DEPORTES-  AL BOLSAZO
--Por el Extra-Terrestre-- 
Edgard Tijerino
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Lunes 8 de Febrero de 1999.  
 
Un año de prisión para Mike Tyson. ¿Otra vez?. Por favor, quieren hacerlo explotar... No, el culpable, como siempre, es el propio Tyson... El agredió a dos conductores durante un incidente y deberá entrar posteriormente a una etapa de libertad condicional... A los 32 años, Tyson sigue derramando el vaso.

Por una razón u otra, Tyson sólo peleó 27 rounds en los últimos siete años. Pero sigue siendo la mayor atracción. Cuando boxea, lo que sucede es sumamente impresionante en todo sentido atlético. Sumamente impredecible en el sentido teatral también. Entre asaltos hay, por una razón u otra, largos períodos de descanso, llenos del tipo de distracciones que tienen más que ver con el entrenamiento de la prensa amarilla que con los deportes. 

Y siempre está el sentimiento de que alguna vez su brillante carrera -en realidad su vida- se ha convertido sólo en un espectacular despliegue de destrucción, en una parábola de fines del siglo 20 que nos advierte acerca de la debilided de nuestros talentos, acerca de la fragilidad de nuestro contrato con la civilización.

Sin embargo cuando Mike Tyson entró al cuadrilatero en su reciente pelea con Francois Botha, todos estuvieron mirando. ¿No es cierto? Mientras hacían cola para comprar entradas de 1,200 dólares en los asientos alrededor del cuadrilátero, o mientras pagaban 49 dólares por nuestro sietema televisivo (pague por ver), podríamos habernos preguntado que es lo tan interesante acerca de su... confusión. 

A los 32 años, Tyson no había peleado en 18 meses, venía de dos derrotas (la segunda más horrorosa que la primera), y carga con pleitos judiciales pendientes. Aún así es el deportista más exitante y provocador -testimonio de lo cual son los 10 millones de dólares que obtuvo por pelear con un adversario sin brillo-. No tiene sentido preguntarse por qué, a menos que estemos listos para examinar nuestros corazones con el mismo fervor con que examinamos el suyo. Tiene que haber algo en nosotros también, algo que nos haga reaccionar ante su perverso carisma, algo más allá de nuestra apreciación por la dominacion animal que solía personificar. Nada resulta tan fascinante como la entrega humana, en especial cuando se produce a una cierta distancia.

Tyson está perturbado por su pasado por supuesto. La violación, los tiempos en prisión, cualquiera de los tan variados y sórdidos incidentes fuera del ring, la verdadera traición a su deporte cuando mordió las orejas de Evander Holyfield y fue expulsado  del juego. También está confundido por la persistente atmósfera de paranoia y cinismo que él no creó, pero que sí sufrió durante su anterior regreso cotizado en 100 millones de dólares. Además están los vestigios de la humillación de su reciente sometimiento ante las autoridades del estado, solo para que le devolvieran su licencia para boxear. 

Es una historia espantosa que no hace más que perseguir a una persona y envenenar su futuro. Entonces Tyson se sienta en el banco de un gimnasio en Phoenix, un edificio de ladrillos donde cada mañana se encienden las estufas de cada espacio y fabrica una coraza para enfrentar el odio que le espera allí afuera; a veces con resentimiento, a veces con aceptación.  Está tan inmerso en sus propias emanaciones de ira que apenas puede respirar. "Nadie me quiere", dice mientras mide el umbral de su interlocutor para resistir su melodrama, mientras mide cuanta tristeza y melancolía podría encontrar razonable. ¿Nadie en absoluto? "Nadie. Nadie me ha querido en tanto tiempo que ya me acostumbré". 

De todos modos, hay a su alrededor una familia totalmente funcional y algunos seguidores consejeros bien intencionados, ¿Nadie en absoluto? Eso es demasiada tristeza aún en estas circusntancias, y él se da cuenta, "Los niños me quieren". Pero luego agrega: "No conocen nada mejor". Es una forma fingida de autocompasión, un mecanismo de defensa muy útil. Aún así cuanto más lo agranda, hay menos y menos interés. Mientras que el boxeo continúa beneficiándose con las ganancias del gran negocio de Tyson, la realidad es que ya no es tan malévolo. Todavía puede hacer explosión -en ese terreno no es muy seguro y su gente sabe muy bien que puede estallar en cualquier momento- pero se inclina más a buscar la aprobación que el desprecio que una vez lo aniquiló.

Esto se refleja, por cierto, en su nuevo promotor, Don King, el creador del retorno de Tyson después de la prisión presentándolo como la peor pesadilla del mundo, ya no está. El co-manager John Horne, cuyo enfoque belicoso de las relaciones públicas hacía que Tyson se viera como la peor pesadilla del mundo, tampoco está. Efectivamente, esos dos, junto con otro ex-comanager Roy Holloway, fueron demandados por Tyson por tomar más de lo debido de sus bolsas, a pesar de que ese podría ser uno de los pecados más leves. Tampoco están los serviles entrenadores, Jay Bright  y Richie Giachetti que no lograron conectar a Tyson con su estilo juvenil, en el que la acumulación de trompadas y no un golpe violento aislado, significaban la espectacular ruina de los oponentes.

En su lugar hay una comitiva de desacuerdo con el anterior Team Tysons. Shelly Finkel, un empresario de Nueva York que promocionó a Holyfield por 10 años, es el principal cuidador, y su optimismo a veces hasta contagia a Tyson. Tommy Brooks, que estaba en el rincón de Holyfield en ambas demoliciones de Tyson, es ahora entrenador de las no tonterías de Tyson. A pesar de que Brooks reconoce haber llegado "a extremos" para entrenar al aún volátil Tyson, es entusiasta en cuanto a devolverle su poder, esa habilidad de "desplegar a alguien una y otra vez como sucedió con Botha no bien recibió una mano".
 

 
 
 
 
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