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ANTE LA IMPUNIDAD, PERSISTO EN LA ESPERANZA
Llevo conmigo el apoyo de muchísimas personas que a lo largo de estos meses me han creído y me han mostrado su solidaridad. Llevo conmigo el dolor de miles de muchachas violadas en sus asas, burladas en sus barrios, corridas de sus casas por sus propias madres,. miradas con indiferencia por maestros y adultos, a quienes también se les niega la justicia. Llego con la esperanza de que la CIDH acoja mi demanda y abra el caso, considerando que debe ser conocido e investigado. Superar el incesto y el abuso sexual nos convierte en sobreviviente. Soy una entre miles, Sobrevivir no es otra cosa que persistir en la esperanza. Cuando la crueldad de un hombre abusador violentó nuestros cuerpos, nuestros corazones y nuestro espíritu, la esperanza de que aquello terminara era lo que nos sostenía aún cuando nos faltara la fuerza para detenerlo. El 2 de marzo de 1998, con la esperanza de poner punto final a la pesadilla de abuso y de acoso en la que viví desde los once años, denuncié a Daniel Ortega. Fue un acto de esperanza, que convertí en mi primero y mayor acto de libertad. Aquel 2 de marzo tenía la esperanza de reiniciar mi vida, Esperaba que denunciar el abuso sería suficiente para ser creída y respetada. Creía que Daniel Ortega iba a reconocer los hechos y que mi madre estaría a mi lado, No fue así. La cobardía de él, y los límites que el poder puso en ella, me devolvieron a la realidad. A partir de entonces fui abusada por la maquinaria del poder político que encubre a Daniel Ortega, fui objeto de todo tipo de espionajes, descalificaciones, ataques y amenazas, De denunciante pasé a ser la acusada, y el ofensor se convirtió en víctima. El poder político y la complicidad del poder masculino, machista y patriarcal que domina en Nicaragua hicieron suficiente ruido para que mi voz no se escuchara. Pero persistí en la esperanza, Necesitaba ser creída. Todas las sobrevivientes lo necesitan. En junio inicié el proceso judicial contra Daniel Ortega, no buscando castigo, mucho menos venganza, sino defendiendo la verdad. Ha sido un camino difícil, riesgoso, agotador. Me ha sostenido la esperanza de que la verdad nos hace libres y lo vence todo. Con la verdad y con esta esperanza he confrontado durante 19 meses al sistema político. Las complicidades de ese sistema, en las que se entrelazan intereses económicos, vidas privadas inconfesables y una cultura machista muy arraigada, se enfrentaron a la verdad. Durante estos meses ese sistema, dominado por los hombres, abusó de mí engavetando mi denuncia y utilizando políticamente mi caso, según las conveniencias de unos o de otros. A pesar de un caso tan grave de abuso sexual, Daniel Ortega continuó haciendo discursos, recibiendo apoyos y hasta proclamando su candidatura. Su impunidad no es sólo suya, cuestiona la integridad de todo el sistema. Ir tomando conciencia, día a día, de la impunidad y de la insensibilidad, ha puesto a prueba mi esperanza. Pero persistí, Esperaba que aunque no hubiera juicio, la Asamblea Nacional abriera al menos una investigación. Fuera cual fuera el resultado sobre la desaforación de Daniel Ortega, esa investigación permitiría que nuestra sociedad se educara algo sobre un problema tan dolorosamente y silenciado como es el de incesto, una tortura que una capacidad destructiva indescriptible. Con esta esperanza visité 18 veces la Asamblea Nacional, me entrevisté con dos secretarios de la junta directiva de la Asamblea, y teniendo que verlos casi a escondidas por su temor, tuve ocasión de platicar con varios diputados, que en privado eran capaces de condenar los hechos de creerme, pero que en público callaban. El pacto me dio la aplastante certeza de que nunca habría justicia ni esfuerzos serios por esclarecer la verdad. Pero persistí en la esperanza porque las conciencias de doble moral de tantos políticos no son las únicas conciencias de este país. Muchas mujeres que me escucharon y me creyeron ha empezado a denunciar el abuso sexual y a confrontar a sus ofensores. Durante estos meses muchísimas se me han acercado para contarme lo que les pasó, para compartir conmigo sus esfuerzos por mantener en alto su dignidad. Persisto en la esperanza porque sé que muchas muchachas, muchas mujeres están sanando conmigo, a pesar de lo difícil que es el camino para que nos crean, para que nos respeten, para que se haga justicia, para que resplandezca la verdad, para que cese la impunidad. Persisto en la esperanza porque están naciendo y se están consolidando instituciones, grupos, organizaciones que han entendido la gravedad del abuso sexual, que saben ya lo urgente que es enfrentar la violencia sexual contra las niñas y las mujeres si queremos una nación diferente a la que tenemos. La esperanza desafía la impunidad. En el caso del abuso sexual, la impunidad no sólo significa falta de justicia. La impunidad mantiene la mentira y también la indiferencia con las que se rodea a las mujeres que denuncian a quienes abusaron de ellas. La impunidad no sólo impide que el abusador sea castigado, sino que la abusada conserve la esperanza. La impunidad significa estar expuesta a la curiosidad, a la duda, a la burla, a las represalias. La impunidad de los abusadores abre un nuevo escenario de indefensión y de miedo para quienes sobrevivimos a sus abusos. La impunidad es un acto de humillación, la mayor de las humillaciones después del abuso y de la denuncia pública. La impunidad nos vuelve a convertir en víctimas y nos hace continuar siendo sobrevivientes. La impunidad es responsable de que en Nicaragua haya tan débil conciencia social e institucional de la necesidad de atender humana, psicológica y judicialmente a las mujeres que denuncian el abuso sexual y requieren de apoyo. En la impunidad no sólo se esconde hoy Daniel Ortega. Se esconde también el daño que ocasiona el abuso sexual y que las instituciones ignoran o para el que carecen de respuestas adecuadas. Mientras haya impunidad, miles de niñas y de mujeres permanecerán calladas y lucharán por salir adelante con miedo, sin el acompañamiento que necesitan. La impunidad de Daniel Ortega ha sido amparada por el sistema, por las
instituciones del Estado. Voy a la CIDH a denunciar al Estado de Nicaragua
y lo hago persistiendo en la esperanza, Espero que el Sistema Interamericano
legitime mi denuncia y mi derecho y espero que al hacerlo se legitime el
derecho de toda mujer abusada a romper el silencio y a hallar en el sistema
de justicia un camino que le facilite su reintegración a la sociedad
siendo creída y respetada. Llego a la Comisión Interamericana
confiando en que nuestro país recibirá una lección
de humanidad, y las niñas y las mujeres de Nicaragua un mensaje
de esperanza.
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