Una de las instituciones más respetada del mundo occidental se degrada sin que nos percatemos: la democracia de Estados Unidos. El investigador de USA, Eric Alterman, del World Policy Institute of New York, en un reciente ensayo político publicado en la edición francesa de Le Monde Diplomatique de 1999, se hace eco de las cada vez más insuficiencias democráticas de su país y señala que el constante bombardeo a Irak sin consultarle al Congreso, además ni con la autorización de los ciudadanos, con esa acción bélica el presidente Clinton, no hace más que continuar el mismo ejemplo de Harry Truman que comprometió al Ejército en el conflicto militar de Corea sin el permiso del Congreso. Es lo mismo que hizo Richard Nixon al intervenir en Vietnam sin el visto bueno de los congresistas estadounidenses, lo que a su turno también hizo Ronald Reagan al financiar a escondidas del Congreso la intromisión de USA en América Central, particularmente en Nicaragua. Es por eso que desde hace varios años, la democracia en Estados Unidos se degrada irremediablemente. La recuperación de su vitalidad exige por tanto un esfuerzo suplementario de los propios ciudadanos ya absorbidos por sus trabajos y por sus familias. Eso supone también que las instituciones de mediación como los partidos y las asociaciones funcionen para que los estadounidenses puedan reunirse e intercambiar sus ideas sobre el futuro democrático del país. Pero también reclama que un grupo de intermediarios de políticos honestos estén dispuestos a explicar al país el significado de las cuestiones más importantes y poder ejecutarse la voluntad de los electores. Sin embargo en los Estados Unidos, ninguna de estas condiciones están dadas. La baja del número de reuniones, la débil frecuencia de los intercambios de ideas y la tasa baja de la lectura de la prensa particularmente entre los adultos, prueba que los ciudadanos han cesado de practicar las habituales costumbres vitales de una democracia. Ellas, en cambio, han sido reemplazadas por la televisión creando un doble efecto: ha crecido el pesimismo en relación con las instituciones democráticas y ha absorbido el tiempo otras veces dedicado a las actividades cívicas y democráticas de los ciudadanos. Todavía más se acentúa el debilitamiento democrático cuando de las decisiones de política interior se pasa a las de política exterior o militar que están subordinadas a un funcionamiento, donde los intereses de categorías poderosas y manipuladoras son capaces de explotar la ignorancia del pueblo estadounidense para aplicar mejor su política nacional al servicio de sus intereses internacionales. En cuanto a los presidentes, ellos se aprovechan de la noble disposición al patriotismo y la voluntad de la mayoría de los ciudadanos. De otra parte, las grandes empresas, las burocracias partidarias y los lobbies de tipo étnico se enfrentan en un debate en el Congreso y en los medios de comunicación, para determinar el parámetro de las decisiones políticas para la Casa Blanca y ellos lo hacen sin que el público en el sentido más largo pueda participar en el debate. Pero instruidos por el tratamiento superficial que los medios le otorgan al resto del mundo, los estadounidenses dudan de su competencia personal en la política extranjera de su país y ellos prefieren que no les consulten. En un estudio conducido en 1998 por el Carnegie Council on Ethics and International Relations se dio a conocer que la mitad de las personas interrogadas se consideraron insuficientemente calificadas para participar en la toma de decisiones diplomáticas de USA. Sobre la vida política
interna del país, en 1995 un adulto sobre tres era incapaz de citar
un solo país a los que Estados Unidos se enfrentó en la Segunda
Guerra Mundial. El 67 por ciento, no pudieron decir el nombre de su representante
en el Congreso; la mitad no sabían si era demócrata o republicano.
El 54 por ciento, no pudieron dar el nombre de por lo menos dos senadores
y el 40 por ciento, no sabían quien era el vicepresidente de Estados
Unidos. Más de la mitad de los entrevistados ignoraban la función
de la Corte Suprema y el 75 por ciento, no sabían que el mandato
de un senador es de seis años. Y el 40 por ciento, ignoraban que
los republicanos eran la mayoría en el Congreso de Estados Unidos.
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