OPINIONES
MIRADOR SEMANAL
por Manuel Eugarrios
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Miércoles 3 de febrero 1999
POR ENESIMA VEZ: ¿CUANDO LAS OBRAS COMPLETAS DE RUBEN DARIO?
 

Pasó el somocismo, pasó el sandinismo, pasó Doña Violeta, y seguimos esperando la gloriosa fecha en que se editen en papel modesto y se vendan a precios populares las obras completas de don Rubén Darío, el máximo héroe civil de Nicaragua.

Siendo hoy un poco más realistas, y aunque se trata de varios volúmenes, tal vez el Director del Instituto Nicaragüense de Cultura logre que el Estado lo respalde para al menos la edición completa de sus libros en prosa.

Decimos al menos su obra en prosa -campo en el que también renovó la lengua española-, por cuanto, aún cuando no ha sido en la magnitud deseada, la poesía del bardo rey es un tanto más conocida por ciertos sectores de la sociedad nicaragüense, pero lo ideal, repetimos, es que se gestione y se trabaje por conseguir la edición de las obras completas -verso y prosa- del que fuera en su momento el más grande poeta de América y de España.

Es indiscutible y claramente obvio, en los anales de nuestra propia historia cultural y patriótica que la edición total de sus libros, después de 83 años de fallecido Don Rubén, continúa siendo hasta el día de hoy una deuda nacional pendiente de los gobiernos que se han sucedido a partir de 1916, así como Crisanto Medina deliberadamente y por mera envidia, hacía que se le atrasaran y complicaran a Darío sus sueldos de embajador de Nicaragua en España.

En fin, con los infinitos y renovados deseos que algún gobierno cumpla con esa deuda de honor y dignidad con el más grande de los nicaragüenses, seguidamente ofrecemos algunas anécdotas, gustos y decisiones personales de Rubén Darío, que hemos entresacado del libro "Acompañando a Francisca Sánchez" de la escritora española Carmen Conde, a quien en Madrid tuve el gusto de conocer y tratar junto con su marido Antonio Oliver Belmás, quienes fueron los primeros Directores del Instituto Archivo Rubén Darío ubicado en la capital de la Península.

Empecemos con la leyenda del trago, y que fue en estado de embriaguez que compuso sus mejores poemas.

Si tal aseveración tuviese alguna dosis de verdad, se daría a entender entonces que el pobre poeta -pobre por las terribles carencias que sufrió- bebía a cada instante y que a lo largo de su complicada existencia vivió permanentemente embriagado.

Con esto, naturalmente no estamos negando -Dios nos libre!- la bohemia en que se consumió el poeta principalmente en sus años europeos y que finalmente fue la que se lo llevó a la tumba, bajo un plan que según se cuenta en la citada obra fue urdido por su flamante esposa Rosario Murillo, aunque nosotros nos inclinamos a creer que el vate, sintiendo que ya las fuerzas se le debilitaban cada día y sus problemas hepáticos se recrudecían, de buena gana emprendió el viaje de regreso a su Nicaragua natal que sería el último y definitivo, pasando antes por New York y Guatemala. Pero, además, hizo el viaje a Nicaragua por un irrefrenable temor a la primera guerra mundial.

Al contrario de la leyenda, tan popular incluso entre muchos nicaragüenses, Francisca afirma con entereza a Carmen Conde que Rubén, como sistema no tuvo necesidad de alcohol para escribir y que, al revés, siempre escribió sus mejores obras ya recuperado y después de lo que él llamaba sus "crisis" agregando que de hecho se pasaba tres meses o seis sin ingerir licores fuertes, y a veces se contentaba con beber vino de farmacia.

Esto lo comprueba fehacientemente el escritor español Juan Sureda, que en carta al amigo común Julio Piquet, y luego que Darío ha pasado en Valldemosa una parranda consecutiva de once días, narra lo siguiente:

¡Dejó éste (Rubén) de nuevo el alcohol. Volvía a una nueva vida. Escribió prosa y versos. De éstos unos titulados "La Cartuja", que quizás es lo mejor que ha escrito. De forma impecable!.

Su hermana Lola Sarmiento en carta a su ya famoso pariente refiere esta entrañable anécdota cuando Rubén andaba en 3 años: "En una ocasión te llevaron al templo. Tendrías tres años, pero hablabas muy bien cuando empezaron a reventar cohetes, saliste corriendo para la puerta de la iglesia, pues eras muy valiente para esto, y al salir se te cayeron los calzones de la carrera que llevabas. Un señor respetable, no recuerdo quien, se puso a reir al verte corriendo con los calzones en las manos, y al ver tú que se burlaba de tí, se te fue el miedo y parándotele por delante le dijiste lleno de cólera: "Por qué se ríe usted de mí? Quiere ver usted que soy hombre?".

En cuánto al atuendo personal, fue un hombre muy elegante a quien siempre le gusto vestirse con toda corrección. Para tener una idea de esto, hay que destacar que cuando vivía en Madrid, su sastre era el mejor de la Corte. En fin, era sumamente escrupuloso en su limpieza personal, y dispensaba especial atención a sus pies y sus manos. De ahí que jamás se acostara sin bañarse o ducharse.

Para decirlo de una vez, ese Lazarillo de Tormes que fue Francisca Sánchez para nuestro poeta, también tuvo en ocasiones gestos de entereza moral, como cuando se negó a saludar ya moribundo a quien culpó de haberse coludido con Rosario Murillo para arrancar a Darío de su lado en España, y que con las triquiñuelas de unas tales conferencias de paz, lo llevó a New York, bebiendo juntos, y allí lo dejó solo.

Esta anécdota señala que en el único viaje que Francisca hizo a Nicaragua en 1923, Alejandro Bermúdez, ya en estado grave, le mandó recado para que lo visitara.

"Estaba muy grave, dijo Francisca a Carmen Conde, esquelético, en una cama muy pobre; no podía hablar ya, y me tendió las manos. No se las tomé, no podía hacerlo; y rompí a llorar, viendo el pecador ante mis ojos. Su mirada me pedía Perdón. Murió muy pronto".

Para terminar estas vivencias de Don Rubén en España y Europa, veamos lo que cuenta Carmen Conde sobre sus apetencias culinarias:

"Ahora ya estamos en pleno mundo gastronómico. A Rubén le gustaba el puré de patatas, los lenguados (sin espinas); todos los excitantes, nuez moscada, mostaza... El mismo le leía recetas de cocinas, para que ella guisara a su gusto (hablando de Francisca). Prefería las patitas de ave, de cordero; las sopas, el queso frito con mantequilla... Moldes de puré de patata rodeados de carne, ensalada... Ah! y la plenta italiana. Los dulces caseros, las compotas, mermeladas, natillas, el arroz con leche, el flan..."
 

 
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