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Por fin, alguien se acordó de algunos de los usuarios de este zarandeado país, y en este caso el gesto de positividad le correspondió al actual ministro de Transporte e Infraestructura, nuestro amigo Jaime Bonilla. Se anunció, en efecto, que en fecha que ojalá sea muy próxima, dicho Ministerio dictará una resolución para obligar a todos los dueños del Transporte Colectivo, a pagar pólizas de seguros en beneficio de los muchos miles de usuarios que diariamente utilizan ese servicio. Nos parece sinceramente, que es lo menos que gubernativamente puede hacerse para resarcir en algo a las familias de las víctimas totales o parciales, de quienes desde hace muchos años se convirtieron en gamberros del volante. Hablemos por supuesto de esos señores (con las excepciones del caso, naturalmente) que conducen buses, taxis y camionetas de pasajeros, para quienes no existe ni ley, ni orden, ni respeto para la vida y la propiedad de los demás. Sencillamente, con una patente de corso que las autoridades de tránsito de todas las épocas han contribuido a solidificar, esos señores --¿les encajará realmente este vocablo?-- han estado siempre por encima de la ley o en su abierta, franca y hasta burlesca violación. Y esto de ningún modo resulta un insulto de nuestra parte sino el reflejo de una realidad concreta. A esta realidad se han referido en varias ocasiones las autoridades citadas, cuando con estadísticas en mano han reportado que en un 60% los accidentes de tránsito son protagonizados o provocados por vehículos del transporte colectivo. Ya en otras oportunidades hemos escrito sobre las actitudes agresivas, temerarias y hasta criminales que adoptan los conductores de este tipo de transporte -a la cabeza de los cuales y por muchos cuerpos figuran los choferes de buses-, en su trato y relación vial con los conductores que pudiéramos llamar "civiles", y quienes corrientemente tienen que aguantar al menos una mentada de madre, o cuando la suerte le dio la espalda, la violencia y la destrucción del choque. En esos infortunadísimos casos de choques, es definitivamente preferible si usted anda en un carro pequeño y si la avería no es de trascendencia, quedarse callado y largarse lo más rápido del lugar antes que llegue un policía, que usualmente le clavará al civil la culpabilidad por mucho que la haya tenido el busero, porque al inefable juicio de ese solidario representante del orden el civil anda de vago, mientras que el "pobrecito" busero trabaja muchas horas al día. Una anécdota ilustrativa: un mañana, haciendo el recorrido hacia nuestro trabajo, exactamente de la Leche Agria del Cine Salinas 1c. al sur, sentí como que alguien le estaba dando un enorme mazazo a mi viejo y ya desteñido Ladita. Volteo a ver, y el hecho era que un enorme bus blanco y azul atiborrado de pasajeros le había hundido la mitad de la valijera a mi carrito. Medio me salí e intenté protestar al conductor, pero éste con cara de energúmeno engomado, me gritó: viejo hijo de... me estás atrasando, te apartás o te llevo de guinda...! Que cree usted que hice? Sencillamente, terminar de meterme en mi carro y salir a toda prisa del sitio para dejar muy lejos al iracundo y agresivo gamberro. Y por supuesto, asumir el costo de la reparación del daño que tan alegramente me había causado ese delincuente patentado. Me preguntará usted si fuí a poner la denucia al Tránsito, y yo le contestaría que no, porque al final y después de la pérdida de tiempo y de paciencia, el gamberro saldría demostrando que fuí yo el que le dañé el trasero a su bus... ¡Imagínese! Según afirmó el titular del MTI, los que menejan los vehículos del servicio colectivo, serán obligados a transitar en carreteras y ciudades a velocidades de 80 y 40 kilómetros por hora respectivamente, a portar una tarjeta de identificación extendida por el Tránsito; a cumplir de manera radical y estricta con el tiempo de recorrido que les corresponda, y a no sobrepasar la capacidad de los buses en cuanto a carga y pasajeros. Todo eso nos parece una belleza, y por ello felicitamos públicamente al ingeniero Bonilla, deseando fervorosamente que todas esas magníficas normas se cumplan. Y como en la mayoría
de tales normativas de orden deben intervenir las autoridades policiales,
ojalá que para ese importantísimo trabajo se escojan a policías
a prueba de todo, y por lo tanto dispuestos a hacer que la ley y los reglamentos
se cumplan, especialmente cuando tendrán que vérselas con
gente que usualmente han tenido por única ley sus propios caprichos.
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