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Miércoles 10 de Febrero 1999 *** El argentino Oliverio Girondo (1891-1967) está asociado más que nadie, en el Cono Sur, al movimiento de vanguardia de los años 20. El como Gómez de la Serna en España (escritor que, dicho sea de paso, supo valorarlo y apreciarlo en todas sus dimensiones) representa el espíritu vanguardista más irreverente y lúdico, hasta el extremo que, al contrario de muchos de sus compañeros, como Jorge Luis Borges por ejemplo, que comenzó siendo ultraísta y terminó en el más helado y nacional clasicismo, se mantuvo, a lo largo de toda su vida, fiel a sus principios iconoclastas, siempre en una actitud crítica frente al lenguaje, siempre experiementando como un aventurero, haciendo surgir el mundo de la nada. Si hay alguien que se parece a él sería el chileno Vicente Huidobro, teórico y principal protagonista del creacionismo aunque, evidentemente el argentino no tiene un poema de la categoría y la trascendencia de "Altazor". Precisamente traigo a colación esto para decir que a Girondo nunca le interesó la obra acabada, perfecta, redonda, orgánica. Todo lo contrario: es un maestro del fragmento, del aforismo, de los aerolitos como los del español Carlos Edmundo de Ory. Un autor de instantáneas, estampas anotaciones breves, y quizá sea por eso por lo que tanto lo admiraba Gómez de la Serna, el inmortal autor de las Greguerías, quien se lamentaba del olvido y el silencio que rodeó su obra. No es el único vanguardista puro que ha tenido este destino: sabemos que muchos otros en casi todos los países de América Latina, se han sumido en el olvido. Por eso es tan importante el libro que comento: nada menos que las Obras Completas del Ché Girondo, publicadas por la prestigiosa editorial Losada (Sexta edición, 1994, Buenos Aires), editorial que se ha caracterizado por publicar las obras completas de poetas como Neruda, Alberti, Borges y otros. La edición es preciosa y se reproducen las portadas e ilustraciones de sus primeros libros: Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922), Calcomanías (1925), Espantapájaros, (1932). Un denso estudio de Enrique Molina (uno de los grandes poetas argentinos contemporáneos) nos ilumina los diversos aspectos de su itinerario poético que finaliza con los poemas de En la masmédula. En esos poemas, según dice Molina, "el sentido no se tiende linealmente para ser captado como a lo largo de un riel, actúa más bien como un remolino, un sismo síquico sin tregua en el que el intelecto y la sensibilidad son agitados al unísono"... Aparte de las obras poéticas propiamente dichas, lo más conocido de Girondo, la recopilación contiene Membretes, reunión de aforismos sobre diversos temas aparecidos originalmente en publicaciones periódicas dispersas. Reflexiones de eufórico tono nietzscheano. Espantapájaros, 24 textos en prosa poética configuradores de un espacio psicológico con visiones del Absurdo, textos (y no sé si alguien lo ha dicho antes) que preceden toda una zona de la literatura fantástica que se cultivaría posteriormente (Cortázar, Ribeyro, Arreola). Asimismo, Interlunio (1937), extraño y alucinante relato sobre el fracaso humano. La lectura de las obras completas
de Girondo nos ofrece el testimonio de un alma rimbaudiana atormentada,
enfrentada con sus fantasmas y censuras. Un escritor que, desde la época
del movimiento "Martín Fierro", se insertó en el movimiento
vivo de la lengua, en la experimentación estética constante,
criticando e impugnando lo estático, lo conformista: "Yo no tengo
ni deseo tener sangre de estatua", decía. Sería interesante
emprender un estudio sobre la presencia de Girondo en la llamada antipoesía
de los años 60 y 70. Igualmente interesante cotejar su obra con
la de los iniciadores de la vanguardia en Nicaragua y Mesoamérica
en general, cuyos alcances y aportaciones están todavía sin
definir o simplemente dejados al olvido.
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