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Nadie que por lo menos una vez haya leído la historia del periodismo en el mundo ignora que allá en los albores de la Revolución Francesa, los grandes pensadores que precedieron al estallido de La Bastilla, forjaron el periodismo de opinión y con sus luces dignificaron el oficio, caracterizado hasta entonces por la difusión de gacetillas y hasta noticias que ya desde aquella época "nacían y morían todos los días", sin aportar nada a la cultura, más bien obviando ésta por omisión o ignorancia. Sería el norteamericano William Randolph Hearst quien trajo a las páginas impresas el amarillismo o sensacionalismo, flagrante aberración del papel informativo y orientador que hasta su aparición venían cumpliendo los periodistas serios y responsables. Y con base en esta aberración se pasó del periodismo como cruzada, como gran causa por la libertad, al periodismo industria y el periodismo-comercio. Dicho con otras palabras del periodismo como idea se devino al periodismo como mercancía. De lo que aquí decimos hablan in extenso dos grandes franceses: Jacques Kayser y Edgard Morin. El primero en su libro "Mort d´une liberté" que en sus momento fue una campanada de advertencia a esta deformación y, el segundo en una frase tan certera como inolvidable. "En una palabra, dijo, lo que era creación en el dominio del espíritu tendió a convertirse en producción". Y en algo peor, agregamos nosotros, los medios de comunicación habrían de ser convertidos en instrumentos de engaño a lectores, oyentes o televidentes, utilizándoseles como armas mediante las cuales desahogar pasiones y ambiciones de carácter político-partidario y económico. Y se inventaron los estereotipos que las gentes se hacen de personajes víctimas de la deformación periodística. Al efecto es necesario y
útil establecer que el estereotipo perfecto es aquel que precede
a la irracionalidad y que, en primera y última instancia, conduce
o induce a forjar una opinión pública con base en informaciones,
generalmente falsas. Tiende a efectuar un lavado de cerebro colectivo.
Este pandemonium de irracionalidad que se presenta como periodismo, se traduce en imágenes, lemas, consignas, slogans, afiches, carteles, fotografías, caricaturas, títulos, apodos, prejuicio solemnes con aire marcial, despliegue o ignorancia de la noticia, exageración o ignorancia de lo ocurrido, todo lo cual somete a la sociedad a un foco de perturbación para la convivencia nacional. Expresado en otra forma se produce una alienación informativa en gran escala que en definitiva, al no expresar la verdad, obstaculiza cualquier proyecto que se tenga para ayudar al prójimo en su heróica jornada cotidiana. Hearst llevó a su país, Estados Unidos, a la guerra contra España con su sensacionalismo y a pesar de las grandes tiradas que alcanzó su periódico jamás llegó a tener las respetabilidad y credibilidad que hasta el presente ostentan, por ejemplo "The New York Times" y "The Washington Post", en la propia nación norteamericana, o el "Time" de Londres, "Le Monde" de París o "El País" de España. Un joven censor de periódico de la época del FSLN en el poder nos viene diciendo ahora (también en la BOLSA) que al periodismo nicaragüense actual corresponde al papel de denunciador de las supuestas arbitrariedades que, a su entender se cometen por parte de la administración en el ejercicio del poder. Este joven, pese a su juventud, pareciera haber perdido la memoria ya que él se daba el lujo de suprimir noticias veraces de los periódicos circulando durante su reinado. Lo cito porque deviene en prototipo de los acusadores del presente de los políticos que pusieron bozales a la libertad de expresión y de los periodistas que creímos en los cantos de sirena, de que ellos redimirían al país de los desmanes del somocismo. Del drama naciona lo perpetrado durante la década perdida, nuestro país y afortunadamente la mayoría de los nicaragüenses (cerca de 700 mil que votaron liberal el 20 de octubre de 1997) estamos decididos a alcanzar la reconstrucción y transformación que el propio país demanda. Ninguno de nosotros desconoce que la campaña periodística-política desatada contra la familia de abogados a que se refiere Zelaya, y de la que es cabeza el Presidente de la República, tiene como objetivo un inalcanzable retorno al poder de quienes en 10 años de gobierno se convirtieron en millonarios, traicionado los ideales de un pueblo que les creyó mesías. La práctica del descrédito y de la detractación política a través de los medios de comunicación, no es solo ahora que se ejecuta. Viene de largo en las continuas luchas de poder que sucesivas generaciones de compatriotas protagonizaron. Ninguna generación
de colegas, sin embargo, tuvo ocasión, como ahora, de poner su contingente
en la rectificación histórica de los errores pasados y del
daño que se infringía a la Patria precisamente porque se
colocaba la ambición política por encima de los intereses
nacionales. Todos debemos comprender que hemos o que somos protagonistas
de una nueva era que deja atrás -y ojalá que para siempre-
la detractación de quienes consideramos adversarios para eliminarlos
del escenario político.
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