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Viernes 26 de Febrero 1999 

EL DEMAGOGO COMO ELEMENTO DESTRUCTIVO
DE LA SOCIEDAD DEMOCRATICA
(Tomado del "Diario Las Amérircas", de Miami)
 
Es sumamente conveniente intensificar cualquier esfuerzo en el sentido de eliminar los desbordes demagógicos en todo lo relacionado con las actividades políticas, especialmente en las campañas electorales, porque la demagogia es una enfermedad de la democracia. 

Desafortunadamente, los demagogos profesionales obtienen resultados inmerecidos en materia de clientela electoral, porque saben usar y abusar de las medias verdades y de las expresiones violentas a veces ingeniosas pero siempre destructivas. Y son destructivas no solo contra la persona, grupo o partido atacado, sino también contra la sociedad en general, a la cual, en cierto modo y muchas veces en forma muy significativa, se le envenena y se le frustra. 

Con el cuento de "reivindicaciones sociales" muchos demagogos le amargan la vida a muchas gente sin ofrecer ninguna fórmula positiva para solucionar el problema que se plantea, muchas veces exageradamente. Lanzan una acusación, incurren en una exigencia desproporcionada, debilitando cualquier propósito sano para mejorar las condiciones de vida de los pueblos. El engaño sistemático y la palabra apasionadamente encendida, con cierta sonoridad, aunque no tenga mucho sentido, alientan falsas esperanzas en algunos sectores del electorado, muchas veces en sectores mayoritarios, sin que esas esperanzas puedan ser convertidas en realidades ni siquiera cuando el demagogo alcanza el poder. 

Cuando el demagogo llega a asumir grandes responsabilidades en la administración pública, fracasa con respecto a todo lo que dijo en las campañas políticas, porque lo que prometió era incumplido aún cuando proclamaba su tesis con una gran vehemencia y ofrecía la imagen de una gran rectitud de conciencia y de un conocimiento supuestamente profundo acerca de lo que fue su tesis política, social y económica. 

Para protegerse de los efectos negativos y perniciosos de los demagogos, es preciso una adecuada formación cívica y politicamente doctrinaria, para que cada ciudadano --en la medida de lo posible según sus circunstancias-- pueda analizar cuidadosamente lo que dicen y proponen los políticos. 
Hay que evitar a todo trance confundir al demagogo con el estadista, al charlatan con el dirigente serio, al que tiene conciencia cívica y sentido patriótico y democrático con el que carece de conciencia alguna y solo le interesa el aplauso barato. 

Si la actividad política en sus más altas expresiones no se rodea de sensatez y de prestigio moral, puede llegar a destruír las esencias de una sociedad que quiere ser próspera, libre y civilizada. 
 

  
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