Un
año de prisión para Mike Tyson. ¿Otra vez?. Por favor,
quieren hacerlo explotar... No, el culpable, como siempre, es el propio
Tyson... El agredió a dos conductores durante un incidente y deberá
entrar posteriormente a una etapa de libertad condicional... A los 32 años,
Tyson sigue derramando el vaso.
Por una razón u otra,
Tyson sólo peleó 27 rounds en los últimos siete años.
Pero sigue siendo la mayor atracción. Cuando boxea, lo que sucede
es sumamente impresionante en todo sentido atlético. Sumamente impredecible
en el sentido teatral también. Entre asaltos hay, por una razón
u otra, largos períodos de descanso, llenos del tipo de distracciones
que tienen más que ver con el entrenamiento de la prensa amarilla
que con los deportes.
Y siempre está el
sentimiento de que alguna vez su brillante carrera -en realidad su vida-
se ha convertido sólo en un espectacular despliegue de destrucción,
en una parábola de fines del siglo 20 que nos advierte acerca de
la debilided de nuestros talentos, acerca de la fragilidad de nuestro contrato
con la civilización.
Sin embargo cuando Mike Tyson
entró al cuadrilatero en su reciente pelea con Francois Botha, todos
estuvieron mirando. ¿No es cierto? Mientras hacían cola para
comprar entradas de 1,200 dólares en los asientos alrededor del
cuadrilátero, o mientras pagaban 49 dólares por nuestro sietema
televisivo (pague por ver), podríamos habernos preguntado que es
lo tan interesante acerca de su... confusión.
A los 32 años, Tyson
no había peleado en 18 meses, venía de dos derrotas (la segunda
más horrorosa que la primera), y carga con pleitos judiciales pendientes.
Aún así es el deportista más exitante y provocador
-testimonio de lo cual son los 10 millones de dólares que obtuvo
por pelear con un adversario sin brillo-. No tiene sentido preguntarse
por qué, a menos que estemos listos para examinar nuestros corazones
con el mismo fervor con que examinamos el suyo. Tiene que haber algo en
nosotros también, algo que nos haga reaccionar ante su perverso
carisma, algo más allá de nuestra apreciación por
la dominacion animal que solía personificar. Nada resulta tan fascinante
como la entrega humana, en especial cuando se produce a una cierta distancia.
Tyson está perturbado
por su pasado por supuesto. La violación, los tiempos en prisión,
cualquiera de los tan variados y sórdidos incidentes fuera del ring,
la verdadera traición a su deporte cuando mordió las orejas
de Evander Holyfield y fue expulsado del juego. También está
confundido por la persistente atmósfera de paranoia y cinismo que
él no creó, pero que sí sufrió durante su anterior
regreso cotizado en 100 millones de dólares. Además están
los vestigios de la humillación de su reciente sometimiento ante
las autoridades del estado, solo para que le devolvieran su licencia para
boxear.
Es una historia espantosa
que no hace más que perseguir a una persona y envenenar su futuro.
Entonces Tyson se sienta en el banco de un gimnasio en Phoenix, un edificio
de ladrillos donde cada mañana se encienden las estufas de cada
espacio y fabrica una coraza para enfrentar el odio que le espera allí
afuera; a veces con resentimiento, a veces con aceptación.
Está tan inmerso en sus propias emanaciones de ira que apenas puede
respirar. "Nadie me quiere", dice mientras mide el umbral de su interlocutor
para resistir su melodrama, mientras mide cuanta tristeza y melancolía
podría encontrar razonable. ¿Nadie en absoluto? "Nadie. Nadie
me ha querido en tanto tiempo que ya me acostumbré".
De todos modos, hay a su
alrededor una familia totalmente funcional y algunos seguidores consejeros
bien intencionados, ¿Nadie en absoluto? Eso es demasiada tristeza
aún en estas circusntancias, y él se da cuenta, "Los niños
me quieren". Pero luego agrega: "No conocen nada mejor". Es una forma fingida
de autocompasión, un mecanismo de defensa muy útil. Aún
así cuanto más lo agranda, hay menos y menos interés.
Mientras que el boxeo continúa beneficiándose con las ganancias
del gran negocio de Tyson, la realidad es que ya no es tan malévolo.
Todavía puede hacer explosión -en ese terreno no es muy seguro
y su gente sabe muy bien que puede estallar en cualquier momento- pero
se inclina más a buscar la aprobación que el desprecio que
una vez lo aniquiló.
Esto se refleja, por cierto,
en su nuevo promotor, Don King, el creador del retorno de Tyson después
de la prisión presentándolo como la peor pesadilla del mundo,
ya no está. El co-manager John Horne, cuyo enfoque belicoso de las
relaciones públicas hacía que Tyson se viera como la peor
pesadilla del mundo, tampoco está. Efectivamente, esos dos, junto
con otro ex-comanager Roy Holloway, fueron demandados por Tyson por tomar
más de lo debido de sus bolsas, a pesar de que ese podría
ser uno de los pecados más leves. Tampoco están los serviles
entrenadores, Jay Bright y Richie Giachetti que no lograron conectar
a Tyson con su estilo juvenil, en el que la acumulación de trompadas
y no un golpe violento aislado, significaban la espectacular ruina de los
oponentes.
En su lugar hay una comitiva
de desacuerdo con el anterior Team Tysons. Shelly Finkel, un empresario
de Nueva York que promocionó a Holyfield por 10 años, es
el principal cuidador, y su optimismo a veces hasta contagia a Tyson. Tommy
Brooks, que estaba en el rincón de Holyfield en ambas demoliciones
de Tyson, es ahora entrenador de las no tonterías de Tyson. A pesar
de que Brooks reconoce haber llegado "a extremos" para entrenar al aún
volátil Tyson, es entusiasta en cuanto a devolverle su poder, esa
habilidad de "desplegar a alguien una y otra vez como sucedió con
Botha no bien recibió una mano".
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