos tuvieron especial resonancia e impacto en la República Dominicana -especialmente los acontecimientos ocurridos en el vecino Haití - colocando a Miguel Franjul, un joven e inquieto periodista, como protagonista de primera línea en los dos hechos, que a lo largo de esta obra narra magistralmente, poniendo en perspectiva cómo un terremoto y una fallida invasión incidieron decisivamente en los procesos de democracia de Nicaragua y Haití. 

Estos dos episodios, el terremoto que destruyó Managua, en diciembre de 1972, y la frustrada invasión dirigida por Bernard Sansaricq, en enero de 1982, que pretendía derrocar la dinastía duvalierista, marcaron el inicio de la caída de las dos dictaduras que tenían en común, amén del asesinato, el saqueo y el aislamiento de ambas naciones, la herencia del poder que habían dejado los tiranos en manos de sus hijos. Miguel Franjul, un joven y brillante reportero dominicano, fue testigo de estos episodios, publicando una serie de artículos en que plasmó, en cada caso, la incidencia de los mismos en la vida dominicana y el destino que ambos hechos tendrían en el futuro inmediato de Nicaragua y Haití. 

Marthita Obregón Navas, una niña de 7 años, hija de dos prominentes abogados, se acostó aquel 23 de diciembre de 1972 acurrucada con su peluche de Santa Claus, cual ángel de las estampas de Navidad, muy lejos de la desgracia que amenazaba a Nicaragua y cuyas consecuencias desencadenarían los hechos que determinarían unos años más tarde, el fin de una dictadura de la que ella no tenía conocimiento ni culpas. 

Eras las doce y treinta y dos minutos de la madrugada cuando la tierra se movió con ira, con rabia, cual fuerza diabólica incansable que agitaba las casas y sacudía a Managua hacía adelante y hacia atrás, hacia arriba y hacia abajo... el pueblo salió a las calles, las mujeres arrodilladas pedían perdón por todos los pecados del mundo, suplicando al buen Dios que amainara la furia. De momento, el cielo de Managua se iluminó como si el genio demoníaco del mal celebrara su triunfo con fuego... lo que el sismo había perdonado, lo consumían ahora las llamas. 

Para hombres y mujeres que entonces tenían más de 50 años aquel momento debió recordarles los horrores que les dejó otro sismo, en 1931, menos devastador y mortal que el que acababan de presenciar. 

Nadie atinaba a hacer nada, salvo que a huir. Muchos nicaragüenses, paralizados por el miedo o incapaces de mantener el equilibrio moviéndose entre escombros con la tierra temblándole debajo de sus pies, murieron aprisionados, sin escape. Otros quedaron agonizantes, atrapados para siempre debajo de lomas de cemento y varilla, y allí rindieron sus últimos alientos de vida ante la impotencia de los socorristas. Los que pudieron espacar de la hectombe no podían creer lo que tenían a la vista. 

Esta escena dantesca, narrada magistralmente por un inquieto periodista que llegó a Managua pocas horas después de la desgracia a bordo de un avión militar que llevaba medicina, alimentos y la solidaridad dominicana al pueblo nicaragüense, colocan al lector en el mismo foco del terremoto, como si se paseara por las calles de una Managua destruida, entre escombros y cadáveres, entre las miradas aterradas de millares de infelices víctima de la naturaleza y la presión que les imponía los rigores de una dictadura que les impedía hasta quejarse. 

Miguel Franjul vió más allá del episodio de muerte, destrucción y dolor que sacudía a Nicaragua. Visualizó lo que nadie imaginaba en esos momentos: que el dictador Anastasio Somoza Debayle trataría de aumentar sus arcas robando las ayudas enviadas por todo el mundo al pueblo nicaragüense, lo que desencadenaría la furia de la gente y daría el vigor suficiente al Frente Sandinista de Liberación Nacional para triunfar y aplastar la dictadura, unos años después, colocando a Tachito en un exilio que terminó cuando los proyectiles de bazooka volaron el Mercedes Benz en que se paseaba por las calles de Asunción, en el Paraguay de su colega, el general y dictador Alfredo Stroessner. 

De la mano de Franjul y su acompañante fotógrafo Napoleón Leroux -ambos vestidos con chamacos militares - en la primera parte de esta obra, el lector conocerá la petulante imponencia de un Tachito Somoza que sustentaba la creencia de que su régimen de torturas, robos y sangre duraría para siempre; la lucha del brillante periodista y político Pedro Joaquín Chamorro, director del Diario La Prensa y cuyo asesinato a tiros, el 10 de enero de 1978 -seis años después del terremoto- impulsó el movimiento final que dió al traste con la dictadura y cómo Managua no pudo, pese al esfuerzo de la comunidad internacional, recobrar el esplendor que exhibía antes de aquel fatídico 23 de diciembre de 1972. 

Hábilmente, Miguel nos transporta de la destruida Managua a las calles de Puerto Príncipe donde, diez años después del terremoto, Jean Louis Celestín lo introducía en el hotel que sería su centro de operaciones para la cobertura periodística de la anunciada invasión con que Bernard Sansaricq pretendía derrocar la dinastía que el médico Fracois Duvalier -Papa Doc- instaló en Haití desde el 22 de octubre de 1957. 

Con credenciales oficiales de funcionario diplomático dominicano, Franjul llega la noche del 15 de enero de 1982 a un Puerto Príncipe tranquilo pero atemorizado por las presiones y crímenes despiadados de un grupo militar que no respeta la vida de nadie y un puñado de hombres denominados "Ton Ton Macoutes" -hombres demonio como es su significado en "creole"- que espían, toturan y asesinan a sangre fría. Del brazo de su esposa Nancy, la perfecta pantalla para un "funcionario diplomático" Franjul recibe la primera impresión de lo que sería una experiencia excitante e inolvidable, en el mismo vestíbulo del hotel Oloffsoon donde los grupos para-militares acababan de abatir, de un tiro en la cabeza, a un disidente de la dictadura. 

Para una población que, aterrada por más de veinte años, se había acostumbrado a no ver, ni oír ni hablar nada que fuese adverso a la dictadura, estas escaramuzas no podían de ninguna manera atraer su curiosidad ni su interés. Eso es lo que explica que, mientras mi esposa Nancy y yo aguardábamos junto al "concierge" que el operativo concluyera, nadie que cruzara por allí se fijara en lo absoluto en lo que estaba ocurriendo frente a sus propias narices, relata el periodista. 

La invasión de Sansaricq, un idealista de 37 años que vivía en el exilio en Estados Unidos, había sido previamente anunciada como una forma de causar desconcierto al régimen del joven presidente vitalicio, Jean Claude Duvalier -Baby Doc- quien había asumido el poder heredado de su padre cuando apenas tenía 20 años. La agencia de noticias inglesa Reuter había pedido a sus corresponsal en Santo Domingo, Miguel Franjul viajar a Haití para estar allí cuando se produjera la invasión y reportara al mundo sus incidencias. Es por ello que viviendo Haití en un estado de alta represión y censura de prensa, Franjul, llegara a Puerto Príncipe camuflado de funcionario del gobierno dominicano y en compañía de su esposa. 

Contactando diplomáticos, oficiales del gobierno, funcionarios de la embajada dominicana e intelectuales haitianos, el periodista logra establecer una relación que sería su más importante fuente que le contaría todo lo que ocurre en el seno del régimen, incluyendo los estamentos militares, y a quien bautiza como su "garganta profunda", recordando aquel contacto que hizo las graves revelaciones a los dos periodistas del Washington Post que desenredaron la complicada madeja del Watergate, que finalmente costó la presidencia el poderoso Richard Nixon. 

"Los periodistas locales, que a su vez actuaban como corresponsales de agencias de noticias internacionales, estaban obligados a despachar sus noticias, previamente censuradas, desde la oficina local de la única empresa telefónica de Haití que poseía un télex para el público. Cuando fui allí para explorar cómo se hacía el trabajo me di cuenta de que detrás de cada periodista habían por lo menos tres agentes de seguridad viendo lo que escribía y luego, censurándolo.  

Me persuadí de inmediato de que debía buscar otra forma de transmitir las informaciones... para eso me valí de un funcionario consular en cuya oficina existía lo que entonces era el más moderno instrumento de comunicación escrita, un telex, precursor del fax, que utilizaba en la transmisión exclusiva de mensajes cifrados a la Cancillería Cada noche, al cerrar oficialmente las puertas de su oficina, nos disponíamos entonces a transmitir todo lo que el "garganta profunda" haitiano y las demás fuentes me suplían. Ya podía imaginarme cuánto revuelo debió causar a los servicios de inteligencia haitianos el que noticias fechadas en Puerto Príncipe, pero al mismo tiempo reales, se pubicaran fuera de Haití sin haber sido sometidas al estricto cedazo de la censura", relata el periodista. 

Las sesiones de vudú preparadas para los turistas, la opulencia de Petionville frente a la desgracia y la extrema pobreza de Citè Soleil, el terror que infundían los militares y los temidos "Ton Ton Macoutes" la falsa popularidad que el mismo Jean Claude se creía cuando salía en su vehículo a repartir dinero a las calles de Puerto Príncipe y la ebullición de una conspiración creciente y que se incubaba desde las salas de tertulia de los hoteles y lujosas residencias de los adinerados de Haití hasta los mismos cuarteles militares y las oficinas del Palacio Nacional, son narradas con lujo de detalles a lo largo de esta obra. 

La vecindad de Haití con la República Dominicana provocó una íntima relación en los planes de Sansaricq contra el régimen de Baby Doc llegando al extremo de planear uno de sus puntos de ataque partiendo de la misma frontera. Sin embargo, los servicios de inteligencia dominicanos habían descubierto un vasto plan para introducir armas en la República Dominicana y crear desde aquí una base de ataques contra Haití fue entonces, relata Franjul, cuando un nuevo personaje, que intentaría rivalizar con Sansaricq como líder del exilio haitiano, surgió a la palestra de esos días: Hilertant Dominique, sobre quien se tejió a finales de 1982 la leyenda de que era una especie de "Carlos", aludiendo al temible terrorista venezolano Illich Ramírez, conocido por todo el mundo como "El Chacal". 

El arresto de Dominique en el aeropuerto Las Américas, conjuntamente con el descubrimiento de un cargamento de ametralladoras que había sido introducido a Santo Domingo, hicieron que los organismos de inteligencia dominicanos determinaran que se trataba de un plan consistente en organizar una fuerza de comandos que, saliendo de la República Dominicana, ocuparía el aeropuerto de Puerto Príncipe para desatar una rebelión popular que culminaría con la toma del poder. 

Las incidencias que tuvo la turbulencia haitiana durante el régimen de Baby Doc, los complots y gobiernos sucesivos de los militares quedan plasmados en esta obra como consecuencia de las perspectivas que Franjul presentó en sus reportaje desde Puerto Príncipe, primero en esta misión clandestina de 1982 y cuatro años después como Subdirector del diario Hoy, junto al también periodista Virgilio Alcántara quien era entonces el director de ese periódico, al entrevistar al gobernante de turno: el general Henry Namphy. 

"Para mí, el choque con la realidad fue impresionante. Yo, que había estado bajo la dictadura en la cobertura de la invasión de Sansaricq, apreciaba que de sumisos y temerosos, en el pasado, los haitianos de ahora actuaban sin ataduras, y no solamente porque los "Ton Ton Macoutes" habían desparecido como institución, sino porque no existía Constitución que fuese respetada... la mezcla de libertad y libertinaje, de miseria y de pobreza, de inactividad gubernamental para hacer obras y crear empleos, seguían crando un cuadro político bastante delicado. La gente sentía y palpaba la inminente erupción de un volcán social, porque ya las energía política habían sido despertadas de 29 años de letargo". 

"Somoza y Duvalier, la caída de dos dinastías", no pretende ser una obra literaria. Es un ensayo periodístico en que la pluma de Miguel Franjul pretende, y lo consigue, en una forma ágil refrescante y todo lo cruda que las circunstancias de sus vivencias lo determinan en algunos casos, dejar este testimonio a las generaciones de reporteros y periodistas que hoy cubren las incidencias de los acontecimientos que mueven al mundo en las luchas incansables por la libertad y la democracia. 
  

Ruddy L. González
 
  
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