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Me preguntas qué es lo más importante para triunfar en la vida. Y si he de serte sincero, cada día me cuesta más aceptar esa dicotomía tan al uso de dividir las personas en ganadoras y perdedoras. La siento cruel, maniquea, arrogante y sin matices. Y no encuentro que responda a lo que vemos a nuestro alrededor. Hay gente que va por la vida de triunfadora, aunque el plumero de sus fracasos sea visible desde lejos. Y hay quienes pareciendo perdedores, su vida íntima, que es la cuenta, es un gozo y un euforia. Ganar o perder son a mi juicio episodios transitorios de la vida, no una condición permanente. Pero un día sufrirás una derrota y te sentirás como un ave entre las ruinas. Por ello, tan importante o más que aprender a triunfar, es el estar preparado contra las adversidades que nos acechan. Todos perdemos alguna vez. La mayoría, muchas veces. Perder, no llegar, no alcanzar lo que deseas, salir cabizbajo del estadio, da lo mismo. Se trata de una emoción común. La derrota es una agresión al amor propio. Y eso de que "hay que saber perder" es sólo una hipocresía. No hay sabiduría en la derrota, sino rabia y humillación. Y tú lo sabes. Ortega y Gasset decía que todos llevamos dentro un reo y un juez. Y esto es bueno saberlo para que no escuches al uno ni al otro cuando pierdas. Haz, en cambio, un inventario de tus destrezas y virtudes que, con toda seguridad, valen más que tus defectos. En esa hora difícil, no trates de construir un catálogo de faltas, pues lo más probable es que halles en ellas la justificación de tu derrota. Lo importante es que vuelvas cuanto antes a ser dueña de ti, de tu dignidad, de tus emociones buenas. La razón es siempre débil para vencer al dolor. De modo que no intentes juzgarte ni culparte, sino buscar esas sanas emociones que tantas veces te hicieron feliz.. La vida no es un saldo fijo. Es un resultado que oscila, una especie de contabilidad personal con su debe y con su haber. Y si no agregas sumandos, te perderás en las restas hasta hundirte en el pesar del endeudado. O peor aún, del insolvente. Vuélvete hacia el amor y los amores: los de tu familia, los de tus amigos y amigas. Valora lo sencillo, lo de siempre: tu casa, tus cosas, tu perro. Aspira el aroma del eucalipto, observa abrirse las flores, retoma aquel libro que la prisa no te había dejado leer, acumula sensaciones buenas, cada día, cada hora. Valora tus habilidades, lo que sabes hacer bien con tus manos, con tu mente, con tu encanto personal. Somos seres desequilibrados, ¿sabes?. El que no nace feo, nace torpe. Y el que es hábil para la Medicina no da pie con bola en Derecho. Pero aún tenemos un sesgo peor: el de inclinarnos más por aquellos oficios que no sabemos o que no podemos hacer bien, como el del contorsionista o estrella de cine, que por aquellos para los cuales la naturaleza nos ha dado mejores dotes. Y tras de una caída o un fracaso, es común intentar la aventura y que el sesgo se agudice: ahora me dedico a cantar boleros, decimos, o me apunto a aquella secta. No lo hagas. Así no saldrás del agujero. Apóyate en tus activos personales: ellos son tus columnas, tus motores. No insistas en practicar tus deficiencias. Sólo te ayudarían a hundirte más. Cuando menos a mí la vida me ha enseñado que las derrotas más frecuentes se dan en aquellas personas cuya vanidad o ceguera pueden más que su talento. A la hora de un revés, repite para tu coleto: esto, como todo, también pasará. Y recuerda que nunca es tan digno el ser humano como en la derrota, pues la victoria sólo engendra engreimiento. Perder, además, es una enseñanza. Nada se gana si algo no se pierde, como por ejemplo, aquello que nos tenía engañados. En la derrota aprendemos siempre algo de los demás y de nosotros mismos. Y esto es muy valioso. No se nos da con frecuencia la ocasión de conocer nuestras verdades más profundas: aprovecha ese pequeño fracaso para descubrirlas. Tiene otra ventaja la derrota. Y es la de reintegrarnos a nuestra natural dimensión y al control sobre nuestras vidas. La derrota es una brújula que nos ayuda a encontrar la dirección perdida (así llamaban los marineros al rumbo, derrota), pero sobre todoa asumir que habíamos rebasado nuestros límites, que nuestras alas no eran tan fuertes o que habíamos equivocado el plan de vuelo. Por eso, apreciar lo que tenemos cerca es un saludable ejercicio, luego de un aterrizaje de emergencia. Nos permite reconocer a quienes en verdad nos aman y nos hace mirar con gratitud la vida. Ahora bien, si el desánimo llegara a hacer presa en ti, no desdeñes, ni maldigas al mundo ni a los demás. El pesismismo entorpece, destruye, nos hace infelices. El optimismo inteligente, en cambio, unge nuestro espíritu de salud. No hagas, pues, de la queja tu escudo. La queja trae siempre desprecio y descrédito, decía Gracián. Los británicos lo expresan de forma más escueta: never complain, never explain. La dignidad, tu dignidad, será más que suficiente. Ella te dará consuelo y te infundirá respeto a sí misma. La dignidad no se compra, ni se otorga, es algo de lo que estás investida. Cuídala en todo momento. No puedes imaginarte la energía que atesora. Por último, y mientras pasa la tormenta, hazte el propósito de descartar todo "el saber" que te llevó a esa situación. Entiérralo, olvídalo, no quieras saber más de él.
Si no lo haces, no habrás aprendido nada y volverás a caer
en el mismo pozo. La hora de una derrota es la de mirar en el fondo de
tu vaso y de decirte: estoy viva, tengo estos amores y estos bienes. Te
ayudará a descubrir quién eres y a recobrar la autoestima.
Y después de un tiempo te enseñará también
que no era tan difícil levantarse y echar a andar de nuevo. Y eso
es lo importante, hija mía, no tanto ser una ganadora, como haber
aprendido a triunfar sobre ti misma.
* Siglo Veintiuno-Guatemala
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