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Jueves 4 de Febrero 1999 Antes de sentir su historia, factor nutriente de la cultura, colinas y puñados de tierra habitada sobre el Río Tajo, preludian desde el aire a una ciudad vigilada por la belleza. Lisboa, la capital lusitana, se nos ha metido por la vía de los ojos y lo que entra por ahí, se queda. Ver las venas y el paisaje vivo esparcido en tantos colores y milenios, no guarda correspondencia con la succión de la lectura, aunque sea de varios tomos. Antes de advertir personalmente esta flor de azul y de plata del Atlántico, gozada por los poetas, no podíamos expresar el testimonio de la razón por la cual Lisboa ha sido tan homenajeada por los cantores: "Lisboa antigua y señorial". Y es que la ciudad ha sido privilegiada desde el nacimiento sobre colinas y a la vera del imponente "Tajo" cruzado por un puente colgante que se nos ocurrió gemelo al de San Francisco. Los andrajos de la edad de bronce descubren el piso donde se sienta Lisboa. La belleza unida justifica la proliferación de las leyendas y el temperamento prolífico de la poesía de Camoens a quien vimos durmiendo el sueño eterno en el monasterio de Los Jerónimos (1,502) donde reposa Vasco de Gama entre gótico y renacentismo. Los poemas los leemos en piedras tomadas por la repentina inspiración de pascones: "Lisboa construída en marfil sobre colinas de oro, en sueño o realidad". No puede compaginarse el olvido contra la antiguedad en esta ciudad por la razón de abundar los azulejos conmemorativos y de las murallas visigóticas de la añosa capital. De ahí que las generaciones, más la afluencia del turismo internacional amante de ilustrarse por conducto de la comprobación, vayan renovando la presencia de esta octava maravilla, criterio expresado por Tirso de Molina en el "Burlador de Sevilla". Cuando concurrimos a estas latitudes europeas, nos interesa introducirnos a la raíces -a lo muy anterior a lo moderno- sobre todo en Portugal. Y quién no se apuntaría a transitar sobre las plantas del castillo San Jorge, punto de partida de la creación amurallada. Son dos las Lisboas: la gente busca el Tajo y ello por una sucesión de terremotos, que han tenido mucha relación con las modificaciones sufridas por la estructura lisboeta. Uno de ellos (1.755) lo que los cantadores locales consideran "una dolorosa interrupción pambolina, base para la modernización, eso ha permitido la presencia del entorno y del dintorno lo cual yuergue al castillo, visible desde cualquier punto donde se ve la diadema de su penacho. Quienes guían nos informan que la fortaleza fue rehabilitada en 1947, bajo la inspiración de celebrar ocho siglos de la conquista de Lisboa. Arriba la cumbre de San Jorge, abajo El Tajo, perplejidad de agua fluvial con agua de mar, dos panoramas ineludibles de verse. Binomio entrañable. Pero no puede omitirse a la catedral lisboeta (injusto sería hacerlo respecto de cualquier catedral europea), no puede dejar de afirmarse la admiración estupenda motivada por "la mano de obra" de la época, edificada, reedificada, víctima de la cólera terráquea, no obstante resurge su originalidad. Nos acercamos a las ventanas románticas. Inevitable desde ahí no contener otro repaso visual al Tajo. Bajamos a la capilla gótica y a las losas sepulcrales. Dejamos como recuerdo una oración. Cuando se abre tanta tersura, resulta difícil evitar la solidez del amor, y de Sintra qué afirmar? deficiente sería abstenerse de generalizar, por cuanto detallar no es posible en la brevedad de un artículo. Sintra, vecina de Lisboa es una sierra colosal. Bayron la llamó "Glorioso Edén". El señorío a plenitud está configurado por el verde excepcional y los entornos antiguos del Parque de Pena, las fuentes, los árboles a prueba de siglos, los palacios reales, los castillos. Cuán difícil es la transcripción de este hechizante relieve. Es preciso solicitar apoyo a la máxima capacidad de los ojos y de la imaginación para lograrlo. Nunca olvidaremos la fisonomía
manuelina, rumor, del océano, tallado en las paredes del siglo quince.
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