|
Pedro el Ermitaño, diz que para rescatar el santo sepulcro y convertir a los infieles, lanzó a los cruzados contra los musulmanes. No rescataron ni papa, pero hicieron una matancina entre personas que no les hacía ningún daño. Por Cristo y por su Iglesia, el Santo Oficio empleó diabólicas torturas, desquebrajó, descuartizó, achicharró y mató con plomo derretido a los malos herejes que no querían creer en la bondad de Dios, del cual eran fieles servidores los inquisidores. Para salvar a los irakíes del malo de Saddan Hussein, el bueno de Bill Clinton los está bombardeando. ¡Oh bondad de la masacre! A fin de llevar a nuestros
antepasado al Paraíso, los fanáticos conquistadores
españoles no vacilaron en exterminar a millones de indígenas.
Nos heredaron la santa religión que profesa Alemán y sus
ministros, que se dan golpes de pecho... pero es insensible ese cuero.
Es decir, la corrupción combatiéndose con la misma corrupción. De tal chanfaina corrupta solo puede resultar lo que pasaba con aquel negrito al que estaban bañando para ver si se le aclaraba la piel, pero "entre más jabón le daban, más negro se nos ponía". Prudentes, los periodistas
se largaron de allí, pues aceptar esa "participación" sería
cancelar su actuación crítica, ética y profesional.
Sandino no era somocista. Sandino no era revanchista. Sandino era masón y no un hipócrita camandulero. Sandino no era un mercader de la patria. Sandino era paradigma de la honradez. Sandino no padecía geofagia ni dilapidaba los bienes del pueblo. Sandino no era crusi, ni cínico, ni vulgar, ni lépero. Sandino fue seguido por 30
patriotas, Alemán es seguido por cuarenta y pico de asimilados.
Hay un furor inusitado por los recuerdos, que brotan a granel como las siemprevivas y las nomeolvides, en crónicas que aparecen en diarios, revistas y libros, pero sobre todo en programas de radio, de vez en cuando en la televisión. Managua es la niña añorada, la ciudad mimada. Pero hay un detalle, no se trata de acariciar a la Managua de hoy, sino a la Managua de los recuerdos, la Managua de las saudades, la que arrasó el feroz terremoto del 23 de diciembre de 1972. Puede ser, digo yo, que frustrados al no visualizar nada bueno en el presente y mucho menos en el porvenir, los managuas se vuelven al pasado porque piensan que allá vivieron mejor. Hacia esa Managua se dirige el compañero periodista Armando Ñurinda en su libro "La novia del Xolotlán", el cual está redactado en forma de relatos que -dice-, devienen de referencias convividas con abuelos y contemporáneos, con autores que fueron pueblo, que amaron, admiraron su ciudad y que son conciencia de ella. Para quienes vivimos arrastrando
lejanías, el libro de Ñurinda es una deliciosa recreación
de aquella edad de oro que fue nuestra niñez y del divino tesoro
de nuestra juventud. Para las presentes generaciones constituye un texto
de consulta -no exento de política- sobre la ciudad que jamás
conocieron pero que fue urbe importante, casi vital en la historia de Nicaragua.
Para los estudiosos de las ciencias sociales "La novia del Xolotlán"
no es solo un título que suena a romanticismo, sino un texto que
retribuirá sus ansias de conocimientos.
|





