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Jueves 4 de Febrero de 1999 Al principio todo marchaba bien. Iba sentado, no tan cómodamente, pero en fin, sentado. Poco a poco el bus se fue llenando de gente. Olvidaba decir que eran las cinco de la tarde, ¡las cinco en punto de la tarde! ¡Las cinco en punto de la tarde! El Chofer (¿puede llamársele chofer al enjendro que conducía?) llevaba la radio a todo volúmen, escuchándo la Radio Tigre, La mera-mera. El ayudante del patíbulo, digo bus, chiflaba y gritaba como un cernícola, anunciando los lugares por donde pasaba la carretera nahua, digo, transporte colectivo. La gente subía y subía y el bus seguía vacío a los ojos del cernícola que no paraba de gritar: "¡Avancen para atrás, que atrás está vacío!" "¡No se queden en la puerta que atrás hay puerta para bajar!" Y la gente seguía subiendo. El energúmeno que conducía se metía por acá y acullá, esquivando autos, ciclistas, motoristas y peatones. Los hoyosa de la luna, digo calle, se los pasaba en puro claro. Los hierros crujían, lo mismo nuestros riñones. Nadie hablaba, todos rezábamos, porque a esa hora, como a las cindo y quince, ya nos habíamos dado cuenta del serio error que habíamos cometido al abordar ese catafalco. Una abuelita como de ochenta años (no se que andaba haciendo la anciana en ese chunche, tal vez la confundió con la barca de Caronte) pidió "¡Paradaaaa! Y le respondió el cernícola: ¡A qué horas, madre! ¡estuviera! ¡Ay hijo, qué barbaridad, si no ves que ya son ochenta abriles los que cargo a tuto! ¡Pues pareciera que aquí en el bus los ha pasado! Algunos tontos todavía tuvieron ánimos de celebrarle la ocurrencia contra la pobre anciana, a quien, dicho sea de paso, la fueron a dejar como a cinco cuadras de su parada. En eso, mis ojos no salían de mi asombro: en una de las paradas se sube nada menos ni nada más, que el Comisionado Franco Montealegre. Todo parece indicar que se quiso hacer el importante no pagando, pues supuso que siendo quien era, el cernícola lo iba a perdonar, pero qué va: "¡Ese manga chinga, que pague, que no ande de tamal!" La radio seguía volando merengue, literalmente habalando. El energúmeno miraba un reloj y le decía al cernícola que ya sólo les quedaba un minuto. "No hay falla, loco --le decía el susodicho cernícola--, llegamos. A todo eso, llegamos al Mercado Oriental y fue la de San Quintín: había como cien taxis, entre legales e ilegales --según la nomenclatura introducida por tránsito-- que querían pasar, para agarrar pasajeros. Como cinco buses atravesados en la mera bocacalle. Las pitoretas competían con los rugidos de los cantantes de la radio ya saben. Entonces
sucedió la primera cosa insólita, pues lo atestado y apestado
del bus es babosada, ya de sabido se calla. El Comisionado como pudo --pues
tiene, al parecer varios cursos de supervivencia en la selva-- se bajó
y se encaminó a dirigir el tráfico para ordenarlo, no sin
antes tomar el número de dos policías que estaba tomándo
chicha en uno de los famosos carretones del Oriental.
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