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Viernes 5 de Febrero de 1999

VIAJANDO CON LA PELONA
Franz Galich
(ULTIMA PARTE)
Al ver sus intenciones frustradas y gracias a la oportuna intervención de una señora vende periódicos que organizó el atolladero, el comisionado regresó al bus, que a todo eso ya no podía recibir ni un alfiler más. Cernícola y energúmeno iban felices, pues en esa vuelta se iban a sacar, por lo menos sus mil bolas.

Fue así como llegamos a la altura de Catedral --por aquello de los milagros-- y después de descargar --como dice el Güegüense-- a varios resucitados en las inmediaciones del temido Barrio Dimitrov --no por lo del incendio al Raistag, sino por la tamalada que allí cohabitan--, al cernícola le salió la brillante idea de apoderarse de un pobre gallo que andaba, haciendo qué, y llevárselo en el bus, que a todo ésto ya corría raudo y veloz, hacía un posible desenlace.

Y se dió, llegó, no tan callando, pues la bulla era ya insoportable --nunca creí que el límite estuviera tan alejado del límite--: un caballo, (caballo-caballo) se atravesó porque comprendió que el semáforo le estaba dando la pasada. El conductor, perdón, energúmeno, no se percató y al pasarse la roja, pues había que pelear pasaje, impactó al noble equino.

Frenar y despanzurrar al cuadrúpedo fue una sóla. La gente salió disparada por los aires, por las ventanillas y las puertas.

Calleron unas sobre otras, quebrándose dientes, brazos, piernas y caderas. No hubo ni un muerto, excepto el caballo.

El cernícola salió corriendo a todo mamón, lo que el Comisionado interpretó como que quería huír de la escena del crímen (no olvidar que el cuerpo de un ser de tracción sanguínea se encontraba en el adoquín, despanzurrando). Cuando le dio alcance el cernícola ya venía de vuelta. Lo detuvo y le dijo que por qué huía. A lo que respondió el aludido: "Yo sólo andaba marcando la tarjeta, no ve que si nos pasamos del minuto nos decuentan en cada vuelta."

Desanimado regresó el Comisionado a la escena del terror automovilístico y se encontró con la grata noticia de que no habían muertos ni quebrados, sólo magullados y tamaleados.

Parece ser que en el burun-bun-bun, alguien se dedicó al peligroso pero gratificante trabajo.
Como pudo, el energúmeno puso en marcha el motor de nuevo, aumentó el volúmen y partió con velocidad de alma que lleva el diablo. Unas pobres viejecitas que habían salido volando por una ventana le gritaron: "¡Devuélvame mis reales, tamal, ladrón, abusivos!" A lo que contestó el cernícola: "¡Y quién les mandó bajarse, abuelitas pendejas!".

Finalmente pude llegar a mi destino, una hora después de que había abordado el bus en el otro extremo de la ciudad. "Y nos tardamos por lo del caballo, se jactaba el cernícola, mientras otra viejitas empezaban el tercer rosario en rogativa para llegar con vida a sus casas. 
 

 
 
 
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