BOLSA DEL RECUERDO
por Joaquín Absalón Pastora
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Jueves 25 de Febrero 1999

CONCIERTOS DE DOMINGO, BAJO EL VIENTO
 

Se nos vienen a la memoria los integrantes de la orquesta del Hospicio San Juan de Dios de la ciudad de León, y la Banda de los Supremos Poderes de la Guardia Nacional, en tiempo de Somoza García.
Se presentaban cada domingo en el Parque Central de León, la ciudad metropolitana, en horas vespertinas que culturizaban a todas las edades: desde niños a longevos. La convergencia vespertina llenaba de lujuria el paraíso auditivo, deseoso de ser visitado por notas que jamás fueron latimadas por el olvido.

Los niños y los ancianos compartían el pan celestial de la música religiosa, la gracia de Dios de la armonía coqueteada por el aire y la alborotada intromisión de los pájaros cuyos trinos desde las ramas vecinas daban al concierto una gracia que enrojecía de euritmia, de baile y de pasión, el consenso armónico. Nada era dislate ni nadie era intruso. La democracia del remanso espiritual, después del alivio de la misa, funcionaba al margen de las manchas. Se silbaba la ternura acompañada de la ausencia de las taquillas. No había boletos de por medio. La gratuidad no tenía límites. Pero el Concejo Municipal de León puso fin a esas tertulias culturizadoras y electrizantes.

En ese tiempo yo estudiaba en el Seminario Menor de San Ramón. Era la institución educativa de mayor prestigio en el país. Los directores eran sacerdotes pedranos, uno de los cuales el Padre Antonio Chavarría, de escasa estatura, sentía profunda admiración por las misas antiguas de palestrina. El recreo en vez de darle "rienda" sin límite al movimiento, se inclinaba, por el contrario: a la contemplación novedosa de las melodías de los barrocos alemanes e italianos. Al alumno niño se le incitaba a cantar en latín y cada cual escogía: o correr con el balón o sumarse al coro de los niños cantores, tradición vienesa que poco cuerpo tuvo en Nicaragua.

Era esa la época del Hospicio San Juan de Dios y la época de la Banda de los Supremos Poderes, calificación por cierto pedante en aquellos tiempos de dictadura familiar con sesgos finalmente decididos a ser dinastas.

Los conciertos dominicales "al aire libre" se extendieron a Managua. La costumbre de dar ilustrativos conciertos gratuitos parecía regir en la mayoría de los departamentos de la República. Sin embargo Managua, León y Granada, las tres principales eran sedes más continuadas en este hábito olvidado de regalar música culta cada domingo. En la amplia casa colonial de León cuatro funciones debían requerirse para pasar un buen domingo: ir a misa, desayunar con nacatamal en rito alborozado de familia, hacer la siesta e ir por la tarde al concierto gratis o al cine.

Por aquellos tiempos todavía nos gobernaban inevitablemente los alientos triunfalistas dejados por la culiminación de la segunda guerra mundial. Es así como repercutían con resonancia atiplada: Barras y Estrellas de Juan Felipe Souzza. La interpretación de la Banda de los "plenos poderes" nos transmitía una beligerancia momentánea que no cuadraba con la humildad inédita de quien la llevaba sin sentirse obligado a exteriorizarla, simplemente porque la modestia se resistía al trámite de vanidad alguna.
Imaginábamos el metal corpulento de la guerra cuando los aliados anunciaban la presencia de la libertad ante la derrota de Hitler. Eran esos días. Nos invadían las notas corpóreas del soldado que acababa de entrar con sus ribetes incontrovertibles de tallacán invulnerable, de heredado por las glorias del combate.

El abuelo contaba sus anécdotas. Eran glorias para sus vuelos finales. Y cada una de ellas estaba cargaba de sedimentos belicosos y también de pausas en las cuales alcanzaban onzas de amor.
Algunas veces estremecían las trompetas de Wagner, preferidas por Rubén Darío cuando les rinde pleitesía con solo una expresión: Ah: "las tompetas de Wagner".

En los pequeños pueblos "el concierto dominical era tocado por los "chicheros". El platillo, el bombo serioso y profundo con su tonalidad de abismo, con su circunspecta tesitura de viejo, su afán de mostrar barba cuando no hay nada más llano que las superficie percusiva.

Viento metal y madera esculpían la fulguración excepcional del domingo.

Tantos años han pasado. Los parques toman y retoman el silencio. Las aguas sonoras no se contonean en sus fuentes.

Los abuelos y los nietos estuvieron mancomunados por esta tradición en fatal desuso. Los dos extremos se alimentaron durante muchos años de esa piñata de armonías quebradas. Armonía en vez de confites.

Otro compositor tocado, no solo de marchas triunfales, era Franz Vou Suppe, de estilo aparentemente ligero. Había en la asistencia surtido de gustos, curiosos, paseantes esporádicos, aficionados tanto a la música popular como a las inclinaciones livianas digeribles dentro de lo selecto.
En lo ligero penetrante, es prototípico Franz Von Suppe, autor de oberturas pegajosas para las cuales el oído es un inmediato anfitrión. ¿Quiénes no "tarareaban" antes: Poeta y Aldeano o Caballería Rusticana? El oído absorbe con el patrocinio del silencio. Habían acuerdos espontáneos para cerrarse cada cual la boca.

Y tampoco fallaban los de adentro con sus rasgos insoslayables, nuestro Straus en el esperma típico y nuestro Strauss es también José de la Cruz Mena.
Todos estaban en estos conciertos.
¿VOLVERAN?

 

  
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